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6 de octubre de 2013

Las conductas autoritarias fomentan personas inseguras


El estudio se publica en el último número de la revista “Infancia y Aprendizaje”

Investigadores de la Universidad de Valencia (UV) han identificado los efectos que tiene la educación de madres y padres en la configuración de la estructura social en España. Las conclusiones confirman que castigos, privaciones y normas rígidas merman la autoestima familiar.

“El objetivo era analizar qué estilo de socialización parental es idóneo en España midiendo el ajuste psicosocial de los hijos”, explica a SINC Fernando García, coautor del estudio e investigador de la UV.

El trabajo, que aparece en el último número de la revista Infancia y Aprendizaje, se realizó a partir de una encuesta estatal a 948 niños y adolescentes de 10 a 14 años (el 52% eran chicas) que indicaron las prácticas de socialización de sus progenitores. A partir de sus respuestas, las familias se clasificaron en una de las cuatro tipologías clásicas de socialización parental: autorizativa, autoritaria, indulgente y negligente.

Los resultados indican que en el Estado español el estilo familiar idóneo es el indulgente. “Las puntuaciones de los hijos de familias indulgentes fueron equivalentes, o incluso mejores, que los de las familias autorizativas”, apunta el investigador.

Según el experto, los sistemas disciplinares impositivos como castigos, privaciones y normas rígidas que tratan de conseguir que los hijos hagan las cosas por la fuerza merman la autoestima familiar, y se asocian con un desarrollo emocional incompleto y con cierto resentimiento hacia la familia, aunque los apliquen padres y madres que mantienen relaciones muy cordiales con sus hijos, “al menos en las culturas donde se valora poco las relaciones jerárquicas como la española”.

Los investigadores destacan la necesidad de que padres y madres pongan esfuerzos “en aspectos muchas veces descuidados”, como la comunicación, las relaciones cordiales, el interés por sus problemas y la explicación razonada de las consecuencias de sus actos. “Actividades que en última instancia demandan entrega, dedicación y atención”, afirma García. El objetivo, que todas las personas adquieran madurez y responsabilidad, y sean capaces de hacer las cosas por sí mismas.

Cuatro tipos de familias según la relación con los hijos

La clasificación de las familias es el resultado de combinar conductas que adoptan distintos grados de exigencia y responsabilidad. Por un lado, el modelo autorizativo engloba a las familias que “proporcionan normas claras, razonan con los hijos de forma afectuosa y flexible, al tiempo que les exigen su cumplimiento”. El modelo autoritario coincide con el autorizativo en que son exigentes o controladores, pero difiere en que los padres y las madres son menos afectivos.

Por otro lado, los padres y madres del modelo negligente y del modelo indulgente se caracterizan por su baja represión, sin embargo, los primeros son “poco afectuosos” y los segundos “muy afectivos”.

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Referencia bibliográfica:

Fernando García, Enrique Gracia, “What is the optimum parental socialisation style in Spain? A study with children and adolescents aged 10-14 years”, Infancia y Aprendizaje, 33 (3): 365-384, septiembre de 2010

Publicado en SINC

29 de julio de 2013

Aprendiendo a no interferir

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Mi marido y yo estamos siempre halagando la conducta y modales de nuestros hijos. La gente cree que los disciplinamos. No es así. Nos disciplinamos a nosotros mismos.

Satisfacemos las necesidades de nuestros hijos, les proporcionamos protección, y los exponemos a las posibilidades de la vida. Sin embargo, nosotros no interferimos en su juego, su aprendizaje, su creatividad, o cualquier otro tipo de crecimiento. Nosotros los amamos, alimentamos, compartimos, escuchamos, respondemos, y participamos cuando nos lo piden. Aun así, debemos mantener a nuestros hijos libres de manipulación o insultos como resultado de comentarios o ideas "útiles, amables"- influencias sobre las cuales los niños son tan sensibles en su estado de dependencia.

Auto-Disciplina Maternal/Paternal

Este tipo de disciplina no es fácil. Nuestra sociedad no solo no la avala, sino que la tentación de quebrar las "reglas" vive dentro de nosotros. La necesidad/instinto de intervenir en la actividad de los niños está enraizada en cómo fuimos criados en nuestra cultura.

Para mí, el desafío más difícil de sobrellevar ha sido el impulso narcisista de "mostrar" a mis hijos. Un día, cuando nuestro hijo mayor tenía dos años, tocó un tipo de escala (suave) en el piano. Estaba asombrada, y aun así me contuve en mi norma/regla y no interferí. Libre de tocar por propio interés y amor, y no para complacerme a mí, continuó mejorando sus escalas con gran alegría y concentración por un largo tiempo. Cuando mi marido llegó a casa caí en la trampa. Siendo incapaz de esperar a que repitiese su desempeño a su tiempo, encubiertamente traté de dirigir a mi hijo al piano para que haga su "truco".

Sin haber sido "entrenado a hacer" para satisfacer, no fue ningún tonto. Sintió el engaño y se rehusó a tocar. Pasaron varias semanas antes de que nuevamente se sumerja a tocar esa escala en el piano. El niño ama hacer cosas por los demás, les encanta ayudar y servir, pero aún así; cuando hace algo fuera de su propio interés, así es como debería ser mantenido.

A pesar que la auto-disciplina de un/a padre/madre es un desafío, se convierte en natural (como una segunda naturaleza) con el tiempo y la experiencia. Para mí, este tipo de disciplina se desarrolla gradualmente, empezando con "reconocimiento descriptivo" y finalizando/culminando en sin interferir unos años después. Mis mejores aliados han sido mis realizaciones como madre y educadora, el libro de Daniel Greenberg "Free at Last" y entrevistas/charlas con Jean Liedloff, autora de "The Continuum Concept", sobre dejar a los niños ser ellos mismos.

Al principio creía que reconocer, comentar y elogiar a los niños por sus logros expresaba amor y construía autoestima. Con el tiempo, me di cuenta que estas intervenciones bien intencionadas hacen justamente lo opuesto: promueven la dependencia en la validación externa y disminuyen la auto-confianza que poseen los niños. Aquellos niños que están sometidos a comentarios, elogios y reconocimientos interminables eventualmente aprenden a hacer cosas no para ellos mismos, sino para complacer a terceros. Complacer a otros rápidamente se convierte en su principal motivación, reemplazando impulsos provenientes del auténtico y verdadero SER y llevando a su propia perdida.

Al contrario de lo que frecuentemente se cree, los niños se sienten más amados y seguros de sí mismos cuando no interferimos en sus actividades. No solo permanecen seguros de nuestro amor y sostén cuando nos abstenemos de participar, pero ellos necesitan que los protejamos de las intrusiones, que pueden interferir con su progreso, auto-confianza y salud emocional.

Cuando intervenimos con elogios, deseos, sugerencias y premios, las dudas aparecen y sacuden la auto-confianza de los niños y la confianza en nosotros. Sensibles e inteligentes, ellos perciben que tenemos una agenda- que los estamos manipulando hacia un "mejor" o deseado resultado. Esta conciencia los pone a pensar: "a lo mejor lo que yo estoy tratando de lograr no está bien- no puedo confiar en mí mismo para elegir o saber qué puedo hacer", o "mamá y papá tienen una agenda que yo debo llevar a cabo y completar para tener su aprobación y amor".

Gradualmente un cambio ocurre. Niños que antes hacían las cosas por placer personal o comprendían que lo hacían para complacer a un tercero; ya no confían en sus acciones, como tampoco confían en nosotros, porque la realidad es que no estamos de su lado. Junto con el cambio a complacernos también aparece el miedo a no complacernos. Dependencia intelectual y emocional, bajo auto-estima, y falta de auto-confianza invariantemente aparecen.

Aún cuando interferimos con comentarios aislados en el juego imaginativo de nuestros hijos, las dudas aparecen. Lo que los niños están experimentando internamente en estos momentos es tan remoto/desconectado de nuestras "enseñadas" suposiciones que rápidamente nuestra confusión se convierte en auto- negación y duda. Además, los niños perciben los comentarios/observaciones falsos, autoritarios y condescendientes de lo que son, y pueden concluir que está bien no ser sincero y pretencioso

Del Elogio a la Observación

Es difícil inhibir los elogios. Por un lado, estamos encadenados a nuestro propio condicionamiento y por el otro, somos fácilmente engañados: en el elogio por cada logro el niño pareciera como un niño con alta auto-estima, exitoso y alegre. En realidad, ese tipo de niño ha cambiado al modo de complacencia, llevado al éxito no por curiosidad o interés personal, sino por el deseo de obedecernos y vivir de nuestras expectativas. Como educador, John Holt ha dicho sobre los niños, "ellos tienen miedo, por sobre toda las cosas, de fracasar, de decepcionar o no complacer a los ansiosos adultos que los rodean, de quienes sus esperanzas y expectativas ilimitadas de sí mismos cuelgan sobre sus cabezas como una nube". En resumen, la estima que observamos no es auto-estima, debido a que la misma ha sido perdida en los primeros años por este tipo de condicionamiento. La alegría que observamos no es placer, sino alivio de que otro acto complaciente ha sido logrado, asegurando la aprobación de papa y mama (supervivencia emocional) y ocultando un sentimiento de profunda confusión.

Los niños, también, pueden ser engañados/as para creer que estas son conductas de complacencia originados internamente y que tiene que ver totalmente con quienes son ellos. La decepción más grande es cuando son criados para ser adultos aparentemente alegres y exitosos. La psicoanalista Alice Miller, en su libro "The Drama of the Gifted Child", expresa la siguiente lamentable convicción: "sin estos logros, dotes, nunca podría ser amado… sin estas cualidades, que tengo, una persona no vale nada" Miller continua explicando por qué los logros basados en la complacencia niega la auto-comprensión y, al realizarlo, conlleva a depresión, a sentimientos de "que nunca alcanza", y otras alteraciones emocionales frecuentemente en las personas más exitosas.

