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27 de marzo de 2013

Miedos infantiles entre los 5 y los 7 años


Entre los cinco y los siete años, los temores más frecuentes que experimentan los niños son el miedo al daño físico, a los seres imaginarios, a la soledad, a la escuela, a los animales, a la separación y a la oscuridad. Estos temores son connaturales al momento evolutivo en que se encuentran y, a medida que crecen, llegarán a desaparecer. No les demos más importancia que la que realmente tienen. Ofrezcamos nuestro apoyo y comprensión y, sobre todo, escuchemos muy seriamente lo que nuestro hijo tiene que decirnos al respecto.

¿Cómo se adquieren los miedos?

Los miedos no se transmiten genéticamente. Generalmente son resultado de pautas educativas, de consejos "protectores" como "¡no toques eso!" o de "contagio" emocional. Es muy probable que un padre que se pone blanco al ver una inyección o se desmaya con la sangre, "contagie" ese miedo a su hijo.

Otra manera de adquirir miedos es a través de un susto cuando nuestro hijo se está relacionando con algo. Si está jugando tranquilamente con un gato y éste le da un zarpazo de repente, seguramente cogerá miedo a los gatos. Si durante el Carnaval nuestro hijo se acerca al dragón y éste se gira y le ruge en la cara, es muy probable que el niño huya despavorido. Por eso es muy importante evitar los sustos innecesarios y, en caso de que se dé, tranquilizarlo y explicarle lo que ha pasado: que hay gatos así, pero que también los hay más mansos y que sólo tiene que ir con cuidado, o que el dragón es una chica disfrazada, "mira, vamos a pedirle que se saque la máscara…", etc. Por la misma razón, no se aconsejan las películas de terror o las historias de miedo.

¿Qué son las fobias o la ansiedad?

El miedo se convierte en una fobia cuando el niño siente un temor desproporcionado hacia un objeto, persona, animal o situación que aparentemente no resulta peligrosa ni amenazante. La ansiedad, a diferencia de la fobia, no está vinculada a algo concreto. Es un estado de nerviosismo y preocupación general y continuado. Tiene mucho que ver con la autoestima, la inseguridad, el miedo a hacer las cosas mal, a no ser aceptado y querido, etc. Un claro ejemplo es el del niño angustiado por la perfección de su conducta: "¿Me he portado bien? ¿He dicho lo correcto?", etc. Para que nuestro hijo no sufra ansiedad debemos apoyarle constantemente, valorar todo aquello que va aprendiendo, dando importancia a todo lo que hace bien y no a lo que hace mal. Es importante saber lo que podemos esperar de nuestro hijo según su edad para no exigirle cosas que todavía no sabe hacer, no ser perfeccionistas y obsequiarle siempre con grandes dosis de cariño incondicional.

Miedos escolares

Los miedos escolares varían según la edad del niño y acostumbran a aumentar a medida que se va haciendo mayor. La escuela es un mundo muy divertido pero exigente: pide buenas notas, una conducta adecuada, unas relaciones sociales correctas y tiene un sinfín de normas que se deben respetar. La situación para el niño, de entrada, no es relajada. Muchos niños viven el colegio de forma agradable y divertida pero, a veces, algunas situaciones concretas pueden generar algún temor: la reprimenda de un profesor, la burla de otros niños, presenciar una experiencia desagradable para otro, el cambio de colegio, una enfermedad larga que lo aleja de la escuela durante un tiempo, o algún defecto físico o dificultad especial para el aprendizaje de algo.

Los miedos escolares más comunes en niños de 5 a 7 años son:
  • Miedo al fracaso escolar y al castigo: sacar malas notas, no saber hacer un ejercicio en la pizarra, no saber contestar a la pregunta de un profesor, que avisen a los padres por algún problema, etc.
  • Miedo al malestar físico: a tener reacciones propias del miedo como dolor de cabeza, no encontrase bien o miedo a tener miedo y que no haya nadie que te consuele.
  • Miedo social: temor a hacer cosas delante de los demás: salir a la pizarra o leer en voz alta.
  • Miedo durante el camino hacia la escuela o momentos antes de entrar en el recinto.
Si nuestro hijo ha pasado una enfermedad o ha vivido alguna situación desagradable es muy probable que no quiera volver a la escuela. Cuanto más brusco sea el retorno al colegio, mayor malestar experimentará el niño. Pero una vuelta demasiado lenta también es contraproducente, ya que puede alargarse demasiado. La regla de oro es que la vuelta al cole se realice tan rápido como sea posible y tan gradual como sea necesario.

