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8 de octubre de 2013

¿Qué debe saber un niño de cuatro años?


Hace poco, en un foro sobre la educación de los hijos, leí una entrada de una madre preocupada porque sus hijos, de cuatro años y año y medio, no sabían lo suficiente. "¿Qué debe saber un niño de cuatro años?", preguntaba.

Las respuestas que leí no solo me entristecieron sino que me irritaron. Una madre indicaba una lista de todas las cosas que sabía su hijo. Contar hasta 100, los planetas, escribir su nombre y apellido, y así sucesivamente. Otras presumían de que sus hijos sabían muchas más cosas, incluso los de tres años. Algunas incluían enlaces a páginas con listas de lo que debe saber un niño a cada edad. Solo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.

Me molestó mucho que la respuesta de esas mujeres a una madre angustiada fuera añadirle más preocupación, con listas de todo lo que sabían hacer sus hijos y los de ella no. Somos una cultura tan competitiva que hasta nuestros niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. La infancia no debe ser una carrera.

Por todo ello, he decidido proponer mi lista de lo que debe saber un niño (o una niña) de cuatro años:
  • Debe saber que la quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento
  • Debe saber que está a salvo y debe saber cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre le va a apoyar.
  • Debe saber reír, hacer el tonto, ser gamberro y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.
  • Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.
  • Debe saber que el mundo es mágico y ella también. Debe saber que es fantástica, lista, creativa, compasiva y maravillosa. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como practicar la fonética. Mejor dicho, mucho más.
Pero más importante es lo que deben saber los padres:
  • Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y hacer cálculos a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos después.
  • Que el factor que más influye en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro es que leer a los niños de pequeños. No las fichas, ni los manuales, ni las guarderías elegantes, ni los juguetes y ordenadores más rutilantes, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a sentarse a leerles buenos libros.
  • Que ser el niño más listo o más estudioso de la clase nunca ha significado ser el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros hijos todas las "ventajas" que lo que les estamos dando son unas vidas tan pluriempleadas y llenas de tensión como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.
  • Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, utensilios artísticos y la libertad para explorarlos. La mayoría de nosotros podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían de menos, pero algunos son importantes: juguetes como los LEGO y las construcciones, juguetes creativos como los materiales artísticos de todo tipo (buenos), los instrumentos musicales (tanto clásicos como multiculturales), disfraces, y libros y más libros (cosas, por cierto, que muchas veces se pueden conseguir muy baratas en tiendas de segunda mano). Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, para jugar con montoncitos de alubias secas en el taburete (supervisados, por supuesto), amasar pan y ponerlo todo perdido, usar pintura, plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena aunque lo salpiquen todo, tener un rincón en el jardín en que puedan arrancar la hierba y hacer un cajón de barro.
  • Que nuestros hijos necesitan tenernos más. Hemos aprendido tan bien eso de que necesitamos cuidar de nosotros mismos que algunos lo usamos como excusa para que otros cuiden de nuestros hijos. Claro que todos necesitamos tiempo para un baño tranquilo, ver a los amigos, un rato para despejar la cabeza y, de vez en cuando, algo de vida aparte de los hijos. Pero vivimos en una época en la que las revistas para padres recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y prever un sábado al mes dedicado a la familia. ¡Qué horror! Nuestros hijos necesitan la Nintendo, los ordenadores, las actividades extraescolares, las clases de ballet, los grupos organizados para jugar y los entrenamientos de fútbol mucho menos de lo que nos necesitan a NOSOTROS. Necesitan a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que han hecho durante el día, unas madres que se sienten a hacer manualidades con ellos, padres y madres que les lean cuentos y hagan tonterías con ellos. Necesitan que demos paseos con ellos en las noches de primavera sin importarnos que el pequeñajo vaya a 150 metros por hora. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble y trabajemos el doble. Tienen derecho a saber que para nosotros son una prioridad y que nos encanta verdaderamente estar con ellos.
Y volviendo a esas listas de lo que saben los niños de cuatro años...
Sé que es natural comparar a nuestros hijos con otros niños y querer asegurarnos de que estamos haciendo todo lo posible por ellos. He aquí una lista de lo que se suele enseñar a los niños de esa edad y lo que deberían saber al acabar cada curso escolar, a partir del preescolar.