Para "seguir a nuestro propio ritmo", una persona necesita ejercitar los músculos de libre elección y auto-aprendizaje desde el comienzo. La dificultad que tenemos para confiar en la capacidad de flexibilidad nuestros/as hijos/as proviene de nuestra propia experiencia al no haber confiado en nosotros. Confiar, es sencillamente/simplemente, no natural para nosotros. Solo cuando realizamos un esfuerzo consciente para salir- y no interferir en el camino de nuestros hijos descubrimos la maravillosa verdad: la magia ya está presente en nuestros/as hijos/as, preparado para desarrollarse/desplegarse a su propia forma/manera y en su propio tiempo.

Aproximadamente la mayoría de los niños vienen a esta vida equipados con un YO/SER que es capaz de florecer a capacidad. Sin interferir, entorpecer su crecimiento, este SER guiará al niño hacia capacidades y aprendizajes, y, en el proceso, auto-realización. No tenemos ningún derecho de querer controlar la dirección de este crecimiento. En vez de entrenar a nuestros hijos en varios formas de intervenciones para que encajen en nuestra visión/percepción de ellos, debemos entrenarnos a nosotros mismos para respetar la creación de la naturaleza y protegerla su florecer autentico en su totalidad.

Es más, el resultado final que estamos buscando- un ser humano capaz, con alta auto-estima, creativo, curioso y responsable- ya se puede observar en un niño de 2 años. Si permitimos poner estos dotes en uso de una manera auto-dirigida y con auto-confianza, el niño desarrollará capacidades mientras que aumenta estas deseadas cualidades. Maduración luego sucederá como una expresión autentica del SER, más que contemporizar (Acomodarse al gusto o dictamen ajeno por algún respeto o fin particular) la autoridad paternal/maternal y otros formas de dominación.

No interferir nos da la oportunidad de convertirnos en observadores curiosos. Al mismo tiempo, nos libera de las peleas de poder y comenzamos a aproximarnos a una maternidad/paternidad que es mucho más placentera y plena. No conozco "entretenimiento" en la vida más interesante, atrapante, fascinante y glorioso que observar a los/as niños/as desarrollarse libremente.

Naomi Aldort

27 de junio de 2013

La autonomía: camino antes que fin

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Para Piaget, el famoso psicólogo suizo, el desarrollo humano va de la dependencia y la necesidad constante de los otros que sostiene el recién nacido a una capacidad importante para razonar por cuenta propia y valerse por uno mismo cuando se alcanza la edad adulta, el desarrollo humano tiene como una de sus metas la autonomía.

En muchas ocasiones las madres y los padres pensamos que la autonomía y la independencia vendrán después, cuando nuestros hijos e hijas se acerquen a la mayoría de edad. Este pensamiento, que en parte es evidentemente cierto, en parte también es una trampa. Cuanto más tardemos en poner a nuestros hijos delante de situaciones en las que han de hacerse cargo de sus vidas y sus decisiones, más difícil hacemos ese aprendizaje.

De hecho, vamos a defender que la autonomía no es un fin, que debe ser un medio por el que crecer y aprender. Y en cada momento de la vida de los niños y las niñas hay numerosas situaciones en las que desarrollar esa cualidad. Y en esas circunstancias nosotros como madres y padres decidimos si las convertimos en situaciones para aprender.

Las actuales condiciones económicas, laborales y sociales parecerían favorecer un retraso general del desarrollo de la autonomía y la independencia personales. Cada vez se estudia más tiempo, cada vez la inserción estable en el mercado laboral es más complicada, cada vez es más difícil independizarse del domicilio familiar… Pero si no establecemos la autonomía como una condición desde el principio más dificultamos el proceso de desarrollo de niños, niñas y adolescentes. Y más difícil también hacemos que al final alcancen esos objetivos personales diferenciados (el trabajo, la vivienda…).

Un niño le decía a la psicoanalista Françoise Doltó: “si me dijeran que sería mayor a los 14, me prepararía para serlo”. Nosotros, los adultos, vamos a servir de referente a nuestros hijos e hijas para entender en qué grados y condiciones ellos se pueden construir autónomos. Nosotros, padres y madres, tenemos mucho que ver con que ellos estimulen o ralenticen su autonomía. Por ejemplo, haciendo cosas por ellos que pueden hacer solos. Pensemos en los hábitos de higiene y cuidado que a veces atendemos sin necesidad, sin hacer que ellos se hagan responsables y dueños de esas rutinas que van a preservar su salud y animar su desarrollo. El cuidado a la infancia y la adolescencia también implica no sobreactuar, evitar hacerse cargo de funciones o tareas que los niños, niñas y adolescentes pueden desarrollar. Cuando postergamos el paso a la alimentación sólida, cuando asumimos vestirles aunque ellos puedan hacerlo solos, cuando les ponemos la tele “para que desayunen” y les damos a mano cucharada a cucharada sin necesidad con la intención de que no se enteren de que comen estamos haciendo contra el desarrollo de su capacidad de autonomía. Y es que hay veces que ellos supuestamente ganan la batalla, cuando nos convencen de que es mejor que les tratemos como a niños más pequeños de lo que son porque así no nos dan tanta guerra. Su pesadez se convierte en un arma efectiva que consigue sus deseos más inmediatos pero que opera en su contra al largo plazo.

Y es que educar para la autonomía también representa en muchas ocasiones asumir que educamos desde el error y el fracaso temporal. No se trata de dejarles hacer algo cuando les va a salir bien, cuando estén “totalmente” preparados. Bien al contrario, se trata de poner condiciones para que lo intenten y vean (con nosotros) qué ocurre, si pueden o no enfrentarse a los cordones del zapato, la ducha o la cuchara, el cuchillo y el tenedor. En situaciones de aprendizaje es más valioso el intento que el resultado. Y esto es algo que además permite aprender no sólo en función del producto, de lo que salga al final de la actividad, sino del valor de la experiencia en sí, de su mero hecho. Hay algo mercantilista, muy propio de estos tiempos, en el pensar que lo único que importa es el resultado (desde la ejecución de un problema de matemáticas a la formulación de una propuesta ciudadana). Parece que lo único que vale es el final, lo que resulte. Bien al contrario, muchas de esas experiencias van a aportarnos como personas en la medida que podamos asomarnos a ellas mismas, a encontrarnos pensando un problema (aritmético o comunitario) y en su abordaje aprendamos no sólo de la realidad que queremos enfrentar sino de nosotros mismos.

No proponemos exponer a nuestros hijos e hijas a situaciones en las que el fracaso o la frustración sean una constante, algo que se dé una y otra vez. Pero sí reivindicar que algo de eso tiene también que jugarse en cada paso hacia la autonomía. Se trata de graduar y sostener en esa exposición al malestar para que éste pueda integrarse en algo productivo y nuevo.

En muchas ocasiones el acceso a la escuela representa para muchos niños y niñas una situación de desconcierto y malestar. Muchos de ellos lloran los primeros momentos de su acceso a la escuela o incluso lo hacen los primeros días. En parte, esa respuesta es lógica ante una situación nueva y desconcertante, en la que sus figuras significativas han desaparecido. Parte del trabajo de los educadores de la enseñanza infantil en este tiempo pasa por sostener ese malestar y poder transformarlo en otra cosa. La mayoría de las veces a los pocos días los niños y niñas entienden que esa situación nueva no es de abandono y muchos festejan al poco tiempo ir a una escuela donde pasan cosas nuevas e interesantes. En esas situaciones los niños también celebran ser recogidos o reencontrarse con sus padres y madres, de un modo intuitivo entienden que ellos volverán y que después de la escuela sigue el parque o los juegos en casa, los mimos y los cuidados, el disfrute conjunto.

A veces, queriendo lo mejor para nuestros hijos tratamos de que no se expongan a la más mínima frustración, que no soporten la menor tensión. Eso podría estar bien si ellos y nosotros pudiéramos habitar un mundo en el que la dificultad o la frustración no existieran, pero parece que esto no es así.

En ocasiones podremos exponer a nuestros hijos e hijas a tensiones que ellos no puedan manejar, que los bloqueen y ante las que no puedan responder de una manera productiva. Sea cual sea la situación y sus razones, es entonces cuando podremos pensar que intervenimos protectoramente evitándoles dicha situación. Si lo más frecuente es que en el proceso de adaptación a la educación infantil se den algunos llantos y algunos altibajos, puede ocurrir por muchos motivos que el ajuste al nuevo medio genere malestar y sintamos que no pueden afrontar en las condiciones socialmente establecidas. Tocará entonces establecer medidas protectoras, hablar con maestras y maestros, revisar el plan de adaptación… No defendemos una exposición espartana, en la que sobreviva el más fuerte o que se sostenga sobre el sufrimiento y la resignación. Se trata de apoyar lo necesario y dejar hacer lo posible, en dar espacios y condiciones para que ellos puedan actuar y nosotros, acompañando, ver cómo lo hacen, hasta dónde llegan, cómo y cuándo necesitan de nuestra intervención.

Pensemos que lo contrario de la autonomía es la dependencia. Y eso es lo que fomentamos cuando les pedimos menos de lo que pueden o cuando les damos más de lo que necesitan. Entendamos el desarrollo desde esta perspectiva, nuestro papel como madres y padres es darles condiciones para que consoliden su capacidades en relación con su medio, con aquellas características del contexto que les exigen poner en juego sus habilidades, desarrollarlas, crecer. Y es desde ahí desde donde les ayudamos a hacer más y mejor con sus vidas, ya sea en el patio de la escuela, en el parque, con sus deberes o cuando estén fijándose unas metas de vida adulta.

