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25 de diciembre de 2010

El pecho materno: ¿cisterna o grifo? (1/2)


La primera vez que nos vemos con un bebé en los brazos y nos lo acercamos al pecho, por debajo de la intensa emoción del momento, nuestra parte racional intenta entender los procesos fisiológicos que nos permiten obrar ese pequeño milagro que supone dar de mamar a un recién nacido. Nuestra cabeza busca un modelo conceptual que nos ayude a entender qué está pasando, físicamente, en nuestro seno. Y aunque estemos demasiado ocupad@s para darnos cuenta, ese modelo tiene una gran importancia porque, refinado con la experiencia posterior, será el que nos ayude a organizar la lactancia de las primeras semanas.

No es necesario que el modelo represente fielmente la realidad, nos basta con que nos ayude a entenderla de forma simplificada para poder elaborar fácilmente previsiones a corto plazo. Normalmente, este tipo de modelos se construyen basándonos en nuestra propia experiencia y estableciendo similitudes con objetos o situaciones cotidianas.

Cuando buscamos un modelo para entender el pecho, pensamos que es como un biberón, pero en versión natural, intentamos relacionarlo con otros órganos del cuerpo cuyo funcionamiento parezca lejanamente similar, como (y perdón por la comparación) la vejiga urinaria. Ésta es una cisterna capaz de albergar sustancias que llegan desde otra fuente, los riñones,  a los que podríamos llamar “productores” de estas sustancias. Los riñones funcionan lentamente durante todo el día y, de cuando en cuando, la vejiga está tan llena que hay que vaciarla. Si intentamos vaciarla más a menudo, no conseguiremos una producción mayor, sólo más fraccionada. Es decir, el funcionamiento de la vejiga se puede entender bien con un modelo-cisterna.

Sin embargo el modelo-cisterna aplicado a las glándulas mamarias está completamente equivocado, no explica el funcionamiento del pecho con claridad y, lo que es peor, nos puede llevar a previsiones equivocadas que desemboquen en un fracaso de la lactancia. El pecho no tiene vejiga, sólo unos pequeños alvéolos que no son capaces de almacenar más que una pequeña cantidad de leche. La mayor parte de la leche se segrega mientras el bebé está succionando. El bebé lo estimula  y el pecho responde a su demanda sobre la marcha. Si el bebé demanda mamar muy a menudo, el pecho producirá leche muy a menudo y en mayor cantidad que si espaciamos las tomas [1][2]. Por lo tanto, esperar mucho tiempo entre toma y toma con el objetivo de dejar que el pecho se "llene", no tiene sentido.

Se han hecho distintos intentos de medir la capacidad de almacenamiento del pecho, dando lugar a muy distintos resultados dependiendo de la madre, del bebé y hasta de la hora del día a la que se hacen las pruebas. Los resultados están entre los 80ml de capacidad y más de 500ml [3], lo cual es cuando menos sorprendente. En ocasiones, estas grandes diferencias son debidas a que se mide la cantidad de leche producida en un periodo corto de tiempo que, como veremos, no tiene necesariamente que estar almacenada en el pecho.

En cambio se puede evaluar qué porcentaje de cada toma estaba almacenada previamente en el pecho y cual se produce mientras el bebé está succionando. La leche almacenada es la que se eyecta al inicio de la toma, y es una leche algo aguada y pobre en grasas, destinada a calmar la sed. La leche más grasa que el bebé succiona a continuación es producida durante la toma, y no estaba previamente almacenada. Pues la proporción entre leche aguada y grasa suele ser del 30/70% [3].

Un bebé de pocos meses puede tomar, en cada toma, una cantidad de 100-150ml de leche (son cantidades aproximadas, ya que es muy variable de bebé a bebé, de toma a toma y cambia mucho a medida que el bebé crece). Esto quiere decir que el pecho sólo necesitaría almacenar como mucho unos 50ml, esto es como la leche necesaria para llenar un culín de un vaso (1/4 de un vaso normal). Esta cantidad, repartida entre los dos pechos, dificilmente es suficiente para explicar la tensión mamaria de las primeras semanas, cuando la producción aún no está regulada. Y cuando la lactancia está establecida, sabiendo la poca necesidad que tiene el pecho de almacenar leche, está plenamente justificado que se noten los senos blandos.

Y si sólo el 30% de la leche de cada toma se puede llegar a almacenar en el pecho,  el 70 %, que constituye la mayor parte de la leche de cada toma, especialmente la más alimenticia, está siendo producida mientras el bebé mama. Es decir, el pecho se parece muchísimo más a un grifo que a un depósito.
También podríamos haber escogido otro órgano del cuerpo para modelar el funcionamiento de nuestras glándulas mamarias. Por ejemplo, todos estamos familiarizados con el funcionamiento de las glándulas salivales (Ambas pertenecen al grupo de las glándulas exocrinas [4]). No se produce saliva todo el día, sólo en las comidas, que es cuando hace falta. Nadie duda de su capacidad de segregar la saliva siempre que la necesite. Simplemente confiamos en nuestra capacidad, al fin y al cabo, la experiencia nos la confirma ¿no? Nadie dice cosas como:

  •  Hace poco que comí, así que hasta dentro de un rato no tendré saliva otra vez
  • ¡Uf! Ya llevo media hora comiendo, voy a ir parando que ya no me puede quedar mucha saliva.

Y sin embargo estas son afirmaciones que a menudo oímos aplicadas a la secreción de leche y a veces nos parecen hasta razonables. Pero nos equivocamos, porque las glándulas mamarias tienen esta misma y maravillosa capacidad de funcionar como grifos y según las necesidades del momento, a demanda.

¿Y por qué el modelo-cisterna, que es incorrecto, nos parece tan natural, y en cambio el modelo-grifo, que explica mejor la realidad, nos parece menos fiable?  En la próxima entrada de esta serie intentaremos explicarlo.

Referencias:
[1] María Jesús Blázquez García, Anatomía y fisiología de la lactancia materna. En Apuntes de la asignatura Medicina Naturista, Universidad de Zaragoza. Coordinación, Prof. Pablo Sanz Peiró. 2003.
[2] La Liga de la Leche Internacional, El arte Femenino de Amamantar, Ed. Pax México, 2001 (ISBN 978-9688603550 )
[3] Ruth A. Lawrence, Robert M. Lawrence, Lactancia materna: una guía para la profesión médica, Ed. Elsevier España S.A.: Madrid, 2007 (ISBN 978-84-8174-985-4)
[4] Dee Unglaub Silverthorn, Fisiología Humana, un enfoque integrado, Ed. Médica Panamericana: Buenos Aires, 2009 ( ISBN  978-950-06-1982-0)


Lecturas recomendadas:

Imagen: Sonia Casanova 

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