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22 de octubre de 2013

Doble exposición




La fotógrafa Caroline Briggs ha decidido crear una serie de fotografías superpuestas de gemelos idénticos, para poder apreciar mejor las diferencias, a veces muy sutiles, que existen entre ellos. Caroline es también gemela, y este proyecto le interesaba especialmente porque no le llamaban la atención exclusivamente las similitudes y diferencias físicas entre gemelos idénticos, sino también la identidad y el lado emocional de ser la mitad de un par.

El enfoque de doble exposición de Caroline ofrece al espectador dos niveles en los que examinar la fotografía. Ahí está el dilema de tratar de separar las dos figuras y encontrar una manera de ver las dos caras , además de que es la exploración más profunda de su personalidad. Una vez que se toman las imágenes, se superponen en post-producción , y es entonces cuando las similitudes en las caras se revelan. "A veces, algunas características se ajustan de forma idéntica , otras veces sus rostros parecen tan diferentes ", añade.

Puedes ver más en la web de Caroline Briggs

18 de octubre de 2013

Beneficios de la lactancia


La lista de ventajas que tiene dar el pecho al bebé sigue creciendo. Se sabe que la leche materna protege al pequeño de numerosas enfermedades como la diarrea y la neumonía. Ahora, una investigación publicada en ‘Journal of Nutrition’ revela un beneficio más. Cuando el recién nacido sea adolescente tendrá más fuerza muscular en las piernas.

Un grupo de científicos, liderado por un investigador español, Enrique Artero, ha descubierto que dar el pecho beneficia a largo plazo a la condición física de los lactantes, cuando ya son adolescentes. “Nuestro objetivo era analizar la relación entre la duración de la lactancia materna recibida en edad infantil y su nivel físico en etapas posteriores”, explica Artero.

Y la relación fue positiva, ya que, comparados con aquellos que no se amamantaron nunca, los pequeños que tomaban leche materna entre tres y cinco meses o durante más de medio semestre tenían la mitad de riesgo de presentar bajo rendimiento en una de las pruebas físicas realizadas, el salto.

Para llegar a esta conclusión, los autores preguntaron a los padres y las madres de un total de 2.567 adolescentes sobre el tipo de alimentación que recibieron sus hijos al nacer y cuánto duró ésta. Por otro lado, los participantes del estudio realizaron varias pruebas físicas para poder evaluar su condición aeróbica y su fuerza muscular.

Según los resultados, la leche materna confiere más fuerza muscular en las piernas. Y dicha asociación se potenciaba cuanto más tiempo duraba dicha lactancia. Este tipo de alimentación (ya sea de manera exclusiva o combinada con otros alimentos) se asoció con una mayor rendimiento en la prueba del salto horizontal en niños y niñas, independientemente de factores morfológicos, como la masa grasa, la altura del adolescente o la cantidad de músculo.

Según el artículo, “hay poca literatura que examine el rol de la lactancia materna y sus efectos en la aptitud muscular años después”. Y, dados los resultados, afirma Artero, “los nuevos efectos beneficiosos descubiertos apoyan su uso por encima de cualquier otra forma de alumentación”.

Cabe recordar que el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia indica que “si todos los niños y niñas fueran alimentados exclusivamente con lactancia desde el nacimiento, sería posible salvar cada año aproximadamente 1,5 millones de vidas“. Y las ventajas también se extienden a las madres. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), reduce el riesgo de cáncer de mama y de ovario.

16 de octubre de 2013

Celiaquía


¿Qué es la enfermedad celiaca?
La celiaquía es la intolerancia permanente a las proteínas del gluten de la alimentación.

¿Es alergia al trigo o a la harina?
No. El gluten de la alimentación induce, en individuos genéticamente predispuestos y con factores ambientales propicios, una enfermedad crónica autoinmune y multisistémica.
En los individuos que no lo toleran, el gluten da lugar a una inflamación intestinal que dificulta la absorción de nutrientes (principios inmediatos, sales minerales y vitaminas). Esto puede llevar a estados carenciales que causen múltiples síntomas.

¿Qué es el gluten?
El gluten es una proteína presente en algunos cereales como trigo, centeno, cebada, triticale y, quizá, avena; pero no en el maíz ni el arroz.

¿Se nace con la enfermedad?
No. Puede presentarse a cualquier edad de la vida. Es condición imprescindible haber ingerido gluten durante un tiempo. Sus síntomas varían mucho (afectación o no del peso, del crecimiento, cansancio, malestar, síntomas cutáneos, irritabilidad, etc.). También pueden parecer niños sanos. La prevalencia en los europeos es del 1%, y es más común en las mujeres, con una proporción 2:1.

¿Se puede prevenir?
La ausencia de lactancia materna, la ingestión de dosis elevadas de gluten así como la introducción precoz del mismo en la dieta, la presencia de infecciones bacterianas o virales o el aumento de la permeabilidad intestinal de personas susceptibles se han invocado como factores de riesgo para su desarrollo.
Por otro lado, están apareciendo publicaciones científicas que demuestran menor prevalencia de enfermedad celiaca cuando se introduce el gluten en pequeña cantidad mientras el bebé recibe lactancia materna entre los cuatro y los seis meses de vida (el antiguo “cuscurro” de pan).

¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico de sospecha se hace por los síntomas, la exploración, pertenecer a grupos de riesgo y una analítica. La prueba de oro para el diagnóstico definitivo es la biopsia duodenoyeyunal, que siempre se hará antes de quitar el gluten de la dieta. Las biopsias se suelen hacer por endoscopia; así es más fácil coger muchas muestras y el resultado es más fiable.