Miremos también en el contexto de la organización doméstica. En ocasiones, por una suposición pretendidamente benevolente, les eximimos de las responsabilidades que podrían asumir como miembros de una familia. Desde recoger sus cosas después del baño o la preparación de la mochila para el día siguiente a la asignación de responsabilidades en tareas como la compra o la cocina. Asumir responsabilidades, compartir compromisos, les permite sentirse corresponsables, asumir un protagonismo productivo que facilita repartir cargas y aprender desde un lugar activo que les permite relacionarse con las cosas cotidianas de manera productiva. Desde revisar las cuentas de la frutería a poder reclamar un cobro injustificado, son condiciones para aprender desde la cotidianeidad el desempeño de la ciudadanía. Sólo desde la responsabilidad vamos a poder una ciudadanía que defienda y exija defender los derechos de cada uno.

Y esto nos lleva a pensar en el equilibrio y la proporción entre derechos y deberes. A veces nos parece que nuestro hijo es una fiera en el fútbol y la informática y le regalamos un ipad, pero luego no le exigimos que se vista o desayune solo. Es complicado pero imprescindible pensar en la situación de nuestros hijos e hijas en conjunto, como algo que es necesariamente global. A veces nos quedamos atrapados en los extremos, los máximos o los mínimos del desarrollo, y no podemos analizar la situación globalmente. Ese balance, tan necesario como difícil, es útil para poder ayudar a equilibrar las distintas facetas que son la expresión de una única forma de ser y estar en el mundo.

En un grupo de padres de adolescentes con una gran desmotivación hacia los estudios, en un instituto del sur de Madrid, en el diálogo de preguntarse con ellos qué les pasaba a sus hijos e hijas surgió la idea de que eran buenos chicos y no se les podía pedir más. La opinión, compartida entre los padres y madres participantes del grupo no dejaba ver que a la vez ese cumplimiento de las exigencias mínimas que el sistema educativo requería para chicos y chicas de su edad. Y aquí podemos equiparar las exigencias del centro con las de cualquier contexto social afuera de lo familiar. Sin dudar un momento del análisis de estos padres y madres, debemos pensar en qué medida su comprensión era una benevolencia que dificultaba que los chicos y chicas asumieran una posición activa y resolutiva ante su realidad, su futuro y sus posibilidades.

Pensemos en la exigencia como un motor del desarrollo, en una forma de ajustar competencias y saberes con la realidad. Desde ahí acompañar, cuidar, no es sinónimo de evitar sino más bien algo que tiene que ver con alentar y sostener para que ellos puedan responder ajustadamente a lo que se les está pidiendo. Aquí la confianza tiene que ver, otra vez, con esperar a que ellos puedan responder ajustada y adecuadamente a lo que la realidad les propone, y pensemos en estos términos las exigencias escolares que no son más que la expresión de una demanda social ajustada a sus niveles de competencia personal. Y afirmamos esto no tanto, otra vez, en términos de resultados sino de esfuerzo. Podremos decir que podemos sentirnos satisfechos porque nuestros hijos e hijas hicieron lo que pudieron, lo que estaba en su mano, independientemente de sus resultados, por ejemplo de sus calificaciones académicas. Lo que tenemos que pensar es lo que significa en términos de renuncia o de condena dar por hecho que lo que hicieron estaba bien cuando ellos y nosotros pensamos que no lo intentaron, que se quedaron presas de sus dudas o sus temores, de sus dificultades.

Volvemos a combinar apoyo y control, afecto y exigencia. Quererlos no tiene porqué suponer la renuncia a pedirles que hagan lo que deben, que se comprometan con las tareas que les exige su realidad más próxima. Que sean capaces de exponerse y exigirse para descubrirse aprendiendo y sentirse competentes.

A veces, detrás de nuestros consentimientos y ofertas se esconde la educación del doctor Frankenstein, que diría Meirieu. En definitiva, el mítico científico de la novela de Marie Shelley sólo pretendía crear una criatura que cumpliera sus deseos y sus expectativas, toda la dificultad de la historia aparece cuando el monstruo toma decisiones y expresa necesidades que no están en el guión de su creador. Y desde ahí a la tragedia. Hacer hijos e hijas autónomos nos obliga a reconocernos también limitados, a tener que soportar nuestras incertidumbres, dudas y temores, a dejar que ellos decidan y se equivoquen. Y desde ahí reconocer su autonomía, su distinta forma de ver las cosas y de actuar.

A nosotros, padres y madres, nos queda la importante función de dejar espacios para que todo esto pueda probarse y aprenderse, porque finalmente la autonomía no se da, se conquista. Día a día. Desde el nacimiento hasta el final de nuestra vida, siempre nos encontramos con situaciones en las que decidir significa entre otras cosas optar por soluciones más o menos autónomas, más o menos dependientes.

Por Luis García Campos. Extraido de Educación en familia. Recursos para mejorar nuestras competencias familiares

1 de junio de 2013

Cinco cosas importantes que debemos enseñar a los hijos

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Algunas veces he escuchado a algunos padres decir “he fracasado como padre”, y esto lo dicen padres de niños, de adolescentes, padres de jóvenes y, a veces, hasta padres de adultos. Ante esa afirmación siempre pregunto lo mismo: ¿por qué dices eso? La respuesta, curiosamente, suele incluir esta idea: “no he sabido inculcarle“.

Este sentimiento de fracaso, además de restar confianza a los padres, sirve a menudo para culpabilizar a los hijos. Y el coctel “falta de confianza” más “culpabilización” genera resacas de larga, muy larga duración.

La tarea de ser padres no es construir hijos sino ayudar a que los hijos se construyan a sí mismos. Desde esta perspectiva, realmente ¿fracasan los padres? La vida de nuestros hijos les pertenece a ellos, y los padres no podemos vivir la vida de nuestros hijos porque, si lo hiciéramos, quizás no se equivocaran, pero lo que es seguro es que los privaríamos de vivir su vida que, por cierto, es una forma de ser desgraciado/a.

El fracaso como padres, no reside en lo que nuestros hijos hacen, o dejan de hacer, ni en lo que los padres olvidamos que hemos hecho. En todo caso, reside en no dejar que nuestros hijos sean los dueños de sus aciertos y de sus errores.

Por otro lado, algunos padres vamos olvidando mientras nuestros hijos se van haciendo mayores las cosas que les hemos enseñado con tanto esfuerzo y con tanto cariño en su infancia y adolescencia. El olvido nos puede volver rígidos, incluso resentidos y el resentimiento conlleva el peligro de “perdernos” la vida que nuestros hijos adultos han decidido, libremente, vivir. Pero olvidar no es fracasar.

¿Y qué cosas son las que debemos enseñar a los hijos, y que los padres no debemos olvidar?

1) Les enseñamos a decir "te quiero". Querer es para toda la vida y se quiere a los hijos porque son nuestros hijos, y no por lo que hacen, ya que lo que hacen es parte de la vida de nuestros hijos: Su propia vida. Nuestros hijos no son nuestras ilusiones ni nuestras metas. Escuchar a adolescentes decir que se sienten mal porque no han sido capaces de satisfacer las expectativas que sus padres tenían depositados en ellos es algo habitual en estos días de búsqueda de nota media en la cercana Selectividad.

2) Les enseñamos el valor que tiene guiar. Los guiamos cuando son pequeños y, cuando son adultos, nuestra luz sigue ahí dispuesta a guiar. Los padres somos faros, no para evitar que nuestros hijos se pierdan, sino porque sabemos que es posible que se puedan perder y, en ese momento, es cuando más necesitan que nuestra luz brille. La luz dice dónde estamos los padres para que nuestros hijos siempre lo tengan en cuenta. No indica hacia dónde tienen que ir, porque el camino que escogimos los padres es sólo nuestro camino.

3) Les enseñamos que los aceptamos tal y como son. Nuestra imperfección nos ayuda a ser comprensivos con las imperfecciones de los que nos rodean. Les apoyamos y confiamos en su capacidad para tomar decisiones en función de su edad. Confiamos en que educamos para que nuestros hijos sean capaces de vivir su vida y tomar sus propias decisiones. Confiamos en su capacidad para afrontar los reveses que, sin duda alguna, les acarreará tomar determinadas decisiones.

4) Les enseñamos el valor del respeto, respetando sus ideas, sus creencias. Respetar no es sinónimo de compartir. Aceptamos y valoramos que nuestros hijos piensen, aunque sea de forma diferente a nosotros, o que tengan creencias y gustos diferentes a las nuestros. Las parejas de nuestros hijos, sus creencias, sus opciones políticas no deberían de ser nunca una frontera.

5) Les enseñamos la disponibilidad que los padres tenemos siempre para nuestros hijos, que siempre seremos menos rencorosos, siempre tendremos los brazos abiertos, que no nos cansaremos de dar pasos que nos acerquen a ellos, que aceptamos, por ser padres, que nos corresponde siempre la tarea de construir puentes.

La vida es fugaz, los hijos nos gastan las hojas del calendario a un ritmo vertiginoso. ¿De verdad crees que has fracasado como padre?, ¿no será que has olvidado todo lo que les has enseñado?

Por Carlos Pajuelo
La imagen es de Bruno Albarca

10 de mayo de 2013

La educación de los niños

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En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.

Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

Gustavo Martín Garzo. Publicado en  El País

8 de mayo de 2013

Ser padres o ¿ejercer de padres?

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Es habitual que en reuniones en las que padres y madres hablan sobre sus hijos alguien en algún momento lance esa especie de mantra: “Qué difícil es educar a los hijos”. Y a partir de ahí… que si “no tienen manual de instrucciones”, que si “nadie te enseña a ser padre”, que “cuando son chicos tienes que estar todo el día pendiente, y cuando son grandes los problemas crecen”, que “la sociedad cada día está peor”; también se escucha el consabido “antes era más fácil”, y la estrella es ” una buena bofetada a tiempo“. Otros que “si es que no puedo con él” para terminar con un esperanzado, pero pasivo, “a ver si pasa el tiempo y madura un poco…”.