Cosas que podemos hacer:
  • No ridiculizar su comportamiento, hacerle bromas o llamarle cobarde, ni tampoco reñirle o castigarlo.
  • Cuando vayamos hacia el colegio, hablar de cosas agradables como una excursión o la fiesta de fin de curso.
  • No servirá de nada intentar convencerlo de que no debe tener miedo: el miedo no es racional, es emocional. Es más efectivo rodearle de emociones positivas. La alegría y el cariño son muy poderosos contra el miedo.
  • No hablar del problema ni hacerle preguntas durante el trayecto hasta la escuela. Al contrario, intentaremos distraerle y divertirle (podemos ir cantando o jugando a algo).
Miedo a los médicos y a la enfermedad

Los miedos relacionados con el daño físico, la enfermedad y los médicos son muy comunes durante esta edad.
  • Miedo al dentista. La visita al dentista es una de las más temidas y la fobia hacia sus instrumentos (la aguja y el taladro del dentista) se inicia tanto en la infancia como en la adolescencia. Acostumbra a aparecer con la primera experiencia de dolor en su consulta. Por eso, cuanto más se aleja la primera visita al dentista, de la primera experiencia de dolor, menor será la probabilidad de desarrollar este miedo.
  • Miedo a la cirugía y a la hospitalización. La actitud serena de los padres y la relación positiva con el médico ayudan a proteger al niño de la ansiedad originada por la cirugía y la hospitalización.
  • Miedo a la sangre. Un niño sentirá mucho más miedo a la sangre y a las heridas si tiene algún familiar con este tipo de fobia. La relación entre la herida, la sangre y el dolor es muy directa y acostumbran a comportar miedo.
Emociones que vencen al miedo

Existen emociones contrarias al miedo que resultan ser las mejores aliadas para luchar contra él: nos referimos a la alegría, la seguridad, el humor, el enfado, la rabia o la risa. Enseñar a nuestro hijo a enfrentarse a sus miedos de la mano de alguna de estas emociones, resulta muy eficaz. Entrar en una habitación oscura sintiendo rabia o risa, enfadarse con la oscuridad o burlarse de ella, son actitudes inteligentes. Incluso podemos teatralizarlo e inventar una historia: que Juan va acompañado de un poderoso guerrero que se llama Ira o Risa, capaz de vencer a Miedo porque es mucho más fuerte.

También es importante crear frases o imágenes mentales de valentía que le ayuden a enfrentarse a la situación que teme. Es muy diferente ir al médico pensando "me van a hacer daño" o "me voy a sentir mal", que pensar "soy muy valiente" o "la visita va a durar muy poco tiempo y no me va a pasar nada". Los primeros mensajes aumentan el miedo, los segundos lo mantienen a raya y pueden ayudar a disminuirlo.

Itziar Franco Ortiz

14 de mayo de 2012

Los deberes son cosa de niños

criandomultiples.blogspot.com hacer deberes responsabilidad


Desde el primer año de enseñanza primaria, las actitudes de los padres deben comunicar que los deberes son estrictamente responsabilidad del niño y la maestra. Los padres no deben dar la lata a los niños sobre los deberes. No deben supervisar ni verificar los deberes, excepto por invitación de los niños. (Esta política puede ser contraria a los deseos de la maestra.) Cuando los padres asumen responsabilidades en cuanto a los deberes, los niños se lo permiten, y los padres nunca más se libran de esa esclavitud. En manos del niño, los deberes pueden convertirse en un arma para castigar, chantajear y aprovecharse de los padres. Se podría evitar mucho sufrimiento, y añadir mucha alegría a la vida de la familia, silos padres mostraran menos interés en los detalles insignificantes de los trabajos del niño y en cambio comunicaran sin dejar lugar a dudas que: los deberes son tu responsabilidad. Los deberes son para ti lo que el trabajo es para nosotros.