¿En qué consiste el tratamiento?
Consiste en una alimentación sana y equilibrada, sin alimentos que lleven gluten, adaptada a las necesidades de cada niño y las costumbres de la familia. La dieta exenta de gluten toda la vida conduce a la normalización clínica y funcional, así como a la reparación de la lesión intestinal. Los productos manufacturados tienen riesgo de llevar gluten, aunque sea muy poco. Por eso, una dieta a base de alimentos naturales (carnes, pescados, huevos, leches y derivados, legumbres, frutas, verduras, hortalizas y cereales sin gluten, como el maíz o el arroz) es mejor y más fácil de llevar en el día a día. Es preferible evitar productos a granel, sin etiquetar o artesanales, porque no podemos conocer sus ingredientes.

En la práctica…
Es bueno contactar con la Federación de Asociaciones de Celiacos de España (FACE). Éstas informan sobre muchos aspectos prácticos: legislación, ayudas, campamentos, ocio, y ofrecen la actualización permanente sobre investigación y expectativas en celiaquía. Todo ello ayuda a manejar la enfermedad y la dieta. Por otro lado, y aunque en el momento del diagnóstico pueda parecer una mala noticia, se trata de una enfermedad “muy agradecida”. Lo que más cuesta es el cambio de hábitos; una vez establecida la dieta sin gluten, los niños mejoran y son capaces de llevar una vida normal.

Por María Luisa Arroba Basanta. Pediatra de Atención Primaria. Publicado originalmente en el boletín FAMIPED

12 de octubre de 2013

Los malos hijos


Querida amiga, mamá del parque, vecina, prima, cuñada, señora en el autobús, cajera del supermercado……

Lo sé, tu hijo es mejor que el mío

Tu hijo no grita, ni corre, tu hijo se sienta a tu lado tranquilo y educado, mientras los míos berrean, y saltan y practican cual saltimbanquis de circo…

Tu hijo no pega, ni muerde, ni tiene berrinches….. seguro que esta mejor criado que el mío. Tu hijo no se ensucia, y si lo hace tu vuelas para limpiarle y volver a dejarle digno para la foto, los míos no, los míos vagan como cíngaros con las rodillas y los pies negros, despeinados y sonrientes.

Tu hijo se ha quitado el pañal solo, nunca ha tenido escapes y hasta sus cacas huelen mejor que las nuestras, que le vamos a hacer!

Tu hijo comparte con todos los niños, y juega en armonía y paz en el parque, los míos no, los míos si les quitas su juguete lo defienden con uñas y dientes, pese a que yo les hable de la urbanidad, intente educarlos y les adoctrine sobre la paz mundial….. Obvio que no lo hago bien…. Obvio también que el juguete es suyo y que tú -la buena madre- nunca te acuerdas de llevar nada para que juegue…. Tranquila mujer! Que para eso llevo yo el bolso lleno de chismes! Faltaría más!

Tu hijo come todo lo que le pones en el plato, y además eres tan buena madre que te sacrificas sin comer para darle cucharada a cucharada con paciencia y haciendo el avión los 375 gramos de puré que le tocan a las 12:30 exactamente….. Los míos no, los míos pican y malcomen lo que quieren con sus manitas, pringándose hasta las orejas mientras su mala madre -que soy yo- se ríe y come mientras les observa…. Es que pasar hambre no es lo mío….

Tus hijos nunca se pegan entre ellos, ni saben de celos ni regañinas, por supuesto!!! Los tuyos son los hermanos perfectos, desde el mismísimo primer día en que llegó a casa el hermano pequeño… Y en caso de que aun no tengas mas de un hijo no tienes de que preocuparte, porque eso jamás, jamás, jamás, te va a ocurrir a ti!

Querida amiga, mamá del parque, vecina, prima, cuñada, señora en el autobús, cajera del supermercado……

Lo sé, mis hijos son ruidosos, y maleducados, y malcriados, y consentidos, y sucios, y yo no los cuido como cuidas tu a los tuyos, ni me sacrifico como tú, ni los llevo con la cara limpia y la ropa perfecta recién planchados.
Lo sé, soy peor madre que tú, y no me importa, de hecho me alegra que el comparar te haga sentir bien, entre otras cosas porque yo no comparo a mis hijos con nadie, porque para mi, simplemente son perfectos tal y como son, y aunque como madre me queda aún mucho que mejorar, mis maravillosos, felices y preciosos niños me recuerdan todos los días que tan mal no lo estaré haciendo.
Tan solo te pido un favor, si has de volver a mirar a mis hijos despectivamente mientras piensas que los tuyos son mejores, procura que yo no esté cerca, porque esa mirada me ha partido el corazón, y es que yo no lo haría, ya ves, esta madre, aunque imperfecta gasta algo de dignidad, y sobretodo…. no escupas hacia arriba, no vayas a calcular mal la trayectoria y te caiga encima……

Por Noe del Barrio, publicado en Princesas y princesos

10 de octubre de 2013

El agotamiento materno


Tres asientos delante de mí, en el tren de alta velocidad, viaja una mamá acompañada de sus dos hijos que cada vez se va poniendo más nerviosa. De repente, levanta el tono de voz y dice en tono amenazador:
- ¡Vas a cobrar!
Los demás pasajeros se miran, molestos… Nadie interviene. Ignoro lo que estarán haciendo los niños, pero el nerviosismo de a madre sube un grado:
- ¡Ya lo verás, vas a cobrar! ¡Te lo has ganado!
Decido abandonar mi lectura, y me acerco al trío:
- Se la ve nerviosa… ¿Necesita ayuda?
- No, gracias.
- Si…
Insisto con delicadeza.
- Sí, gracias, estoy agotada.

Me instalé a su lado para jugar un poco con los niños. Mi mera presencia ya los había calmado. La intervención de un tercero siempre suaviza las cosas, a condición, por supuesto, de que no se dedique a echar más leña al fuego…

Cuando estamos agotados, no podemos pensar en todo. A duras penas conseguimos atender lo más urgente. Aquella madre había conseguido colocar a sus hijos y el equipaje en el tren, había pensado en proveerse de comida y bebida, pero había olvidado coger algo para que se distrajeran. Estaba extenuada y no contaba con los recursos necesarios para distraerlos.