No sé si estaréis de acuerdo conmigo en lo siguiente: existe una clara diferencia entre cuando “somos padres” de cuando “ejercemos como padres”

Ser padres consiste en esperar que, como eres el padre, los hijos son los que tienen que hacer el esfuerzo para ir aceptando todo aquello que les inculca en el ambiente familiar; en cambio, ejercer de padres supone aceptar el reto de que la educación de nuestros hijos requiere en muchos momentos de nuestra vida un esfuerzo constante, una brega, una lucha… en la que el protagonismo la tenemos los padres.

Personalmente creo que Educar consiste en mostrar a nuestros hijos cómo nuestras creencias, nuestras ideas, nuestros valores, nuestras maneras de sentir, nos llevan a comportarnos de la manera en que lo hacemos. Y lo hacemos con el deseo que esto les ayudará a aprender comportamientos para integrarse en el mundo en el que estamos viviendo.

Los padres cuando educamos somos, por tanto, guías y, además, queramos o no queramos, y en todo momento, también somos modelos, modelos a imitar o modelos a criticar.

Nuestros hijos necesitan guías claras de comportamiento, necesitan ser guidados y para ello es imprescindible establecer unas reglas y unos límites en sus comportamientos.

Igualmente necesitan tener claridad en lo que es tolerable y claridad en lo que no lo e,s y eso debemos proporcionárselo nosotros como padres y madres que ejercemos esa tarea. Esto no lo pone en duda nadie. Desde esta óptica, no es que educar sea difícil, lo difícil es que todos nuestros hijos acepten a rajatabla y a la primera, los modelos y las guías de conducta que configuran nuestro arsenal educativo.

Cuando los padres ponemos límites pueden pasar dos cosas:
  • Que los hijos, más o menos convencidos, los acepten y los cumplan. Con lo cual nosotros entonces creemos que esto de educar “funciona” y que, además, nuestros hijos son unos estupendos hijos.
  • Que los hijos los cuestionen, o directamente, los incumplan. Con lo cual nosotros creemos que esto de educar es difícil, y que hay que ver los hijos lo rebeldes que son, que carácter han heredado (por lo general de la parte contraria) , y que algo estamos haciendo mal.
Los padres, cuando ejercemos de padres, solemos estar más preocupados por los resultados que ocupados en mantenernos firmes, seguros, constantes y confiados en lo que como padres estamos haciendo.

Los padres, cuando ejercemos de padres, educamos, sabemos por qué hacemos lo que hacemos, y debemos de considerar como una consecuencia lógica, que algunos de nuestros hijos se resistan a seguir nuestras guías.

Educar no sólo es una mera propuesta de intenciones, es una manera de actuar, una manera de relacionarnos con nuestros hijos, de comunicarnos con ellos. Y en todos los procesos de interacción y comunicación surgen conflictos.

Y con los hijos se tienen conflictos, inevitables conflictos, numerosos conflictos, diversos conflictos. Los conflictos hay que entenderlos como algo natural, algo que forma parte de las relaciones con nuestros hijos. Y sobre todo, son una estupenda oportunidad de enseñar a nuestros hijos maneras eficaces de afrontarlos.

Nuestros hijos son y serán, en gran medida, lo que ellos decidan ser. Nosotros, como padres, con mucho amor, con normas y con límites, con confianza, y con mucha paciencia, les enseñamos todo aquello que creemos que les ayudará. Eso es ejercer de padre. Eso es lo que está en nuestras manos. Y eso es lo que tenemos que preguntarnos… ¿Soy padre? y ¿Ejerzo de padre?, ¿qué modelo de padre?.

Hay una preciosa poesía de Kavaffis, que se llama Ithaca, que bien puede ser una metáfora de lo que supone educar, un viaje, donde el objetivo no es llegar pronto a la meta sino disfrutar del camino.

Por Carlos Pajuelo. No os perdáis su blog, que no tiene desperdicio: Escuela de Padres

31 de marzo de 2013

Cómo los niños aprenden buenos modales

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Nuestro hijo Yonatan vino del teatro la Navidad pasada y nos relató algo que observó allí. En el camino del teatro al vestíbulo él se percató de que los padres enseñaban a los niños a pedir un caramelo a Papá Noel con un “por favor” y luego de obtenerlo decir “gracias”. Yonatan fue al vestíbulo y quedó perplejo. Él vio que los niños sí decían “por favor” y “gracias”, pero que sus padres iban y tomaban sus caramelos sin decir nada.

“Los padres de estos padres deben haberles enseñado a decir “por favor” y “gracias”, pero parece que ellos no lo aprendieron”, dijo. “¿Piensan que estos niños también van a parar de decir “gracias” cuando crezcan?”

¿Qué esperamos que un niño aprenda cuando le decimos: “Da las gracias a tu amigo?” La mayoría de los padres cree que el niño aprenderá a ser agradecido, y a expresar su sentimiento de gratitud. Pero, ¿aprenden los niños estas cosas al decirles que las hagan? ¿Cómo nos sentíamos de niños cuando nos hacían decir “gracias”? ¿Cuándo desarrollamos un sentimiento sincero de gratitud? ¿Es que el decir “gracias” antes de desarrollar el sentimiento correspondiente nos hizo ser agradecidos? O ¿es que desarrollamos posteriormente nuestro sentido de gratitud, sin relación a estas instrucciones? ¿Es posible que algunos de nosotros experimentemos resentimiento cuando debemos dar las gracias a alguien, compartir, o pedir perdón, porque de niños odiábamos hacer estas cosas?
Tal vez estemos lidiando con nuestra incapacidad de confiar. ¿Es posible que la gratitud sea un sentimiento que no pueda ser experimentado por un niño, o al menos no en la forma en la que los adultos la expresan? ¿Podría ser que cuando las necesidades de la infancia están completamente satisfechas, la gratitud se desarrolle en forma natural? Tal vez necesitemos permitir a los niños el observar la gratitud, generosidad y bondad, en lugar de tratar de enseñarles estos comportamientos.

Qué es lo que aprenden al ser instruidos

Si el instruir a un niño a decir “gracias” (y otras palabras y acciones de buena conducta) no les enseña a sentir y expresar la gratitud en forma auténtica -¿qué es lo que hace?

Algunas posibilidades:
1. El niño aprende que decir a otros lo que deben decir es “buena conducta”. El contenido de la “conversación” está prácticamente perdido ya que el niño está principalmente consciente del hecho de que alguien le está diciendo qué hacer.
2. Un mensaje menos obvio es este: “Yo no puedo confiar en mí mismo para darme cuenta qué es lo que debo decir o hacer; debo depender de la autoridad de los adultos y obedecer las instrucciones” (dependencia, convertirse en un seguidor sin criterio).
3. Relacionado con el punto anterior consta: “Yo no puedo saber por mí mismo lo que debo decir o hacer, por lo tanto no soy suficientemente bueno” (baja auto estima y sentirse insuficiente e incapaz).
4. Un sentimiento similar de insuficiencia puede surgir de la duda: “¿por qué no siento ganas de decir gracias?” Algo debe andar mal conmigo”.
5. El niño aprende as ser falso e inclusive a sencillamente mentir: “Yo en realidad no siento ganas de decir nada (compartir, ayudar...), Creo que lo que debo hacer es mentir, fingir, o montar un show que no refleje mi experiencia interior real.
6. El niño aprende a odiar compartir o decir “por favor” y “gracias”, a la vez que sus memorias sobre hacer esto son de resentimiento, de ser controlado y ser irreal. Al hacer algo que no quiere hacer, está aprendiendo a odiar la expresión de agradecimiento (compartir, ayudar, etc.) y el desarrollo auténtico y natural de sus buenos modales puede ser retrasado.

Nuestras expectativas

Un aspecto de los buenos modales que nos apresuramos a enseñar es el responder a la pregunta (irrespetuosa) de un adulto sobre su nombre y edad: “Dile a la señora la edad que tienes, Johnny”, es una instrucción que damos cuando nos sentimos avergonzados por la falta de respuesta de nuestro niño. Uno de mis tres hijos nunca respondió a la indagación de los adultos hasta bien entrados sus 7 años. En cada interacción de este tipo yo estaba de su lado, defendiendo su necesidad. Yo le decía a la persona que preguntaba: “Parece que él no quiere hablar con usted” y sonreía diciendo “Yo puedo hablar con usted, si lo desea”. En los años posteriores llegué a saber, preguntando a Lennon, que él se interesó por compartir información acerca de sí mismo, pero quería que yo hablara por él. Entonces empecé a manejar estas situaciones en forma diferente. Regresaba a ver a Lennon y le preguntaba: “¿Quieres que le cuente a Earl sobre ti?” Algunas veces él quería, otras veces no, y yo simplemente respetaba sus instrucciones. Lennon ahora se siente suficientemente cómodo y confiado como para responder sus preguntas a la mayoría de la gente, o –aún más raro ahora- para decir que él no quiere responder. Sus elecciones están claramente relacionadas con la autenticidad de las personas. Él es alérgico a la charla hipócrita.

Como madre he descubierto que los modales de mi hijo no tienen que ver con migo impresionando a nadie. Mi hijo merece que todo mi respeto esté en estado de alerta, confianza y pendiente de su propia adquisición de modales. No es fácil sentirse cómodo cuando nuestro hijo no calza en las expectativas de la sociedad – pero saber que etsas expectativas no calzan en el niño, me ayuda a recordar por el beneficio de quién es que estoy velando. Tal vez todavía somos dependientes de la aprobación de los otros como lo éramos en nuestra niñez, cuando se nos hacía decir “gracias”, y lo hacíamos solo para complacer a nuestros padres. Necesitamos construir nuestra propia auto estima para dejar de depender de la aprobación de los modales de nuestros niños, como forma de realzar nuestros sentimientos de auto valoración.
El dar una buena impresión a los amigos, familiares y extraños se vuelve claramente secundario al lado del bienestar de mi hijo. Sin embargo, puedo todavía impresionar a estos amigos y familiares. Con lo que los voy a impresionar, no es con el cumplimento de sus estándares de conducta infantil. Por el contrario, yo les demostraré mi respeto por mi hijo, y mi fuerza para seguir mi propio corazón y las necesidades de mi niño.