En muchas y muy buenas escuelas no se ponen deberes a los niños más pequeños, y los alumnos parecen adquirir tanta sabiduría como aquellos que luchan con deberes a las edades de seis y siete años. El valor principal de los deberes es que proporcionar a los niños la experiencia de trabajar solos. Para que tengan este valor, sin embargo, los deberes deben ajustarse a la capacidad del niño, para que pueda trabajar independientemente con poca ayuda de otros. Las a directas pueden solo comunicar al niño que no puede hacer nada sin la participación de los padres. Las ayudas indirectas, sin embargo, pueden ser útiles. Por ejemplo, nos podríamos asegurar de que el niño tiene intimidad, un escritorio apropiado, libros de referencia y acceso a un ordenador. También podríamos ayudar al niño a decidir el momento más adecuado para hacer los deberes, de acuerdo con las estaciones. En las tardes apacibles de primavera y otoño, probablemente el niño preferirá jugar primero y luego hacer los deberes. En los días fríos de invierno, los deberes deben hacerse primero si después quieren ver la televisión.

A algunos niños les gusta estar cerca de adulto mientras trabajan. Necesitan que se le escuche cuando analizan un problema o intenta entender un pasaje de un libro. Quizá sea posible que utilicen la mesa de la cocina o del comedor. Sin embargo, no se debe hacer ningún comentario sobre formas de sentarse, pulcritud personal o trato del mobiliario.

Algunos niños trabajan mejor cuando puede morder un lápiz, rascarse la cabeza, mecer una silla o incluso escuchar música. Nuestros comentarios y restricciones aumentan la frustración e interfieren en su trabajo mental. Los niños se resisten menos cuando nuestras demandas comunican respeto y protegen la autonomía.

Los deberes del niño no deben interrumpidos con preguntas y recados que pueden esperar. Debemos permanecer en segundo plano dando consuelo y apoyo en lugar de instrucciones De vez en cuando, si el niño nos lo pide, podemos aclarar un punto o explicar una frase. Sin embargo deberíamos evitar comentarios como: «Si no ras tan atolondrado, recordarías lo que tienes hacer» y «Si escucharas al profesor, sabrías lo que tienes que hacer” y “si escucharas al profesor sabrías los deberes que tienes».

Debemos ayudar con moderación pero también con comprensión. Escuchar en lugar de lecciones. Mostrar el camino, pero esperar que el viajero llegue a su destino por su propio pie.

La escena siguiente ilustra la habilidad de una madre en impedir que un problema de deberes acabe en una acalorada discusión: Elena, de once años, se levantó de su mesa y desafió a su madre:

«No quiero hacer los deberes. Estoy demasiado cansada».

Una respuesta común habría sido: « que no quieres hacer los deberes? Nunca estás demasiado cansada para jugar. Solo te cansan los deberes. ¡Ya verás cuando traigas malas notas a casa!».

En cambio, la madre reconoció el punto de vista de su hija: «Veo que estás cansada. Has estado trabajando mucho. Vuelve a tus libros cuando estés lista».

La actitud de un padre hacia la escuela y el profesor puede influir en la actitud de un niño hacia los deberes. Si un padre habitualmente habla mal de la escuela y menosprecia a la maestra, el niño sacará las conclusiones obvias. Los padres deben reforzar la posición del profesor y apoyar sus decisiones sobre los deberes. Cuando el maestro es estricto, el padre tiene una oportunidad maravillosa para ser comprensivo:

«No está siendo un curso fácil…, ¡tanto trabajo!»

«Es duro este curso.»

«Sí que es estricta tu maestra.»

«Me han dicho que exige mucho.»

«Dicen que es especialmente dura sobre los deberes. Supongo que tendrás mucho trabajo este curso.»

Es importante evitar riñas diarias sobre los deberes, como: «Mira, Aurora, de hoy en adelante vas a trabajar la ortografia todos los días por la tarde, incluyendo sábados y domingos. Se acabó el jugar y la televisión también» o «iRoberto! Estoy harta de recordarte los deberes. Papá va a encargarse de que te centres en tu trabajo. Si no lo haces, te arrepentirás».

Las amenazas y las críticas son frecuentes por que hacen creer al padre que está haciendo algo para cambiar la situación. En realidad tales advertencias son más que inútiles. Sólo producen una atmósfera cargada, un padre irritado y un hilo enfadado.

Llegó una carta de la escuela. Iván, de catorce años, iba atrasado en sus estudios. La primera reacción de su padre fue llamar a su hijo, darle una paliza verbal y castigarlo: «Escucha, hijo, de hoy en adelante vas a hacer los deberes todos los días, incluso fines de semana y fiestas. Ni películas, ni tele, ni juegos de vídeo, ni ir a casa de tus amigos. Me voy a asegurar personalmente de que te pongas a trabajar en serio».