Violaine Guéritault dice: «Estaba llenando la lavadora mientras oía el ruido de fondo que armaban mis dos hijos al pelearse por enésima vez durante la mañana. De repente, se oyó un tremendo golpe seguido por los aullidos de mi hija. Y me quedé quieta, inmóvil, creo que pensé en algo así como “del suelo no pasa”, o “si grita, es porque aún está viva”. Entonces acabé de llenar la lavadora como una autómata. No sentía nada. Había dejado de pensar como una madre».

Era el detonante. Violaine Guéritault estaba preparando su doctorado sobre el burn-out profesional ("L’épuissement maternel et comnient le surrnonter", Violaine Guéritault, Odile J cob, 2004. Un libro de lectura imprescindible). Inmediatamente relacionó lo que acababa de vivir con su trabajo. En su oficio de madre, estaba atravesando por una fase de burn-out. ¡El agotamiento profesional no es exclusivo del mundo de la empresa, sino que también está presente en el hogar!

Los padres recién estrenados están expuestos a padecerlo. Todas las madres, hasta las que se muestran más serenas, tienen una vida cotidiana muy estresante. Una multiplicación de tareas repetitivas, poco o nulo reconocimiento respecto a su labor, horarios demenciales, un montón de situaciones que escapan de su control, imposibilidad de concentrarse en una tarea sin verse interrumpida al menos diez veces… ¡Las 24 horas del día y 365 día al año sin fecha de caducidad…! ¡Porque es imposible dimitir del oficio de madre!

Así pues, si los bebés son tan maravillosos… ¿por qué las madres se agotan tanto? ¿No será que la causa de su agotamiento resida, precisamente, en que no pueden quejarse de «lo maravillosa» que es su situación?

Violaine Guéritault establece la lista de los agentes estresantes en la vida de la madre:
  • El trabajo materno implica volver a hacer mil veces las mismas tareas. Tiene que lavar y limpiar. Todo vuelve a estar sucio algunos minutos más tarde, privando a la mujer de ese sentimiento de tarea hecha que da sentido y energía al trabajo.
  • Una madre vive numerosas situaciones sobre las que no tiene ningún control. Le gustaría ser capaz de proteger a su hijo de todo, pero a menudo se ve impotente. Y no sólo estamos hablando de accidentes o de percances que requieren hospitalización, sino también, en la vida cotidiana, de los cólicos del lactante, de los dolores de la dentición o de las picaduras de avispa…
  • Si hay algo que caracterice a los niños pequeños ese algo es la imprevisibilidad. Por mucho que la madre se planifique el día, lo más seguro es que sus previsiones acaben patas arriba. Justo en el momento en que sale para encontrarse con una amiga, cuando va a colocar al bebé en el cochecito, se da cuenta de que tiene que cambiarle los pañales… Aunque usted sea muy organizada, su pequeño acabará desestabilizándole el horario. No es nada raro que, al llegar la noche, algunas madres, sintiéndose abatidas, lleguen a pensar eso de «no he hecho nada en todo el día».
  • Todo trabajo merece recompensa… No obstante, parece que eso no se aplica al trabajo de madre. Se la idealiza y honra como es debido el Día de la Madre, pero en su vida diaria recibe muy poco reconocimiento por parte de los demás; para la gente, no hace más que cumplir con su deber.
  • A todo ello hay que añadir que una madre no tiene derecho a cometer errores. Ella misma se pone el listón muy alto, y se desespera al comprobar la diferencia existente entre el modelo de lo que querría ser y lo que vive cada día.
¿Quién se encarga de apoyar a las madres? En el plano psicológico, la mayoría de las veces están solas frente al niño. En ocasiones, pueden acudir a alguna institución de las que se dedican a acoger a las madres y a los bebés durante unas horas, pero por lo general cuentan con pocos lugares preparados para escucharlas. La inmensa mayoría de la gente prefiere creer que, para sentirse felices y colmadas, les basta con estar junto a sus adorados y encantadores hijos. No quieren oír que a veces les entran ganas de estrangularlos. ¿Y qué pasa con el marido?, pues que, cuando éste vuelve del trabajo, o bien ella no se atreve a pedirle nada por temor a que vuelva a salir pitando, o bien descarga sobre él tal avalancha de quejas, que el pobre hombre no sabe qué hacer con ellas. También puede suceder que su marido le conteste que ella no tiene que volver a trabajar, o que Martine —o lo que es peor, su madre, es decir, su suegra—, sabe arreglárselas bien… En resumen, no se puede decir que la apoye demasiado.

En general, la mujer que se queda en casa se encarga de todos los quehaceres domésticos. En vez de intentar ayudarla para que no se canse en exceso, algunas veces el marido hasta espera que también se ocupe de él. «¿Una asistenta? ¡Ni pensarlo!», se dicen más o menos conscientemente las mujeres. «Si mi madre podía con todo, ¿por qué yo no?» Además, muchos maridos no ven la necesidad de ese gasto «ya que no tienes otra cosas que hacer durante todo el santo día».

Reconozcámoslo, es indudable que cuando el reparto de las tareas del hogar no está equilibrado, el amor que la madre siente por su hijo puede salir perjudicado.

¿Les parezco trivial? ¿Opinan que exagero? ¿O acaso son de los que creen que el amor de una madre no puede depender de la vajilla o del aspirador? ¡Pues yo afirmo que sí!

Demasiada ropa que lavar, demasiados suelos que fregar, demasiados platos que cocinar y lavar… Todo ello puede llegar a alterar la capacidad de amar de una madre.