Entonces, ¿cómo aprenderán buenos modales?

Entonces, ¿cómo va a aprender un niño a comportarse socialmente? ¿Podemos confiar en que el niño desarrollará y madurará a su propio tiempo, en la misma manera en que confiamos en que él aprendería a caminar y a hablar? ¿Por qué tenemos tanto apuro de tener niños que se comporten como adultos antes de que sean adultos?

Los niños, cuando son tratados con amor y respeto, aprenderán buenos modales por sí mismos, simplemente porque ellos quieren vivir felices en la sociedad. Podemos asegurar este desarrollo con los siguientes tres enfoques:

1. Para enseñar a un niño a ser agradecido, exprésele su gratitud por la contribución que él hace a su vida:”Tengo tanta alegría de pasar esta tarde contigo”. Es la manera en que usted trata a su hijo lo que le enseña cómo comportarse. Decirle a un niño qué decir no es respetuoso. No es la clase de modales que usted quiere que él aprenda. Agradecerle por su ayuda y ser amable y generoso hacia el niño están realmente en el corazón de sus herramientas de enseñanza.
2. Podemos darles ejemplos de nuestras interacciones con otros, expresando gratitud, compartiendo generosamente, y tratando amablemente a los demás. Nuestros niños van a asimilar lo que ellos miren, escuchen y experimenten al rededor de ellos.
3. Para que su hijo aprenda buenos modales de buena gana, y disfrute de comportarse con buenas maneras, él necesita ver que usted también disfruta a través de estas expresiones. Él necesita ver que usted es real, auténtico y totalmente presente cuando expresa gratitud y trata a las personas con amabilidad.
4. Podemos darles muchas oportunidades de expresar sentimientos dolorosos. Los niños, como los adultos, pueden experimentar la amabilidad y la entrega de sentimientos cuando no están preocupados con experiencias molestas. Cuando un niño me dice “odio a mi hermana”, yo valido sus sentimientos y acepto su explosión emocional-solo así él puede sentirse libre para amar a su hermana. Si los sentimientos de enojo son ignorados, los sentimientos de amor y amabilidad se duermen con ellos. Estos vienen en un solo paquete.

Me parece que el agradecimiento es una gran herramienta para tener una conciencia positiva, y que es el corazón de los buenos modales. Podemos demostrarlo durante todo el día. Yo digo frecuentemente cosas como: estoy muy feliz de tener esta maravillosa casa. Me encanta esta comunidad. Somos tan afortunados de vivir aquí. Estoy tan agradecida de que Bach naciera antes que yo porque así puedo disfrutar de su increíble música. Estoy asombrada y agradecida de estar viva...tener ojos, orejas...y así por el estilo. Ser agradecido, sensitivo y amable no es una clase-si no una demostración.

Los niños se convierten en lo que absorben de su alrededor. Sea lo que quiere que ellos sean, y trátelos de la misma manera en que quiere que ellos aprendan a ser con otros.

Tal vez lo que necesitamos es desarrollar nuestros propios modales de respeto hacia nuestros hijos. No es fácil de hacer, pero es muy simple de entender: Los niños desarrollan comportamientos de adulto cuando llegan a ser adultos.

Por Naomi Aldort. Extraído de la web de Familia libre

21 de febrero de 2013

Hablar sin gritar


¿Has notado que hay familias que se comunican a gritos? Los gritos son algo constante durante el día. Los padres gritan a sus hijos en la casa, en la tienda, en el parque, en el auto.

Me he dado cuenta que hay papás que creen que es la única manera “no violenta” de criar a sus hijos porque no les pegan. Los gritos no son respetuosos, también son una forma de violencia; no hay violencia física pero si emocional.

Tal parece que hay padres que entienden el dicho “Se atrapan más moscas con miel que con hiel”. Criar a los hijos sin gritar es positivo, respetuoso y efectivo.

Aquí hay algunos trucos que estoy segura te serán útiles.

Habla con tu hijo. No olvides que tu hijo es una persona. Hay quienes les hablan a los niños en lugar de hablar CON ellos, no sé si me explico. En lugar de simplemente dar órdenes y tener un monólogo comunícate con tu hijo. Escúchalo, presta atención a lo que te dice.
Los niños aprenden a comunicarse como lo hacen sus padres. Si tú gritas no te extrañe que tu hijo te conteste de la misma manera. Cuando hay buena comunicación la relación con tu hijo se fortalece.

Mantén la calma. Ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo en especial en un día pesado. A menudo comento que ser mamá me ha permitido ser una mejor persona, para mí ha sido una oportunidad para mejorar aquello que no me gusta de mí y de aprender a manejar mis emociones.
Las presiones del trabajo y todas las responsabilidades de la vida diaria puede hacer que perdamos la calma rápidamente y terminemos gritando por cualquier cosa. Cuando controlas tu temperamento tu hijo también aprenderá a controlar el suyo.

Date tiempo para estar con tu hijo. Demuéstrale tu amor, abrázalo, bésalo, dile que lo amas. Dedica diariamente una parte de tu día para hablar con él, para preguntarle cómo le fue, qué hizo, a qué jugó.
Es una buena forma de abrir la comunicación y de crear confianza entre ustedes de tal manera que cuando tu hijo esté molesto o preocupado se sienta seguro de poder hablar contigo.
Hablar con tu hijo en los momentos tranquilos, de una forma apacible y amable le enseñará a comunicarse sin gritar.

Enseña con el ejemplo. Si quieres que tu hijo hable contigo sin gritar, que te diga lo que está sintiendo, lo que le gusta y lo que le molesta, tienes que hacerlo tú primero. Recuerda que se enseña más con lo que hacemos que con lo que decimos. Es una incoherencia pedirle a tu hijo que haga justo lo contrario que está viendo en tí.
Si tú le gritas a tu hijo le estás dando el mensaje de que esa es la forma correcta de comportarse. Los niños imitan el comportamiento de nosotros, sus padres. Nosotros somos sus modelos. Si quieres que tu hijo sea respetuoso al comunicarse contigo - y con los demás – muéstrale cómo se hace.

Extraído de Escuela de padres primerizos

17 de febrero de 2013

Tener el control. Lo posible y lo imposible de ser padres y 2

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Antes de leer esta entrada te recomendamos que leas la anterior:
Tener el control 1.

LA META DE SER UN APRENDIZ

Yo creo que nosotros como padres podemos fijarnos metas razonables:
  • Disfrutar a nuestros hijos
  • Aprender algo nuevo cada día
  • Considerarnos aprendices a nosotros mismos y a nuestro hijo
Decidir ser aprendices puede quitarnos mucha presión interna y también a nuestros hijos. Los aprendices tienen permiso para cometer muchos errores, los aprendices piden ayuda, los aprendices a menudo no saben qué hacer o cómo funcionan las cosas. Lo mejor de todo es que los aprendices se ríen (o lloran) cuando su proyecto se da la vuelta y fracasa estrepitosamente ante de todo mundo. Es comprensible. Así es esto del aprendizaje.