Como nosotros estamos educando a nuestros hijos en casa, yo suelo imprimir esas listas para comprobar si hay algo que falte de forma llamativa en lo que están aprendiendo. Hasta ahora no ha sucedido, pero a veces obtengo ideas sobre posibles temas para juegos o libros que sacar de la biblioteca pública. Tanto si los niños van al colegio como si no, las listas pueden ser útiles para ver lo que otros están aprendiendo, y pueden ayudar a tranquilizarnos sabiendo que van muy bien.

Si existen aspectos en los que parece que un niño está por detrás, hay que darse cuenta que eso no indica ningún fracaso, ni del niño ni de sus padres. Simplemente, es una laguna. Los niños aprenden lo que tienen alrededor, y la idea de que todos deben saber esas 15 cosas a una edad concreta es una tontería. Aun así, si queremos que las aprenda, lo que tenemos que hacer es introducirlas en la vida normal, jugar con ellas, y las absorberá de manera natural. Si contamos hasta 60 cuando estamos haciendo la masa de un bizcocho, aprenderá a contar. Podemos sacar de la biblioteca libros divertidos sobre el espacio o el abecedario. Experimentar con todo, desde la nieve hasta los colores de los alimentos. Todo irá entrando con más naturalidad, más diversión y muchas menos presiones.

Sin embargo, mi consejo favorito sobre los niños pequeños es el que aparece en esta página.
¿Qué necesita un niño de cuatro años?

Mucho menos de lo que pensamos, y mucho más.

Alicia Bayer, Bloguer en 'A Magical Childhood'. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Publicado originalmente en El Huffingtonpost

9 de julio de 2013

Mi hijo grita, no habla

El escuchar a los niños correr, reír y gritar en el parque es algo que a todos nos agrada y llena de alegría porque demuestran que son felices y lo manifiestan de esa manera, pero que ocurre cuando esto misma forma de comunicarse se repite en casa, en ese espacio donde buscamos calma para descansar y relajarnos de las largas jornadas de trabajo, entonces ya no nos parece tan agradable ¿verdad?

Es normal que esto suceda si hablamos de niños menores de 2 años ya que a esta edad aún no son capaces de comunicar sus deseos y necesidades haciendo uso de la palabra de forma clara, pero pasada esta etapa debe ir dándose cuenta que puede conseguir las cosas sin necesidad de gritar o llorar, para entonces ya será capaz de usar algunas palabras o sonidos para llamar a las cosas.

A los dos años, los niños pasan por una fase en la que quieren llamar la atención y como han descubierto que gritando o llorando pueden conseguir lo que quieren, pues es natural que sigan usando estas formas después del año. Sin embargo, el niño no ha descubierto esa estrategia porque sea así como debe de ser sino porque los padres o personas a su cuidado han hecho que sea de esa manera.

Los niños actúan de acuerdo a nuestras reacciones, por lo tanto, si cada vez que lloran o gritan les damos lo que quieren pues tenga por seguro que seguirá haciéndolo, pero si en vez de ello les decimos que así no les entendemos y esperamos a que se calmen o bajen el tono de la voz para que nos lo pidan, ellos sabrán que sólo así le tomarán atención y no será necesario que grite.

Ahora, los niños también aprenden por imitación, entonces tenemos que si en casa todos hablan con tonos de voz elevados no será novedad que el niño también lo haga porque para él será algo normal, pero si por el contrario tratamos de usar un tono de voz suave sobretodo nos encontramos frente a ellos, seremos mejores modelos y los niños repetirán esta conducta.