De hecho, no es tanto la tarea en sí misma la que obstaculiza el amor como el sentimiento de injusticia. Una injusticia que rara vez se ve reconocida como tal. Una injusticia que se halla resumida en esta constatación cotidiana: cuando él le cambia el pañal al bebé, lo encontramos maravilloso, pero cuando lo hace ella, nadie la admira. Es lo «normal». Un hombre, que ejercía de padre de familia, un día me dijo: «Día tras día me doy cuenta de lo injustas que son las cosas para mi mujer. Si yo hago cien, me felicitan y me adulan, pero si ella hace mil, nadie lo ve». Este padre mostraba un grado de concienciación bastante excepcional tanto entre los hombres como entre las mujeres. Y hasta cuando dicha concienciación existe, lo normal es que la injusticia no desaparezca porque está grabada en lo más profundo de la sociedad. Con todo, también hay otros maridos menos sensibles que no consiguen ver el problema, y que hasta pueden llegar a desvalorizar, humillar y culpabilizar a sus mujeres cuando se quejan o no logran alcanzar sus objetivos.

En el hogar, muchas veces la mujer se ve obligada a reprimir la ira: la relacionada con la frustración, con la injusticia, y a veces que le provoca la herida que le inflinge un marido inconsciente cuando no poco delicado. Las mujeres que viven solas tienen tantas dificultades como las demás. El rencor que se mantiene en secreto es lo que impide que florezca el amor, y no la falta de un hombre.

La sociedad espera que las mujeres sepan ejercer bien su papel, como si fuera algo innato. Tienen fama de ser buenas profesionales, mientras que algunos hombres no pasan de ser considerados meros aficionados. Pero la realidad es que no saben mas que los hombres. Bien es verdad que las mujeres secretan las hormonas del afecto y que llevan el biberón integrado en su cuerpo, pero en sus genes no hay nada inscrito acerca de cuál es la mejor marca de pañales, de las vacunas o de las relaciones con los profesores. Por no hablar de que tienen que ir adaptándose continuamente. Con los hijos nunca puede darse nada por ganado: los niños crecen y cambian. Y no hay dos hijos iguales.

Al cabo de un cierto tiempo, la madre no puede más. Violaine Guéritault describe muy bien la primera fase del burn-out: el depósito de energía se vacía. La madre padece agotamiento emocional y físico provocado por la necesidad de ir adaptándose permanentemente.

Si la madre no encuentra ayuda ni apoyo, si no puede liberar su sobrecarga de estrés, corre el peligro de llegar con bastante rapidez al segundo estadio: el de la despersonalización y el distanciamiento.

¡Ella sabe que tiene que seguir funcionando pero no sabe cómo! Su única salida consiste en separarse inconsciente y emocionalmente de la fuente del estrés, con el fin de minimizar las fugas de energía y de continuar realizando, como un autómata, las tareas de las que no se puede librar. La madre agotada se ocupa de su hijo, pero sin afecto. Lo hace, y punto. Todas nosotras hemos pasado por esos momentos de completo agotamiento. Hacemos lo que toca que hacer: preparar la comida, vaciar la bañera, quitar la mesa y acostar a los niños, pero todo de un modo automático

Cuando el agotamiento nos invade, ese modo automático se vuelve permanente. La madre se aleja cada vez más de sus hijos. Ya no está afectivamente a su lado. Cuando una madre se siente sola cae en la depresión. Es cada vez menos eficaz, todo le pide un esfuerzo inmenso y pone en duda sus capacidades. Ciertas tareas que antes llevaba a cabo, como telefonear o rellenar formularios, le parecen algo irrealizable. Poco a poco, se va deslizando hacia la tercera y última fase del burn-out. Gritos, golpes, castigos…, la madre hace todo aquello que nunca hubiera querido hacer a sus hijos, con el resultado de que, evidentemente, las cosas empeoran; es un círculo vicioso. La clase de madre que ve en sí misma, es decir, aquella en la que cree haberse convertido, está tan lejos de la madre con la que soñaba llegar a ser, que hasta puede llegar a preferir borrar de un plumazo todos sus proyectos. Después de haber perdido la motivación y con la autoestima por los suelos, reniega de todo lo que ha hecho, de todos sus logros, pasados, presentes y futuros.

Y aunque no todas las madres caigan en la depresión, una inmensa mayoría (por no decir todas) pasan por una fase fugaz, recurrente o prolongada de agotamiento.

El burn-out no aparece porque la mujer sea un ser más o menos frágil. Ni tampoco por el hecho de que el pasado de una mujer haya sido más doloroso que el de otra, sino que es el resultado de la interacción con su entorno. De nada sirve darle medicamentos, ya que no es a ella a la que hay que atender, sino a su entorno, que tiene que sufrir una remodelación. Asimismo, no es una patología exclusiva de las mujeres. Una pediatra suiza ha demostrado que a los padres les pasan exactamente las mismas cosas cuando son los que se quedan en el hogar para ocuparse de sus bebés.

En estas condiciones tan difíciles, es fácil comprender que a veces el vaso esté lleno y que los hijos hagan que rebose. Una madre agotada, invadida por el burn-out, se desvincula de su hijo. Cada vez consigue dominarse menos. Se ve a sí misma como si fuera una prisionera y se siente explotada por su hijo. Puede rebelarse contra las exigencias de este último, viéndolo como un tirano y llegando a odiarle por ello… Y a veces ese odio puede llegar a ser tan intenso que puede llegar a borrar sus sentimientos maternales. «Me absorbe por completo, decía Camille. No lo aguanto más. Es terrible decirlo, pero no siento nada por mi hijo. A veces me ocupo de él como si fuera un autómata, pero enseguida consigue sacarme de mis casillas. Si no hace inmediatamente lo que le pido, me vuelvo loca.»

¿Acaso Camille es una mala madre? «No es maternal», opina su suegra. Siguiendo mis consejos, Camille volvió a trabajar y poco a poco fue volviendo a querer a su hijo. Ahora le encanta jugar con él. ¡Sencillamente lo que pasaba es que se hallaba en una fase extrema de burn-out!

Emociones reprimidas, autodesvalorización, alejamiento emocional, distancia afectiva, impotencia, frustración… ¡El cóctel es explosivo! Cuando una madre «se rompe» y maltrata a su hijo, toda la sociedad tiene que asumir la responsabilidad de ello, y no ella sola.