Si estamos aprendiendo, entonces sabemos que podemos hacernos cargo de algunas cosas y resolver el resto de una manera confusa y por casualidad. Como padres, pueden sernos de enorme utilidad algunas estrategias del tipo “estoy aprendiendo, no controlando”.
  • Reconoce activamente lo que es divertido, lo que está bien, lo que funciona correctamente. Nuestras mentes se quedan tan aturulladas en las metas que tenemos a la mano que perdemos de vista quién nos gusta, quién va bien y las pequeñas cosas que vamos aprendiendo. Puede ser útil poner una pequeña lista en la nevera o en el espejo del baño, donde todo el mundo pueda ver unas pocas palabras acerca de lo que estuvo bien en ese día. Algunas familias comienzan la cena con una pequeña ronda de ¿qué es lo que estuvo bien este día? para que lo niños puedan participar, y tengan la oportunidad de contar su experiencia y de ser escuchados por toda la familia.
  • Da la bienvenida a los sentimientos de tu hijo. Los sentimientos ocupan una gran parte de la vida de los niños, y expresando estos sentimientos es como los niños se recuperan de las experiencias duras, pequeñas y grandes, que les suceden. El llanto, los berrinches y la risa, son profundamente curativos para los niños. Expresar esas emociones en toda su dimensión le quita a los niños la sensación de que sus vidas no son lo suficientemente buenas. Cuando terminan, se reconectan con su sentido de amar y ser amados. Puede ayudarles el que te acerques y los escuches a través de sus angustias, pero si no puedes hacerlo, contempla la posibilidad de no criticarlos, avergonzarlos o culparles mientras te muestran sus sentimientos de tristeza o enojo.
  • Encuentra a alguien que escuche tus propios sentimientos. Nosotros como padres y madres tenemos también muchos sentimientos y hemos sido entrenados para tragárnoslos, como si no existieran. De hecho, tragarse los sentimientos, es equiparado ¡con “mantener bajo control” nuestras vidas! El problema es que no podemos tragarnos los sentimientos para siempre. Nuestras preocupaciones, frustraciones, enojos se incrementan, requerimos cada vez de un mayor esfuerzo para tragárnoslos, y finalmente, explotan cuando la más insignificante cuestión está mal. Con frecuencia explotamos contra nuestros hijos y siempre nos arrepentimos después. Encontrar a otro padre y hablar con él por teléfono o después de que se duerman los niños, puede ayudar a aliviar la carga que crean nuestros sentimientos. Una buena risa, un buen llanto, un buen desvarío acerca de la enorme cantidad de expectativas que estamos tratando de satisfacer, puede hacer mucho para aligerar nuestros pasos y ayudarnos a recordar que somos buenos, sin importar cuántos errores hayamos cometido o cuantas respuestas no conozcamos en ese momento.
  • Reconoce aquello que no sepas cómo hacer y habla con otros acerca de ello. En la vida de cada padre probablemente suceden 50 cosas al día ¡que no entiende! ¿Por qué no accede el niño a cepillarse los dientes voluntariamente? ¿porqué se asusta de la oscuridad? ¿Porque los pre-adolescentes piensan que tú eres la persona mas aburrida que hayan conocido?. Estar abiertos a aquello que no sabemos es una excelente estrategia de aprendizaje. Nos torna en buscadores activos de información y entendimiento. Y también está bien el abrirnos a nuestros hijos cuando no sepamos qué hacer. “No sé que hacer contigo cuando te niegas a ayudar en las tareas de la casa. Estoy pensando en cómo hacerlo. ¿Podríamos hablar de esto mañana, después de que yo haya hablado con varias personas a ver si me dan unas buenas ideas?”. Ésta es una buena manera de abordar un problema con un niño.
  • Organiza la ayuda. Estamos entrenados a pensar que pedir ayuda es admitir debilidad. Sin embargo existen muchas clases de trabajo que no han sido diseñadas para que las realice una persona sola. Construir tabiques, dirigir un supermercado, cuidados intensivos durante la lactancia y criar niños son la clase de trabajos que sólo puede hacerse bien con varias personas organizadas para trabajar bajo un propósito común. Cuando damos a luz a nuestros hijos, la mayoría de nosotros no tiene idea de que organizar la ayuda era parte de la descripción de funciones del trabajo de padres. Aprendemos esto generalmente, al quedar exhaustos tratando de hacer todo nosotros mismos y sintiéndonos fatal cuando tenemos que “rebajarnos” a pedir ayuda. Pero cualquier padre con experiencia puede reconfortarte diciéndote que todos los padres necesitan un tiempo sin sus hijos, todos los padres necesitan que otros cuiden a sus hijos, todos los padres necesitan personas que piensen y con quienes puedan hablar acerca de los detalles de la vida con los niños. ¡Todos los padres necesitan ayuda!
  • Tira las expectativas por la borda. Cuando estás haciendo un esfuerzo por apreciarte a ti mismo o a alguien más. Tira las expectativas por la borda. Deja que la casa sea un desastre por un par de semanas, meses o años, o no te preocupes por servir comidas calientes, o deja que los parientes gruñan porque decidiste no ir a verlos este mes, o duerme en tu hora de comida, aunque la gente en el trabajo hable de ti. Tú has de decidir lo que es realmente necesario y lo que no y tratar de mantener las apariencias cuando se es padre es aniquilar la alegría. Tienes permiso para dejar que las cosas sean imperfectas, y aun así, estar orgulloso de ti mismo, tu familia y tus decisiones.
  • Organiza juegos que incluyan la risa. A los niños les encanta reír, y cuando estamos dispuestos a jugar con ellos para que rían (¡sin hacerles cosquillas!) se llenan de ánimos y de esperanza. Es contagioso. Los vemos menearse con deleite, viniendo hacia nosotros por diversión y mucho contacto, y no podemos evitar el estar encantados. Nuestra taza vacía de esperanza comienza a llenarse de nuevo. Tenemos mucho que aprender de los niños acerca de cómo una buena vida incluye tiempo para jugar, peleas de broma, persecuciones, atrapadas, en donde los adultos puedan “perder”, pero todos recuperen el sentido de que es bueno estar vivo.
  • Cuando estés al borde de la ofuscación, acuéstate en el suelo por un rato. Cuando estamos agotados, las cosas que hacemos generalmente no tienen mucho éxito. Nuestras tensiones y las de nuestros hijos forman un nudo que se va enredando y se aprieta cada vez más. En momentos como ése, "rendirnos” por diez o quince minutos y tirarnos en el suelo nos proporcionará un contraste suficiente con la situación anterior, para que nosotros y nuestros niños podamos volver a empezar con frescura. A veces podemos darnos permiso de llorar, lo cual ayuda a aligerar la tensión. A veces, nuestros niños vienen hacia nosotros y deciden que quieren estar cerca. Se nos sientan en la barriga, o se arrastran debajo de nuestras piernas o empiezan a brincar alrededor de nosotros para divertirse. Habiendo abandonado el esfuerzo de tenerlo todo bajo control, podemos comenzar a poner atención sobre cómo son las cosas, en vez de la manera en como quisiéramos que fueran. Sin el esfuerzo de tenerlo todo bajo control, a menudo es más factible tomar decisiones que funcionen y que nos vuelvan a gustar de nuevo los niños que tenemos.
Tomado de "Being “In Control” – The Possible and Impossible in Parenting", de Patty Wipfler

9 de febrero de 2013

Tener el control. Lo posible y lo imposible de ser padres (1)

Se espera que los padres tengan el control de sus vidas, de sus niños y de ellos mismos. ¡Gran parte de estas expectativas son imposibles de satisfacer! Pero porque no hay manera de aprender las habilidades de padres y las verdades por anticipado, nosotros como padres batallamos y nos preocupamos cuando parece que no tenemos el control, o cuando controlar significa ser duros con nuestros hijos. Vamos primero a delinear las cosas que ningún padre puede controlar por completo.

  • No tenemos el control absoluto de nuestras vidas. Pueden ocurrirnos cosas duras a nosotros o a nuestros hijos, y las opresiones de la sociedad pueden forzarnos a circunstancias inhumanas. Hay cosas que podemos hacer para mantener sanas a nuestras familias, pero no tenemos el control absoluto sobre eso. Hay cosas que podemos hacer para poder pagar las cuentas, pero la seguridad laboral y económica no es algo que podamos determinar nosotros mismos como clase trabajadora. Trabajamos para construir buenas relaciones, pero muchos de nosotros no contamos con las herramientas, apoyo, información o tiempo para resolver los problemas críticos de las relaciones. Nos alzamos también contra el racismo, las drogas, la violencia y la crueldad en las escuelas y las calles. Pero nosotros mismos y nuestros hijos somos vulnerables a lastimaduras y dificultades imprevistas. Condenarnos por la falta de control no tiene sentido. La influencia que podemos lograr cuando enfrentamos estas condiciones de opresión o de tiempos difíciles en la salud reside en nuestra habilidad de organizarnos con los otros para hacer lo que sea necesario, CON MUCHÍSIMA AYUDA.
  • No tenemos control sobre el comportamiento de nuestros hijos. Tenemos una profunda influencia sobre ellos. El cómo amamos, achuchamos y tratamos a nuestros hijos, los afecta en cada momento, y por el resto de sus vidas. Pero nuestra influencia no implica que podamos ejercer control sobre lo que piensan y sienten. Ni tampoco quiere decir que un niño cuyo comportamiento es difícil venga de un padre que no este intentando lo suficiente, o que no esté haciendo las cosas correctamente. Nuestros hijos están sujetos a dificultades a causa de circunstancias más allá de nuestro control – su salud, accidentes, encuentros inesperados con personas que no los cuidan bien, una gran cantidad de estrés en nosotros, incidentes imprevistos atemorizantes. Cuando los niños son lastimados por este tipo de circunstancias, su comportamiento refleja sus miedos y puede percibirse como “difícil”. ¡Pero esto no es culpa de los padres!. Es más, este comportamiento “descarriado” es necesariamente una señal que el niño nos da de que ha sido herido y necesita de nuestra atención. Independientemente de lo “difícil” que pueda ser su comportamiento, nosotros como padres, podremos estar agradecidos que nuestro niño no quiera sufrir en silencio cuando se siente demasiado aislado, asustado, o enojado para pensar.
  • En lo inmediato, a veces no tenemos control sobre nuestro propio comportamiento. Uno de los grandes shocks al ser padres es encontrarnos gritando o lastimando a nuestro adorado hijo, cuando nunca tuvimos la intención de hacerlo. Hay cosas que ellos hacen que nos sacan de nuestras casillas (gimotear, pelear entre sí, decir palabrotas, hablar mal de nosotros cuando estamos tratando controlar la situación). Cada uno de nosotros tiene sus propios umbrales de resistencia que, cuando son rebasados, nos hacen perder el poder sobre nuestro propio comportamiento. Normalmente, nos convertimos en algo parecido a nuestros padres cuando perdían el control de sus reacciones.
  • Finalmente, no tenemos absoluto control acerca de lo que otras personas sienten acerca de nosotros o nuestros hijos. Nosotros los padres, tratamos mucho de que nuestros hijos cumplan con un estándar no escrito de “avenencia” con los otros, esperando que si ellos “ actúan correctamente”, van a gustarle a la gente. De hecho, vivimos en una sociedad en donde a los que ya crecieron, se les enseña a ver a los niños como “problemas”, “dificultades”, “trabajo extra”, “estorbos” y más. Este entrenamiento está bastante extendido, y no importa cómo se comporte el niño, esas actitudes permanecen bajo la superficie en muchas personas. Nosotros como padres necesitamos decidir, por el bien de nuestros niños, no atacarlos para complacer a los adultos que solo aceptan a los niños si actúan como adultos. Ni el mejor comportamiento de un niño puede curar esta clase de actitud hostil. Así que si tu hijo está teniendo una saludable rabieta delante de un familiar que explícitamente te demanda que lo sometas, puedes simplemente retirarte a otra habitación para manejar la situación, tomándote el tiempo que necesites. Ser severo con tu hijo a causa de la demanda de alguien más, no te ayudará a respetarte a ti mismo, no cambiará los prejuicios de los adultos en contra de tu hijo, y te pone en contra del niño a quien tú amas tiernamente.
Tomado de "Being “In Control” – The Possible and Impossible in Parenting", By Patty Wipfler

28 de diciembre de 2012

Decir “NO”: una herramienta esencial en la educación infantil

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La tarea educativa de los padres hacia sus hijos es compleja, larga y ancha como la infancia, y aún más allá. Abarca muchos temas y muy variados. Y en cada etapa hay retos nuevos y diferentes que afrontar:
  • Enseñar lo que es saludable y lo peligroso.
  • Mostrar lo que debe hacerse y lo que no es apropiado.
  • Qué y cómo comer.
  • La higiene, la seguridad, el deber, la responsabilidad, el respeto a los otros …
Durante los tres primeros años, no sirve de mucho dar explicaciones. Aunque se pueden dar, han de ser frases sencillas y claras. En esa etapa, los padres dicen a menudo la palabra NO ¿Es útil, necesaria o apropiada?