Este discurso se había dado muchas veces y siempre conducía a un padre furioso y un hijo desafiante. El aumento de presión solo aumentaba la resistencia de Iván. Se convirtió en experto en evasión y ocultación.

Esta vez, en lugar de recurrir a amenazas y castigos, el padre apeló al amor propio de su hijo. Le mostró la carta del profesor y dijo: «Hijo, nosotros contamos con que mejores para estar mejor informado y tener más conocimientos. El mundo necesita personas capaces. Todavía hay muchísimos problemas que necesitan soluciones. Tú podrias ayudar». A Iván las palabras y el tono de voz de su padre le gustaron tanto que dijo: «Prometo tomarme mi trabajo más en serio».

Muchos niños capaces se retrasan en sus deberes y rinden menos de lo que pueden como rebelión inconsciente contra las ambiciones de sus padres. Para crecer y madurar, necesitan alcanzar un sentido de individualidad y autonomía. Cuando los padres están demasiado pendientes emocionalmente del expediente escolar, la autonomía del niño está en peligro. Si los deberes y las buenas notas se convierten en la joya de la corona de los padres, el niño puede inconscientemente preferir traer a casa una corona de hierbajos que por lo menos sea suya. Al no alcanzar las metas de sus padres, el joven rebelde logra un sentido de independencia, por lo que la necesidad de individualidad singularidad puede empujar a un niño hacia el fracaso, a pesar de la presión y el castigo paternos. Como dijo un joven: «Me pueden quitar la televisión y la paga, pero no me pueden quitar mis suspensos».

Por supuesto que la resistencia a estudiar no es un problema sencillo que se pueda resolver siendo severo o indulgente con los niños. El exceso de presión puede aumentar la resistencia del niño, mientras que una actitud de laissez-faire puede comunicar la aceptación de la inmadurez y la irresponsabilidad. La solución no es ni fácil ni rápida. Algunos niños pueden necesitar psicoterapia para resolver su forcejeo con sus padres y para adquirir el sentimiento de satisfacción por el buen rendimiento, en lugar del bajo rendimiento.

Otros pueden necesitar una tutoría con una persona psicológicamente orientada, como un consejero escolar o un profesor sensible. Es fundamental que no sean los padres los que se encarguen de la tutoría. Nuestra meta es comunicar a los niños que son individuos, independientes de nosotros, y responsables de sus propios éxitos y fracasos. Cuando al niño se le permite experimentar el yo como un individuo con necesidades y metas autoengendradas, empieza a asumir la responsabilidad hacia su propia vida y las exigencias que presenta.

Del libro: entre padres e hijos, de Haim Ginott.
Extraído del blog de entrecomadres

6 de mayo de 2012

Crecimiento y desarrollo de los niños de seis a ocho años

http:\\criandomultiples.blogspot.com Niños de siete años

A partir de los seis años el niño comienza a vivir experiencias nuevas. El paso de infantil a primaria es fundamental en esta nueva etapa. Al entrar en contacto con un nuevo mundo social se intesifica aún más la relación con la realidad. Es así como el niño empieza a desprenderse de su "mundo de fantasía".

Desde el cuarto año de vida se agudiza en el niño la capacidad de razonar y realizar procesos lógicos. Este cambio se manifiesta de manera gradual. "Es por este motivo que el trato y la educación tienen que ir dirigidos ya a la inteligencia, razonando de manera elemental los argumentos que les demos, las razones de un mandato o los motivos de una exigencia", explica el Licenciado en Ciencias de la Educación, Ramón Moix Segura.

A continuación te contamos algunos de los cambios que vive el niño entre los 6 y los 8 años de edad.