Extraído del libro "Los padres perfectos no existen" de Isabelle Filliozat.

8 de octubre de 2013

¿Qué debe saber un niño de cuatro años?


Hace poco, en un foro sobre la educación de los hijos, leí una entrada de una madre preocupada porque sus hijos, de cuatro años y año y medio, no sabían lo suficiente. "¿Qué debe saber un niño de cuatro años?", preguntaba.

Las respuestas que leí no solo me entristecieron sino que me irritaron. Una madre indicaba una lista de todas las cosas que sabía su hijo. Contar hasta 100, los planetas, escribir su nombre y apellido, y así sucesivamente. Otras presumían de que sus hijos sabían muchas más cosas, incluso los de tres años. Algunas incluían enlaces a páginas con listas de lo que debe saber un niño a cada edad. Solo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.

Me molestó mucho que la respuesta de esas mujeres a una madre angustiada fuera añadirle más preocupación, con listas de todo lo que sabían hacer sus hijos y los de ella no. Somos una cultura tan competitiva que hasta nuestros niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. La infancia no debe ser una carrera.

Por todo ello, he decidido proponer mi lista de lo que debe saber un niño (o una niña) de cuatro años:
  • Debe saber que la quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento
  • Debe saber que está a salvo y debe saber cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre le va a apoyar.
  • Debe saber reír, hacer el tonto, ser gamberro y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.
  • Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.
  • Debe saber que el mundo es mágico y ella también. Debe saber que es fantástica, lista, creativa, compasiva y maravillosa. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como practicar la fonética. Mejor dicho, mucho más.
Pero más importante es lo que deben saber los padres:
  • Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y hacer cálculos a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos después.
  • Que el factor que más influye en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro es que leer a los niños de pequeños. No las fichas, ni los manuales, ni las guarderías elegantes, ni los juguetes y ordenadores más rutilantes, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a sentarse a leerles buenos libros.
  • Que ser el niño más listo o más estudioso de la clase nunca ha significado ser el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros hijos todas las "ventajas" que lo que les estamos dando son unas vidas tan pluriempleadas y llenas de tensión como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.
  • Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, utensilios artísticos y la libertad para explorarlos. La mayoría de nosotros podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían de menos, pero algunos son importantes: juguetes como los LEGO y las construcciones, juguetes creativos como los materiales artísticos de todo tipo (buenos), los instrumentos musicales (tanto clásicos como multiculturales), disfraces, y libros y más libros (cosas, por cierto, que muchas veces se pueden conseguir muy baratas en tiendas de segunda mano). Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, para jugar con montoncitos de alubias secas en el taburete (supervisados, por supuesto), amasar pan y ponerlo todo perdido, usar pintura, plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena aunque lo salpiquen todo, tener un rincón en el jardín en que puedan arrancar la hierba y hacer un cajón de barro.
  • Que nuestros hijos necesitan tenernos más. Hemos aprendido tan bien eso de que necesitamos cuidar de nosotros mismos que algunos lo usamos como excusa para que otros cuiden de nuestros hijos. Claro que todos necesitamos tiempo para un baño tranquilo, ver a los amigos, un rato para despejar la cabeza y, de vez en cuando, algo de vida aparte de los hijos. Pero vivimos en una época en la que las revistas para padres recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y prever un sábado al mes dedicado a la familia. ¡Qué horror! Nuestros hijos necesitan la Nintendo, los ordenadores, las actividades extraescolares, las clases de ballet, los grupos organizados para jugar y los entrenamientos de fútbol mucho menos de lo que nos necesitan a NOSOTROS. Necesitan a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que han hecho durante el día, unas madres que se sienten a hacer manualidades con ellos, padres y madres que les lean cuentos y hagan tonterías con ellos. Necesitan que demos paseos con ellos en las noches de primavera sin importarnos que el pequeñajo vaya a 150 metros por hora. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble y trabajemos el doble. Tienen derecho a saber que para nosotros son una prioridad y que nos encanta verdaderamente estar con ellos.
Y volviendo a esas listas de lo que saben los niños de cuatro años...
Sé que es natural comparar a nuestros hijos con otros niños y querer asegurarnos de que estamos haciendo todo lo posible por ellos. He aquí una lista de lo que se suele enseñar a los niños de esa edad y lo que deberían saber al acabar cada curso escolar, a partir del preescolar.

Como nosotros estamos educando a nuestros hijos en casa, yo suelo imprimir esas listas para comprobar si hay algo que falte de forma llamativa en lo que están aprendiendo. Hasta ahora no ha sucedido, pero a veces obtengo ideas sobre posibles temas para juegos o libros que sacar de la biblioteca pública. Tanto si los niños van al colegio como si no, las listas pueden ser útiles para ver lo que otros están aprendiendo, y pueden ayudar a tranquilizarnos sabiendo que van muy bien.

Si existen aspectos en los que parece que un niño está por detrás, hay que darse cuenta que eso no indica ningún fracaso, ni del niño ni de sus padres. Simplemente, es una laguna. Los niños aprenden lo que tienen alrededor, y la idea de que todos deben saber esas 15 cosas a una edad concreta es una tontería. Aun así, si queremos que las aprenda, lo que tenemos que hacer es introducirlas en la vida normal, jugar con ellas, y las absorberá de manera natural. Si contamos hasta 60 cuando estamos haciendo la masa de un bizcocho, aprenderá a contar. Podemos sacar de la biblioteca libros divertidos sobre el espacio o el abecedario. Experimentar con todo, desde la nieve hasta los colores de los alimentos. Todo irá entrando con más naturalidad, más diversión y muchas menos presiones.

Sin embargo, mi consejo favorito sobre los niños pequeños es el que aparece en esta página.
¿Qué necesita un niño de cuatro años?

Mucho menos de lo que pensamos, y mucho más.