Es necesaria para establecer los límites entre lo permitido y lo que no puede o debe hacerse. Así, un bebé que comienza a desplazarse debe ser frenado en seco con un ¡NO! (alto y claro) si se dirige a la escalera o al borde de una piscina o quiere tocar la puerta del horno. Es decir, si está en peligro. De forma que el NO es una herramienta fundamental para la SEGURIDAD.

Pero la palabra NO puede “desgastarse” si se utiliza en exceso.

Cuando parece que todo está prohibido y se encuentra en el comienzo de todas las frases. “No hagas eso, no te subas ahí, no toques aquello….” El niño se hace insensible o sordo a la palabra NO, pues, por lo general, es imposible evitar que haga tantas cosas; muchas de ellas, quizá, no tengan importancia.

Cuando se intenta cambiar muchas cosas a la vez. Es imposible lograr demasiadas metas al mismo tiempo. Es como lanzar varios dardos juntos hacia la diana: casi ninguno dará en el blanco. Es mejor coger uno cada vez y apuntar bien. Y, en cada etapa de la infancia, debe haber unos objetivos. Es mejor que el NO se reserve para asuntos verdaderamente serios: las agresiones o los que suponen riesgo para el propio menor.

El NO también puede ser “desactivado” y tampoco funciona cuando no se acompaña de un límite real. Por ejemplo, si un crío está saltando en el sofá y continúa haciéndolo después de decir dos veces que se detenga. No hay que gastar más munición. Basta con cogerlo en brazos, bajarlo del sofá y alejarlo un poco o dejarlo junto a sus juguetes mientras se repite el mensaje por tercera vez. Alto y claro: “no se salta en el sofá”. No hay que esperar a la “enésima vez”, que es cuando se da un alarido y se suelta un sermón (que tampoco servirá de mucho a esta edad).
Cuando es una incongruencia, por ejemplo, si se da un cachete al tiempo que se dice “no se pega”.

Otra situación en que el NO deja de funcionar es cuando, involuntariamente, se sonríe al decirlo. Esto ocurre a menudo. Y es que esos “locos bajitos” tienen su gracia y sus trucos, como poner unas caritas irresistibles cuando van a tocar lo que acabamos de prohibirles. Depende del riesgo, claro. Y lo mejor es, una vez más, alejarlos del lugar y la tentación y distraerlos de la idea de tocar los botones de la tele (o lo que quiera que sea).

Y, si el tema es importante, pues entraña riesgo, aguantar el tipo y no reírse bajo ningún concepto.

A medida que crecen los hijos, los retos serán otros y los padres deben adaptarse. Cambiar de estrategia.

A veces se confunde firmeza con autoritarismo. No educan mejor los padres que imponen una larga lista de prohibiciones a sus hijos. Conviene recordar que, si son excesivas, probablemente sean imposibles de mantener.

No se trata de “imponer” nuestro criterio, ni unas normas rígidas. Algunas reglas deben ir cambiando con la edad de los hijos (horarios, tareas, responsabilidades…). Solo las que tienen que ver con la seguridad del menor y con el respeto hacia los demás deben ser bien firmes.

Por otra parte, la progresiva madurez del hijo o la hija exige desarrollar más habilidades de negociación. Y es mejor darse un tiempo para planificar la mejor estrategia para resolver con ellos cada una de las situaciones. Un NO apresurado suele lamentarse. Aunque es la salida más rápida ante una petición cuando los padres están ocupados haciendo algo. Es mejor respuesta decir “espera a que termine esto y hablamos de ello” o bien “lo tengo que pensar”. Con la cabeza fría se podrá analizar la cuestión, comprender los deseos del hijo, analizar todos los aspectos y negociar los permisos o limitaciones.

Porque lo que más cuesta es mantenerse firmes. Y cuando se dice NO, pero luego no se evita lo prohibido, no se mantiene la norma o no hay consecuencias por saltársela, llega el fracaso educativo, el caos, la inseguridad, las discusiones…

Recuerden:

La palabra NO sirve para poner límites. Es una valla de seguridad para proteger al niño de los peligros.

La autoridad materna o paterna debe apoyarse en unas pocas normas, pero han de ser firmes y congruentes.

El NO debe significar “NO se puede hacer eso”. Pero debe haber pocas cosas realmente prohibidas.

De nada sirve decir muchas veces NO si no se acompaña de un límite real.

Un NO junto a una sonrisa equivale a un SÍ.

Antes de responder un NO impulsivo ante una petición, conviene analizarla. Es mejor respuesta “lo tengo que pensar” o “ahora hablamos, en cuanto termine esto”.

Ana Martínez Rubio. Pediatra de Atención primaria

14 de noviembre de 2012

El bebé de 6 a 12 meses: cólera y frustración

frustración http://criandomultiples.blogspot.com.es

Una vez que el bebé puede ir a lugares diferentes y hacer cosas a su voluntad, le resulta cada vez más frustrante que los adultos se LO impidan. Para cuando cumpla su primer año, esa clase de frustración puede ser la causa más común del llanto.

El bebé que gatea y explora debe ser controlado constantemente, por su propia seguridad y la de los objetos. Apartarlo ocho veces en diez minutos de la puerta de la nevera quizá la vuelva loca, pero a él también lo desespera. Lo que quiere es abrir esa puerta, y aún le faltan muchos meses para comprender por qué no debe hacerlo o incluso para recordar que usted no se lo permitirá. Cuanto mayor se haga y más cosas descubra, más deseará explorar y hacer, y más se enfadará cuando se le impida hacerlas, ya sea por parte de usted o como consecuencia de su propia incompetencia.

Debe detener al bebé e impedir que haga cosas que no son seguras o que pueden ser destructivas. Y él tiene que tratar de realizar tareas enloquecedoramente difíciles para aprender. Así que es inevitable que se produzca algún que otro llanto de cólera y frustración. Pero un bebé que se siente obstaculizado en sus acciones por los adultos que lo limitan, o que sale continuamente derrotado por su propia inmadurez, no adelantará mucho en su desarrollo. Tiene que encontrar un cierto equilibrio entre demasiada frustración y muy poca.

Si usted o su cuidadora tienen que frustrar al bebé porque lo que desea hacer es peligroso o le puede causar daño, utilice la gran facilidad con la que se le puede distraer. No hay necesidad de entablar una larga pelea con él por la puerta de la nevera. Sáquelo inmediatamente de la cocina y, tras una breve explosión de cólera, él se olvidará del asunto... por el momento. Esa noche, ponga en la puerta un seguro a prueba de niños y cuando a él se le ocurra volver a abrirla al día siguiente, sólo se sentirá momentáneamente furioso al comprobar que no puede. Una vez que sepa que no puede hacerlo, dejará de intentarlo y dedicará su atención a otra cosa.

Cuando el bebé se frustre a sí mismo, le cabe a usted juzgar si puede aprender algo de la situación en que se ha metido, o si es mejor dejar que se desfogue con una llantina de furia frustrada. Si hace esfuerzos por abrir la tapa de la caja de juguetes y hay una buena posibilidad de que lo consiga, déjelo hacer. El éxito hará que haya valido la pena el esfuerzo. Pero si se da cuenta de que no lo conseguirá por sí solo, ayúdelo pronto antes que tarde. N o ofenderá su dignidad al interferir. Para él todavía no es importante arreglárselas por sí solo. Lo único que quiere es abrir esa tapa, sin importarle cómo.

Algunos bebés parecen tener mayor tolerancia que otros a la frustración; un revés que hace aullar a uno, sólo provoca una sonrisa en otro. Los padres no pueden hacer gran cosa respecto a estas diferencias innatas, por lo que no vale la pena preocuparse por ellas. Por otro lado, no llegue tampoco a la conclusión de que como son parcialmente innatas, hará mejor en resignarse a ellas para siempre. Es un error tan grande considerar el temperamento del bebé como innato en este segundo semestre como lo fue en el primero. Puede desarrollar una paciencia y tenacidad excepcionales, aun cuando ahora se sienta fácilmente frustrado. Por otro lado, ser plácido ahora no garantiza que no afronte la vida con energía después. Al sintonizar semana a semana con las actitudes del bebé y manejarlas del modo que sugieren las pistas que transmite, estará usted haciendo las cosas lo mejor posible.
Pero aunque algunos bebés lloran más fácilmente que otros y es inevitable que se produzcan esas llantinas, la cantidad general de llanto del bebé constituye una especie de índice de lo satisfecho que se siente con la vida. Si para él nada parece salir nunca bien durante más de cinco minutos seguidos, vale la pena sentarse y pensar qué es lo que le altera con mayor frecuencia. Aparte del dolor, la enfermedad, el cansancio, el hambre o la sed, su llanto es más probablemente una reacción ante la sensación de soledad, separación o temor, una señal para que usted haga algo en su nombre, o una explosión de frustración y cólera. Si logra descubrir cuál es la emoción que causa la mayoría de los llantos del bebé, quizá pueda ofrecerle lo que más necesita, ya se trate de una sensación de seguridad extra, de una respuesta más rápida o de una mayor libertad que lo transforme en un bebé más feliz y por tanto de trato más fácil.

Penélope Leach

31 de octubre de 2012

Temperamento, caracter y personalidad

Se ha preguntado ¿Cómo se va formando la personalidad de nuestros hijos? ¿Los padres podemos influir para moldear su carácter? ¿Qué hace que nuestros hijos tengan diferente temperamento?





Sabemos por experiencia, que no existe en el mundo dos personas iguales, nuestra personalidad, temperamento y carácter difieren de una a otra persona, incluso, en el caso de hermanos que forman parte de una misma familia, que han compartido el mismo techo y han sido criados bajo los mismos parámetros y valores son radicalmente diferentes.  Se ha preguntado por qué.