Características físicas
  • Desaparecen los dientes de leche. Emergen los primeros molares permanentes.
  • Puede sufrir de oídos: otitis.
  • Puede tener problemas con la nariz y con la garganta: anginas, faringitis.
  • Propensión a enfermedades infecciosas.
  • Suele adelgazar; lo importantes es que coma bien y esté activo.
  • Reacciona con su cuerpo: atraviesa todas las emociones y pasa del llanto a la risa, de la serenidad a la violencia, del cariño a la indiferencia con mucha facilidad.
  • Suele ser muy activo. Necesita saltar, correr, resbalarse, caerse, mancharse y romperse la ropa.
Características intelectuales
  • No posee una visión global de la realidad ni relaciona las partes con el todo.
  • Sus ideas se basan en experiencias tangibles y en hechos concretos.
  • Aprende palabras nuevas, lo que le permite ir abriéndose al pensamiento abstracto.
  • Observa e investiga todo lo que lo rodea.
  • Las rabietas son sustituidas por discusiones, comienza a entender por qué no tiene que hacer lo “prohibido”.
  • Suele mezclar ideas imaginarias con datos de la realidad, pero poco a poco se va aclarando: el ratón Pérez ya no es tan ratón Pérez... y los Reyes magos se parecen más a mamá y papá...
Características afectivas
  • Entre los 6 y 7 años nace la intimidad. Respeta sus lugares, esconde tesoros, tiene sus pertenencias.
  • Hay un mayor asentamiento de su personalidad: en esta edad se observa al adulto del mañana.
  • Se despiertan los sentimientos de adaptación al entorno: le da importancia a quienes le manifiestan cariño o interés por sus actividades.
  • Imita a las personas que le demuestran afecto. Juega a cumplir con los roles que admira: mamá, papá, el doctor, la señorita...
  • El varón asume su masculinidad antes de la mujer su feminidad. Esto se ve claro en las diversiones. Los varones nunca se disfrazan de princesas o enfermeras, en cambio las mujeres juegan a la pelota o representan sin problemas el papel de un superhéroe.
  • Para el varón es importante el papel del padre para acentuar las características de su masculinidad.
Desarrollo social
  • La escuela desarrolla la vida social: genera otros vínculos ajenos a la familia.
  • Se despierta la necesidad de tener amigos: no se queja tanto de los demás, comparte sus pertenencias y es más leal con el grupo.
  • Es la edad típica e las comparaciones (especialmente, con sus hermanos o con sus amigos). El niño no se fija en lo alto que es él sino en quién es el más alto de la clase.
Madurez
  • Primer paso de madurez: adquieren mucha fuerza las relaciones que establecen fuera del hogar.
  • Toma conciencia de los buenos y los malos amigos.
  • Controla más su cuerpo, sus sentimientos y su conducta.
  • Es más independiente.
  • Se da cuenta de que en casa no hace falta aparentar ya que lo quieren como es.
Fuente: http://www.materna.com.ar

19 de agosto de 2011

Crisis de los seis años: un pequeño adolescente


Los seis años marcan, dentro del desarrollo del niño, una importante etapa de transición que conlleva toda una serie de reacciones fisiológicas y psíquicas.

Introducción
Súbitamente, nuestro hijo de seis años, en el que ya percibíamos algunos rasgos de madurez, ha sufrido una sensible transformación que parece un paso atrás en su evolución. De ser una criatura mimosa y encantadora, ha pasado -sin previo aviso- a ser todo un carácter impredecible: se rebela para imponer su voluntad sobre los demás, no acepta la autoridad, ríe hasta llorar, llora hasta perder el control... No hay quien entienda sus salidas.
¿Qué le ha pasado? Pues nada más ni nada menos que acaba de atravesar la llamada "crisis de los seis años".
Los seis años marcan, dentro del desarrollo del niño, una importante etapa de transición que conlleva toda una serie de reacciones fisiológicas y psíquicas.

Como ya ocurrió alrededor de los dos años y medio -y ocurrirá de nuevo en la adolescencia- el niño se sentirá durante unos meses desorientado, incómodo y con miedo, reaccionando a veces de forma desproporcionada, violenta o -como mínimo- desconcertante. Las causas son el propio desarrollo, los cambios que experimenta y las nuevas realidades de las que ahora toma conciencia.

En cualquier caso, no podemos olvidar que esas reacciones, propias de la segunda crisis de la madurez, tienen su origen simplemente en el acelerado desarrollo de su sistema nervioso, ante el cual el niño reacciona con todo su cuerpo y atravesando todo el espectro de emociones. Sus reacciones, por tanto, han de ser interpretadas como síntomas de su crecimiento, que tendremos que saber orientar acertadamente.