Alicia Bayer, Bloguer en 'A Magical Childhood'. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Publicado originalmente en El Huffingtonpost

6 de octubre de 2013

Las conductas autoritarias fomentan personas inseguras


El estudio se publica en el último número de la revista “Infancia y Aprendizaje”

Investigadores de la Universidad de Valencia (UV) han identificado los efectos que tiene la educación de madres y padres en la configuración de la estructura social en España. Las conclusiones confirman que castigos, privaciones y normas rígidas merman la autoestima familiar.

“El objetivo era analizar qué estilo de socialización parental es idóneo en España midiendo el ajuste psicosocial de los hijos”, explica a SINC Fernando García, coautor del estudio e investigador de la UV.

El trabajo, que aparece en el último número de la revista Infancia y Aprendizaje, se realizó a partir de una encuesta estatal a 948 niños y adolescentes de 10 a 14 años (el 52% eran chicas) que indicaron las prácticas de socialización de sus progenitores. A partir de sus respuestas, las familias se clasificaron en una de las cuatro tipologías clásicas de socialización parental: autorizativa, autoritaria, indulgente y negligente.

Los resultados indican que en el Estado español el estilo familiar idóneo es el indulgente. “Las puntuaciones de los hijos de familias indulgentes fueron equivalentes, o incluso mejores, que los de las familias autorizativas”, apunta el investigador.

Según el experto, los sistemas disciplinares impositivos como castigos, privaciones y normas rígidas que tratan de conseguir que los hijos hagan las cosas por la fuerza merman la autoestima familiar, y se asocian con un desarrollo emocional incompleto y con cierto resentimiento hacia la familia, aunque los apliquen padres y madres que mantienen relaciones muy cordiales con sus hijos, “al menos en las culturas donde se valora poco las relaciones jerárquicas como la española”.

Los investigadores destacan la necesidad de que padres y madres pongan esfuerzos “en aspectos muchas veces descuidados”, como la comunicación, las relaciones cordiales, el interés por sus problemas y la explicación razonada de las consecuencias de sus actos. “Actividades que en última instancia demandan entrega, dedicación y atención”, afirma García. El objetivo, que todas las personas adquieran madurez y responsabilidad, y sean capaces de hacer las cosas por sí mismas.

Cuatro tipos de familias según la relación con los hijos

La clasificación de las familias es el resultado de combinar conductas que adoptan distintos grados de exigencia y responsabilidad. Por un lado, el modelo autorizativo engloba a las familias que “proporcionan normas claras, razonan con los hijos de forma afectuosa y flexible, al tiempo que les exigen su cumplimiento”. El modelo autoritario coincide con el autorizativo en que son exigentes o controladores, pero difiere en que los padres y las madres son menos afectivos.

Por otro lado, los padres y madres del modelo negligente y del modelo indulgente se caracterizan por su baja represión, sin embargo, los primeros son “poco afectuosos” y los segundos “muy afectivos”.

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Referencia bibliográfica:

Fernando García, Enrique Gracia, “What is the optimum parental socialisation style in Spain? A study with children and adolescents aged 10-14 years”, Infancia y Aprendizaje, 33 (3): 365-384, septiembre de 2010

Publicado en SINC

4 de octubre de 2013

La mala madre

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Pareciera que la maternidad trae consigo una buena dosis de culpa. Que una criatura tan pequeña y vulnerable esté a nuestro cargo y que de alguna manera seamos una influencia tan importante en lo que va a convertirse, puede ser una horrible carga. Las posibilidades de equivocarse son todas. Y es muy probable que, a pesar de los impresionantes esfuerzos que hagamos, algo hagamos para dañar a estos seres humanos que llamamos hijos.

Ser además psicóloga y Doula, y tener una de estas personalidades de ser niña buena y perfeccionista (como lo soy yo), empeora bastante la cosa. Porque desde esta óptica imposible decirme mentiras: La crianza importa. Y como padres y madres si tenemos una gran responsabilidad.

Yo, decidida a ser una buena madre, pronto me encontré con toneladas de frustración (y claro, culpa). Porque ser eso que en mi plan perfecto estaba, pues no es solo cuestión voluntad. Y sobretodo porque mi pequeña Eloísa, y ahora esta bebé en mi panza, han sido unas constantes maestras para replantearme todo lo que mi ego había escrito bajo el titulo de “la buena crianza”.

Hablo por mí, pero sé que no estoy sola. Porque en mi diario vivir, (cuando estoy dispuesta a escuchar), me encuentro con muchas otras mamás sumidas en esta angustia por no poder ser esa madre perfecta. Rodeadas además de muchos juicios de personas bienintencionadas que les encanta dar cátedra sobre lo que debe hacerse y lo terrible que es no hacerlo, sea cual sea su visión de la crianza (¡¡tantas veces he sido yo una de estas pesonas!!)

Cada una va construyendo su ideal de madre. Según su historia, sus carencias, su personalidad, su contexto. Porque además tenemos esta tendencia a convertirlo todo en verdades absolutas. Nos tatuamos las creencias como mandamientos. Tal vez en nuestra necesidad de que alguien nos diga como hacer las cosas. Porque la incertidumbre y la duda, al menos para mí, a veces son insoportables. Y además queremos “convertir” a los que nos rodean. Para poder reafirmarnos. Para tener la razón, la fuerza, la seguridad de estar haciendo lo “correcto”.

En mi caso, esta Madre Ideal la fui construyendo con todo mi bagaje psico-doulesco. Me dediqué a leer libros, blogs, y a rodearme de personas que apoyaran un tipo de crianza que para mí tenía mucho sentido y encajaba perfectamente en quién era en ese momento.