Estos tres términos, temperamento, carácter y personalidad son confundidos constantemente como si fueran sinónimos, sin embargo el significado es diferente. El temperamento, está vinculado estrechamente a lo biológico, es decir a la carga genética heredada por nuestros padres y condicionará de cierto modo, la forma cómo reaccionamos al ambiente.   El carácter, por otro lado, es el conjunto de hábitos de comportamiento que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra vida, condicionados por el aprendizaje.  La combinación e intensidad de estos dos elementos forman nuestra personalidad, de allí que cada persona sea única e irrepetible.

Sin embargo, a pesar de la importancia que se le da a la carga genética en el comportamiento, el tipo de relaciones que un niño establezca en su entorno, será crucial en el desarrollo de su personalidad.  Esto quiere decir que su comportamiento está condicionado por el ambiente y que este pueda satisfacer sus necesidades primarias de pertenencia y seguridad.

En decir, los factores genéticos son importantes, pero no determinantes. Si bien, a pesar de los avances de la ciencia, hasta la fecha no podemos “elegir” el tipo de temperamento que quisiéramos que tenga nuestro hijo, sin embargo, sí podemos influir en su carácter ¿Cómo? pues realizando cambios en nosotros mismos y creando un ambiente saludable para que nuestro hijo pueda desarrollar al máximo sus potencialidades y pueda desarrollar una personalidad sana y estable.

Para ello, la clave está en el tipo de crianza que le brinde a su hijo, basada en el respeto mutuo, en la igualdad de trato y desarrollando un sentido de pertenencia e importancia, para lograrlo le recomendamos:
  • Evita etiquetarlos. La conducta no define la personalidad de tu hijo, por lo tanto NO ES “desobediente”, “desordenado” “angelito” etc.
  • Establece una relación cordial con sus hijos, donde puedan experimentar emociones positivas de manera mutua.
  • Trata tus hijos con dignidad y respeto. Sólo así se sentirán y se comportarán mejor.
  • Escúchalos. Tus hijos aprenderán cómo escuchar con empatía, poniéndose en los zapatos del otro, si es que le brindas el modelo adecuado para saber cómo hacerlo.
  • En vez de dar órdenes, haz preguntas que inviten a la reflexión ¿Qué piensas respecto a? ¿Cómo vas a solucionarlo? Etc.
  • Dale opciones limitadas, esto les dará la sensación de que no tienen que obedecer todo a rajatabla y están más dispuestos a colaborar.
  • Si quieres que tu hijo tenga una personalidad controlada, practica tu misma el autocontrol.
  • Involucra a tus hijos en las soluciones. Esto les dará ese ansiado sentido de pertenencia y los motivará a asumir sus responsabilidades.
  • Enséñales a expresar sus emociones de una manera asertiva sin perjudicar a los demás.
  • No te olvides darles el mensaje de amor a tus hijos. El algunas ocasiones, estamos tan metidos en nuestros problemas que nos olvidamos de recordarles a nuestros hijos cuánto los amamos.
  • Anímalos en lugar de darles recompensas, premio o elogios desmedidos. Animarlos los lleva a la autoconfianza, mientras que los elogios y recompensas los hace dependientes y adictos a la aprobación.
  • Abrázalos
  • Dedícales cantidad de tiempo y tiempo de calidad.
  • Por último, comprende el verdadero significado de la crianza y la disciplina. La disciplina no es sinónimo de castigo, la disciplina es educar, por lo tanto, evita castigar, pensado antes en sus consecuencias a largo plazo: resentimiento, revancha, revendía y retraimiento. Es eso lo que quieres?
En conclusión, las bases adecuadas para el desarrollo de una  personalidad  sana y porque no feliz, no solo depende de la carga genética con la que viene el ser humano, sino también de las personas que lo rodean, la calidad de interacciones y relaciones afectivas que éste establezca en los diferentes contextos donde interactúa, y en el caso de los niños específicamente, también depende del tipo de crianza que practiquen sus padres.

Gina Graham
Psicóloga – Psicoterapeuta de niños y adolescentes
Certified Positive Discipline Parenting & Classroom Educator

Artículo escrito para la revista Mamagazine para la edición Diciembre 2011.

14 de abril de 2012

Estudio al castigo: el daño que provoca en los niños

Para muchos padres está claro que el antiguo dicho “la letra con sangre entra”no corre en estos tiempos. Sin embargo, la gran mayoría no sabe que además del evidente repudio al castigo físico, distintos estudios han comprobado que el castigo en general es perjudicial para los niños y lo más increíble de todo,totalmente ineficaz.

Según estudios hechos en Chile, uno de cada 6 niños sufre algún tipo de violencia por parte de sus padres, incluyendo castigos físicos y verbales, y de ellos la mayoría asume como algo razonable que así sea.Sin embargo, para la connotada psicóloga infantil de la Universidad Católica,Neva Milicic, “es un gran error aplicar cualquier tipo de castigo a los hijos,porque provocan daños importantes en su desarrollo. El problema está en que los padres creen que está bien castigar y decirle al hijo ‘como te sacaste malas notas no vas al cumpleaños de tu amigo’, y no saben que no sólo eso es dañino para los niños, sino que además no sirve de nada, porque los castigos no son efectivos”.

El riesgo de castigar 

En Estados Unidos, distintos investigadores han concluido que los estilos parentales coercitivos -es decir, aquellos padres que utilizan el castigo como una forma de educar a sus hijos- se relacionan con conductas de violencia y desadaptación cuando los hijos son preadolescentes y adolescentes.Como señala Neva Milicic, “los hijos de padres estrictos, también denominados Harsh Parents por las corrientes de investigación norteamericanas, tienen una gran probabilidad de presentar problemas conductuales y una marcada tendencia a involucrarse en conductas de riesgo”.Según explica, los padres castigadores y estrictos tienden a ser muy exigentes y al mismo tiempo muy poco sensibles a las necesidades de los niños. “Engeneral los papás autoritarios son menos nutritivos para sus hijos, y eso acarrea consecuencias muy importantes en la vida de ellos”, indica.En general, los niños criados en el estilo autoritario son más tímidos y tienen una autoestima más baja en relación a los menores que han crecido en ambientes más amorosos y acogedores.

Estrés y castigo
Gracias a las intensas campañas contra la violencia intrafamiliar y el maltrato infantil, los padres están mucho más conscientes del daño que provoca en los niños.Por eso mismo, muchos evitan castigar físicamente a sus hijos, pero a cambio los sancionan privándolos de salir a jugar, de ir a un cumpleaños o de ver televisión. Incluso, en opinión de Neva Milicic, “hay literatura muy difundida entre los padres que avala el castigo y el estilo coercitivo para sancionar a los hijos cuando no han respetado una norma impuesta por sus padres”. Para la psicóloga, “este aumento del castigo está muy influenciado por el alto nivel de estrés al que están sometidos los padres. Muchos llegan a las ocho de la noche a la casa, tan cansados, que tienen un nivel muy bajo de tolerancia para atender a los hijos. Eso hace que ante cualquier error de los niños los padres sobrerreaccionen y los castiguen más de la cuenta”.A su juicio, el estrés de los padres hace que muchas veces ocupen términos inapropiados para llamar la atención a sus hijos, y eso puede ser demoledor del auto-concepto del niño.Por eso es importante dialogar sin violencia, y al momento de sancionar no referirse al sujeto sino a la acción, es decir, los papás no pueden decirle a sus hijos ‘eres mentiroso’, porque lo indicado es que le digan ‘es muy malo mentir’.

La alternativa al castigo

En el libro “A ser feliz también se aprende”, de Neva Milicic, la psicóloga explica que los padres deben tener claro que para educar y enseñar a los hijos no es necesario castigar; aunque si es importante que los niños aprendan que sus conductas tienen consecuencias y que debe tener alguna sanción frente a los problemas que crea.Como se indica en el libro, “si un niño rompe intencionalmente una planta (no accidentalmente), la mamá puede expresarle su pena y decirle: “Me da mucha pena que hayas roto mi planta y quisiera que aprendieras a cuidarla conmigo.Anda un rato a tu pieza mientras yo ordeno, y tú reflexiona un poco, y después buscaremos una manera de hacer una plantita nueva”.El objetivo es que los niños aprendan por las consecuencias naturales de sus conductas. En lo posible, explica Neva Milicic en su libro, “apenas esté en edad de hacerlo, hay que preguntarle cómo podría arreglar la situación en que ha fallado y cómo podría evitar que le sucediera en el futuro”.La diferencia, como explica la profesional, “es que en el castigo el niño paga su culpa, pero no hace propósitos para el futuro ni repara su falta. La idea es que no hagan las cosas por miedo, porque eso pierde su efectividad en cuanto la persona que ejerce el castigo desaparece”.

"Privación de privilegios"

Cuando los niños tienen claro cuál es el tipo de conducta que sus padres esperan de ellos, es importante que entiendan que deben cumplir con ellas. Por ejemplo, si un niño sabe que debe hacer sus tareas entre las cuatro y son las cinco de la tarde y no las hace porque a esa hora prefirió jugar al computador, tendrá que hacerlas a las seis o a las siete, aunque a esa hora estén dando su programa favorito.Esto es lo que se conoce como privación de privilegios, que a juicio de Neva Milicic es muy distinto al castigo.Esta privación de privilegios no es más que la consecuencia que el niño provocó, porque si hubiera hecho su tarea en el momento debido, podría haber visto sin problemas su programa de televisión. Según las últimas investigaciones esta es la medida más efectiva, porque conduce a la autodisciplina, que debería ser la meta de todo sistema educativo. Según explica la psicóloga, para enseñar a los hijos a ser disciplinados, a obedecer, a respetar y a cumplir con lo que se espera de él, es fundamental que los padres promuevan normas y límites democráticos, y a enfrentar los errores que cometan con tranquilidad y cariño.

Fuente: Padres OK