Del blanco al negro
Durante los meses que dura esta etapa de transición, la bipolaridad es uno de los rasgos más señalados en el niño, ya que siempre está entre los dos extremos... de lo que sea. Pasa de la risa al llanto, de la más tierna mansedumbre a una explosión violenta, del amor apasionado al más sincero desdén,... Va del blanco al negro con toda facilidad, pero tampoco es capaz de decidirse por ninguna opción en concreto, pues no es reflexivo y las alternativas le abruman.
Esta dificultad en el manejo de las ideas opuestas no tiene, sin embargo, mayor problema, pues irá superándola pronto, lo que significará para él un incremento madurativo. Podremos ayudarle explicándole los pros y los contras de cada opinión, o sugiriéndole -sin imponerle, salvo que se trate de algo importante- la más adecuada. Podemos explicarle lo que nosotros, en su caso, escogeríamos...

Sin medida
Ahora, casi todo es desproporcionado en sus reacciones: corre, entra, sale, le pega a su hermanito, lo colma de besos... No es capaz de controlar sus reacciones, ni de dominar sus impulsos.
Percibe más cosas de las que puede manejar, y esto le hace desarrollar un afán mayor de su propia capacidad. Las persigue y al minuto siguiente se muestra caviloso antes ellas.
Es mejor comprender su situación e intentar suplir esa falta de seguridad ofreciéndole puntos fijos, rituales inalterables que se repitan cada día. Como el beso de buenos días, recibirle con la merienda sobre la mesa, arroparle cuando se acueste, que los vea en la casa a las mismas horas...
En este momento, vuestro hijo ya comienza a entender las horas y relacionarlas con el desayuno, la vuelta del colegio, etc. Si procuramos ser puntuales, estaremos ayudándole

Rasgos de madurez
Aun con todo lo dicho, el niño de seis años ya puede tener algunos rasgos de madurez, que debemos estimular. Uno de ellos es su gran dinamismo.
Por ejemplo, le encanta comenzar actividades, pero no le desagrada que le hagan interrumpirlas porque aún no se concentra en ellas: simplemente, las olvida.
Una forma de orientar este activismo puede ser animarle a hacer deportes o practicar juegos que desarrollen sus músculos y estimulen sus sentidos.
Además, ya se acuesta sin armar un drama y le gusta desarrollar alguna actividad tranquila antes de dormir.
Es muy espontáneo, busca crear su propio campo de intimidad y compartirlo. Empieza a tomar conciencia de sí, y se preocupa. Sobrevienen también los miedos y las pesadillas.çTambién este espectro de rasgos es aprovechable, sobretodo porque podemos sacar partida de los momentos de calma previos a la noche para interesarle en la lectura u otras actividades de concentración.
Le encantará que prestemos atención a todo lo que espontáneamente nos cuenta y que le ayudemos a empezar a reflexionar sobre ello.
Será imprescindible, sin embargo, que respetemos su deseo de intimidad y hagamos surgir con naturalidad el flujo mutuo de secretos entre él y nosostros.
Él nos contará que se peleó con su amigo, y nosotros que el sábado le llevaremos al zoológico a él y a sus hermanos, de "sorpresa".

Aquí estoy yo
El respeto será, en esta etapa, la llave mágica para entender al niño muchas veces. Ahora que está tomando conciencia de sí, se reconoce como persona e intenta que se le trate como tal.
Aunque no la cuida, se interesa por su ropa y exige ponerse esto o aquello. Se muestra desafiante, intenta monopolizar la atención y, sobre todo, le ofende la autoridad impuesta. De hecho, su respuesta ante cualquier exigencia será casi siempre "no".
En este momento, el castigo por sus berrinches es la peor solución, porque se rebelará iracundo y puede incluso perder el control. Será mucho más efectivo tener paciencia y emplear el cuento del niño de seis años que se portaba mal, o estar muy pendientes de elogiar todo lo que haga bien.
Si tenemos que reñirle, hacerle con calma y -siempre- en privado, para que no sienta herido su orgullo.
Otro camino efectivo para que obedezca es la sugerencia -"cuento hasta diez y lo haces: uno, dos,..."-, o pedirle que nos acompañe a nosotros a hacerlo.
En cualquier caso, no debemos perder de vista que esta actitud desafiante -aunque indudablemente molesta- es un paso adelante de su carácter, no el germen de una actitud negativa. En cualquier caso, será mejor quitar importancia a los incidentes que puedan surgir e, incluso, dejarlos pasar a veces, recordando que se trata de una etapa pasajera.