Crianza con apego, con amor, crianza respetuosa, crianza natural, crianza positiva, centrada en el niño. Mi mente fue construyendo este modelo que debía ser y defender con todas mis fuerzas. Algo así:

  • Parirás naturalmente. Sin anestesia. Sin episotomía. En un ambiente cálido y amoroso. Recibirás a tu bebé inmediatamente, para tenerlo abrazado y cortarás el cordón tí o tu pareja cuando deje de latir. No tendrá ningún tipo de intervención médica.
  • Lactarás a tu bebé exclusivamente, a demanda, MÍNIMO un año. Ojalá dos, idealmente hasta que él quiera dejarlo a voluntad. Por supuesto todos los biberones, chupetes y demás artefactos artificiales están prohibidos. La leche de bote no es ni siquiera una posibilidad. Menos si es de vaca.
  • No impondrás tus ritmos de sueño al recién nacido. Dormirás cuando el duerma. Atenderás sus necesidades cuando despierte. No importa la hora. No importa tu cansancio.
  • Harás colecho, hasta que tu hijo decida irse a su propia cama. Incluso si es necesario que tu esposo salga de la cama matrimonial y se vaya al sofá.
  • No lo mandarás al jardín infantil, al menos los primeros 3 años. Estarás dedicada exclusivamente a él. Cuando así sea será un jardín infantil que comparta TODAS tus pautas de crianza. Idealmente educarás en casa. No enviarás a tu hijo a una institución corrompida en donde lo van a deformar.
  • Alimentarás naturalmente a tu hijo, a partir de los 6 meses solamente. Nada de compotas de supermercado. Nada de azúcar. Todo integral. Hecho en casa. No llenarás a tu hijo de químicos, hormonas y toxinas que es lo único de lo que la comida ahora esta hecha. (olvídate para siempre de latas y embutidos)
  • Los antibióticos y vacunas están fuera de consideración. Solo medicina natural y homeopática.
  • Usarás pañales de tela. No contaminarás más este mundo.
  • Cargarás a tu hijo en el portabebés en todo momento. Los cochecitos, sillitas y demás están completamente prohibidos. No dejarás que tu hijo tenga sensación de abandono, ni que se pierda el contacto contigo.
  • Serás en todo momento una mamá paciente, amorosa, dispuesta. Atenta a sus necesidades. Alegre y agradecida por tener a tu hijo.
  • Siempre sabrás que es lo que necesita tu hijo, si no, es porque estás desconectada de tu instinto.
  • ...

La lista es bastante más larga. Sí, tiene un toque de exageración, pero no está tan alejada de la realidad.

Poco a poco me fui dando cuenta del nivel de exigencia que me estaba poniendo en los hombros.

Y no solo eso.

Me di cuenta de que esta lista creada por mí, nada tenía que ver con ser buena o mala madre. Y no es que no crea en algunas de estas ideas. Pero entendí que quien se aferraba a ellas era mi ego. Solo mi ego tratando de tener una cómoda guía para hacer las cosas bien. En el fondo solo estaba para llenar una angustia infinita de no tener ni la menor idea de cómo enfrentar a esta bebé que llegaba a mis brazos sin manual de instrucciones.

Poco a poco Eloísa me fue mostrando una realidad con la que no contaba y todos estos mandatos se fueron cayendo por su propio peso. Fue quedando lo esencial.

Mi deseo de vincularme con ella y amarla eran y son, genuinos. Y eso perduró. Con biberones, coches, cunas, compotas, salchichas y salsa de tomate. Con TV y apiretal. Con guardería a los 16 meses. Con mi trabajo, mis salidas, mis viajes y mis ganas de que Nicolás sea mi compañero de vida. Que compartamos cama y espacios.

He sido una madre gritona e impaciente muchas veces, y tantas otras he llorado a su lado sin tener ni la menor idea de lo que le pasa.

Este temido título de la mala madre me persigue.

La culpa se asoma. Me visita regularmente. Pero he aprendido que no es lo mismo culpa que responsabilidad. Que esa crianza consciente que he buscado, no esta gobernada por mandatos. Sino justamente por consciencia. Y consciencia no es lo mismo que perfección.

Soy la madre que soy. Y mi camino (aclaro MI CAMINO) está en mirarme, en tener la valentía de entrar a mis lugares sombríos y temidos. En poner en voz alta lo innombrable. Todo eso que me asusta, que me avergüenza, que me cuesta. En estar presente en mi y poder ir atravesando capas y capas para encontrarme con mi ser esencial. Para poder conectarme con mis hijas y en general con los demás, desde un lugar más sano, más auténtico.

Ser “buena madre” ahora se parece un poco más a aceptarme, quererme, atenderme, mirarme para poder crecer junto a mis hijas. Acompañarlas en un camino que es de ellas. Porque sí: tengo una gran responsabilidad, pero al final ellas serán lo que son gracias y a pesar de mi.

Soy y no soy tan importante.

Definitivamente no lo soy todo para ellas. Esa idea es liberadora y a la vez dolorosa para este ego que espera oír “mamá, no hay nadie como tu. Eres lo más importante en mi vida, gracias a ti soy lo que soy…. Eres la mejor mamá del mundo”.

Lo que yo hago por ellas les favorece o no su camino. No las define. Su ser es infinitamente más grande que mi idea loquísima de que todo depende de mi.
Menos mal.

Así que adiós a la mala madre. Adiós culpa.

Soy lo que soy.

Y ser “buena madre” para mi hoy se trata más de amarlas.

De amarme.

Por Ana María Constain. Publicado en Crianza y gestalt

2 de octubre de 2013

Diez pautas para educar


¡Carloooos! Que te he dicho que te duches, te sientes a la mesa y recojas tu cuarto… ¡YA! No entiendo por qué no me haces caso a la primera, siempre tengo que gritarte y ni por esas, me tienes hartísima. Cuando venga tu padre, se lo digo. Me desesperas. Si es que no puedo contigo, un día de estos te voy a dar un bofetón”.

Después de esta escena, algunas madres dan un portazo, incluso lloran de desesperación. No entienden que su hijo no haga lo que se le pide a la primera. La explicación que dan es que el niño es desobediente, malo, y que no hay nada que hacer por conseguir paz en casa. Terminan por juzgarse como malas madres e ineficaces en la educación de sus hijos. En la escena podemos encadenar varios errores para que Carlos no obedezca: dar voces, órdenes contradictorias, comunicarle que ha perdido la batalla (“puedes conmigo, me desesperas”) y amenazarle con hablar con su padre demostrando que su autoridad es nula.

La mayoría de padres ve la tarea de educar como algo difícil. Pero si anticipa todo lo que puede fallar, que su hijo no estudiará, se relacionará con amigos que resten, no comerá… esto le desesperará y caerá en la profecía autocumplida. Lo más importante en la educación es establecer unas reglas que no se salte ni usted. Trabaje para que se cumplan desde edad temprana. A partir de los seis meses los niños entienden muchas cosas; no se expresan, pero empiezan a diferenciar entre “esto sí se puede y esto no”. No trate de educar a un chaval de 15 años al que lleva consintiendo todo este tiempo, será tarde. Cuanto antes sepan sus hijos que hay normas, que los premios van asociados al cumplimiento de responsabilidades, que todos tienen que colaborar, antes conseguirá tener hijos educados, responsables y con autonomía.

La mejor prevención en educación es la intervención temprana. Muchos padres se quejan de que los niños no vienen con un manual bajo el brazo, pero si siguen estas reglas básicas, seguramente le allanarán el camino que supone educar.

Primero. Volumen y tono conversacionales. Conseguir que le hagan caso no es cuestión de hablar alto. El poder está más en lo que se dice, en las consecuencias que conllevará no hacerlo a la primera, en la coherencia y en ser muy disciplinado con las rutinas. Si quiere que sus hijos le respeten, empiece por respetarles a ellos. Nadie quiere obedecer a alguien que no se muestra seguro y relajado.

Segundo. No dé órdenes contradictorias. Si le dice a su hijo que se duche, que recoja su cuarto y que se siente a la mesa, sin indicarle el orden, igual lo bloquea. Dígale lo primero que tiene que hacer, y cuando haya finalizado, lo segundo. Si su hijo tiene edad para memorizar varias órdenes, enuméreselas, dígale cuál es su prioridad. No espere que él la sepa, porque tiene las suyas propias.

Tercero. Imaginación. Haga un concurso por semana para que jueguen “a hacer lo que deben”; puede ser sobre cualquier comportamiento a corregir. Los domingos lo puede anunciar: “A partir de mañana, se celebra el fantástico concurso de ‘Quién tiene la dentadura de caballo más limpia’. Las bases son estas: limpiarse los dientes tres veces al día y pasar revista. Las puntuaciones de papá y mías se sumarán, y el viernes anunciaremos ganador”. Si quiere que los niños se lo tomen en serio, haga lo mismo. Y tenga paciencia, hasta que se convierta en rutina necesita tiempo. El juego genera un ambiente relajado en el que apetece más aprender y obedecer.

Cuarto.
No quiera modificar en su hijo todo lo que le molesta de una vez. Si se pasa el día diciéndole lo que hace mal, terminará por cargarse su autoestima. Elija una conducta a modificar y céntrese en ella siguiendo las pautas de este artículo. Cuando lo consiga, siga con otra.

Quinto. Cuando corrija o muestre su enfado con ellos, no los ningunee, ni ridiculice, ni haga juicios de valor. Si lo hace, terminarán por comportarse conforme a las expectativas que se han puesto en ellos y les afectará a la autoestima. Es mejor decir: “No me gusta ver tu cuarto desordenado; por favor, guarda los juguetes en las cajas”, a decirles: “Eres un guarro, qué asco de dormitorio”. No consiga que se cumpla la profecía autocumplida. Si les transmite que no confía en ellos y que no espera nada, puede que se cumpla.

Sexto. Sea constante. Aquello muy importante, basta con que lo argumente una vez, no busque más razonamientos porque su hijo no los necesita. Simplemente busca ganar tiempo para no hacer lo que debe. Dígale: “Esto no es negociable; cuanto antes empieces, antes podrás disfrutar de lo que más te gusta”. Negocie lo que sea negociable y no siente precedente con lo que no lo es.

Séptimo. Paciencia y calma. Las personas que transmiten con paciencia son más creíbles y generan un ambiente cálido y relajado. Cuando introduce cambios en la manera de educar, al principio los niños reaccionan con incertidumbre: “¿Qué significa que mi madre/padre ahora están calmados y no me gritan?”. Deles tiempo, necesitan acostumbrarse a esta nueva forma de comunicarse.

Octavo. No se contradiga con su pareja. Los niños tienen que saber que la filosofía y la escala de valores parten de los dos. Si no, estarán chantajeando a uno y a otro, fomentando el engaño para conseguir lo que quieren. Terminará por tener muchas discusiones con su pareja por eso. No se descalifiquen, ni ridiculicen, ni contradigan delante de ellos. Todo aquello en lo que no estén de acuerdo, háblenlo en la intimidad y negocien.

Noveno. Nunca levante los castigos. Es preferible aplazarlo, pero que sea efectivo y lo cumpla, que imponer uno muy duro fruto de la ira y que luego deshará convirtiéndose en alguien a quien se puede chantajear. Dígale: “Esto merece un castigo, ya te diré qué va a pasar”.

Décimo. Mejor que el castigo, el refuerzo. Significa prestar atención a lo que hace bien, cualquier cambio, y decírselo. Si continuamente centra la atención en lo que hace mal y le corrige y se enfada, su hijo aprenderá que esta es la manera de llamar su atención. Todo lo que se refuerza, se repite. Al niño le gusta que sus padres estén orgullosos de él, pero tiene que decirle de qué se siente usted orgulloso, porque él no lo va a adivinar.

Recuerde lo más fundamental: hasta la adolescencia, no hay figuras más importantes que los padres. Si trata de educar en una dirección, pero se comporta en otra, será inútil. Los hijos copian, son esponjas. Educar con acciones tiene mucho más impacto que con palabras.

Publicado en el diario El País