Papá y mamá
En lo que se refiere al desarrollo emocional, hasta ahora, el universo giraba en torno a la mamá, pero al llegar esta edad también el padre cobra protagonismo: la niña lo adora y el niño busca camadería con él.
>Dado que se trata de una etapa inestable, con muchas explosiones y actitudes de desafío, es recomendable que el padre aproveche el interés de su hija o hijo para colaborar más activamente en su cuidado y educación, y evitar que vean a la madre como el ogro dictador. No deben serlo ninguno de los dos, en cualquier caso.

Gestión de hermanos
Al tomar conciencia de sí, al niño de seis años le gusta pavonearse e influir en los demás. Por esta razón, suele despreciar y abusar de su hermano menor, mientras que por el mayor siente admiración y deseo de confiarse a él.
Este último rasgo de su comportamiento, bien orientado, podrá ser beneficioso para ambos: a él como estímulo y al mayor como responsabilidad.
En cuanto al primero, no podemos permitir que trate mal a su hermano pequeño. Un modo de templar los ánimos puede ser el proporcionar a nuestro hijo de seis años una parcela propia -un cajón, un armario, un material- en la que el hermano pequeño no pueda entrar.
Durante esta etapa podríamos plantear incluso un cambio de habitación, para trasladarlo a la de su hermano mayor.

Adiós a la crisis
¿Y cuándo sabremos que ya pasó la crisis? El fin de esta etapa -que puede haber sido tan violenta como discreta- se caracteriza por el aquietamiento del niño.
Ya ha pasado la tensión creada por los nuevos descubrimientos y ahora atraviesa una nueva etapa de su desarrollo: la asimilación y consolidación de la experiencia acumulada durante estos meses de inestabilidad.
El niño se vuelve mucho más meditativo e introvertido. Le encanta escuchar, oír y elucubrar. Aunque le molesta, no es capaz aún de extraer conclusiones. Ya es todo un personaje, mucho más maduro cuanto mayor empeño, paciencia y cariño hayamos volcado en él durante los pasados tiempos de crisis.

Por María Moll

16 de septiembre de 2010

Cómo educar a su hijo de seis a ocho años

Su hijo en edad escolar es capaz de participar activamente en la determinación de las reglas para el hogar y la familia, y de ayudar a decidir las consecuencias que conllevará el romper dichas reglas. Si involucra a su hijo en este proceso, es más probable que respete las reglas. Pegarle y gritarle a su hijo no son técnicas eficaces de disciplina. Así sólo le enseña que la violencia y los gritos son una respuesta adecuada al enojo o la frustración.

Consejos para educar adecuadamente a su hijo/a en edad escolar
  • Evite que la palabra que su hijo escuche con más frecuencia sea "no". Es importante remarcar lo positivo. Elogie a su hijo cuando se comporte bien para que no crea que la única manera de llamar su atención es comportándose mal. Su hijo puede ser sensible a las críticas, por eso los elogios son una buena manera de aumentar su autoestima.
  • Recuerde que su hijo todavía puede tener berrinches.  En tal caso, trate de mantener la calma. Si usted reacciona a estos berrinches, su hijo/a recurrirá a ellos para llamar su atención. Respire hondo y, con calma, dígale a su hijo/a que cuando quiera hablar acerca de cómo se siente, usted lo/a escuchará.
  • Las amenazas falsas son peligrosas. Es fácil enojarse y amenazar con castigos poco realistas, como: “¡Si no dejáis de pelearos nunca más vamos a hacer un viaje en coche!”. Las amenazas de algo que usted no puede cumplir, especialmente las que contienen la palabra “nunca,” debilitan el poder de las amenazas realistas que usted pueda usar en el futuro.
  • Maneje la disciplina. Es posible que su hijo sienta que tiene poco control y que crea que comportarse mal le dará poder. Castigarlo constantemente sólo alimentará esta creencia. Es mejor prestarle atención cuando hace algo bien y hacerle comentarios positivos. Esto le demostrará que también puede adquirir poder y llamar su atención mediante el buen comportamiento.
  • Haga participar a su hijo dándole opciones. A veces, cuando un niño siente que no tiene nada de poder, lo mejor es hacerlo participar en el proceso de decisión. Ofrézcale dos opciones, así sentirá que tuvo algo de participación en el asunto. Recuerde que un niño no debe tener opciones siempre. Usted debe decidir cuándo es adecuado que las tenga (p. ej.: permítale decidir qué comer en el almuerzo, pero no si debe usar o no el cinturón de seguridad), y asegúrese de que usted puede aceptar cualquiera de las opciones que su hijo elija.