También es importante, cuando se observa que esta conducta continúa en los niños, realizarles una evaluación auditiva (audiometría) ya que puede deberse a que sus niveles de audición están bajos, como ellos no se escuchan piensan que los demás tampoco los escuchan y levantan el tono de la voz. Cuanto antes este problema sea detectado será más sencillo tratarlo.

Acciones a tener en cuenta:
  • Aunque el niño grite, tú no debes hacerlo.
  • Mantener un tono de voz suave, esto le servirá de modelo a imitar.
  • Evitar hablarles a cada rato del tema, esto sólo logrará reforzar la conducta y continuará haciéndolo.
  • Dar forma a sus gritos diciéndole lo que debe decir, ejemplo: “di dame”.
  • Cuando grite no molestarse, de esa forma no se logra nada.
  • Decirle que cuando grita no le entiende y estar atentos para cuando cambia su tono de voz para escucharlo.
  • Evitar decirle cosas como “eres un gritón”, “estoy harto de tus gritos”, etc.
Es importante mantener la paciencia, el proceso de cambio no se da de un día para otro, la solución se verá a largo plazo. Los niños deberán ir conociendo el camino de cómo usar mejor su lenguaje para hacer sus requerimientos y expresar sus deseos con ayuda de sus padres, quienes le enseñarán poco a poco.

Juvitza Panez Salazar
Especialista en Evaluación y Tratamiento de los Problemas de Lenguaje

27 de junio de 2013

La autonomía: camino antes que fin

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Para Piaget, el famoso psicólogo suizo, el desarrollo humano va de la dependencia y la necesidad constante de los otros que sostiene el recién nacido a una capacidad importante para razonar por cuenta propia y valerse por uno mismo cuando se alcanza la edad adulta, el desarrollo humano tiene como una de sus metas la autonomía.

En muchas ocasiones las madres y los padres pensamos que la autonomía y la independencia vendrán después, cuando nuestros hijos e hijas se acerquen a la mayoría de edad. Este pensamiento, que en parte es evidentemente cierto, en parte también es una trampa. Cuanto más tardemos en poner a nuestros hijos delante de situaciones en las que han de hacerse cargo de sus vidas y sus decisiones, más difícil hacemos ese aprendizaje.

De hecho, vamos a defender que la autonomía no es un fin, que debe ser un medio por el que crecer y aprender. Y en cada momento de la vida de los niños y las niñas hay numerosas situaciones en las que desarrollar esa cualidad. Y en esas circunstancias nosotros como madres y padres decidimos si las convertimos en situaciones para aprender.

Las actuales condiciones económicas, laborales y sociales parecerían favorecer un retraso general del desarrollo de la autonomía y la independencia personales. Cada vez se estudia más tiempo, cada vez la inserción estable en el mercado laboral es más complicada, cada vez es más difícil independizarse del domicilio familiar… Pero si no establecemos la autonomía como una condición desde el principio más dificultamos el proceso de desarrollo de niños, niñas y adolescentes. Y más difícil también hacemos que al final alcancen esos objetivos personales diferenciados (el trabajo, la vivienda…).

Un niño le decía a la psicoanalista Françoise Doltó: “si me dijeran que sería mayor a los 14, me prepararía para serlo”. Nosotros, los adultos, vamos a servir de referente a nuestros hijos e hijas para entender en qué grados y condiciones ellos se pueden construir autónomos. Nosotros, padres y madres, tenemos mucho que ver con que ellos estimulen o ralenticen su autonomía. Por ejemplo, haciendo cosas por ellos que pueden hacer solos. Pensemos en los hábitos de higiene y cuidado que a veces atendemos sin necesidad, sin hacer que ellos se hagan responsables y dueños de esas rutinas que van a preservar su salud y animar su desarrollo. El cuidado a la infancia y la adolescencia también implica no sobreactuar, evitar hacerse cargo de funciones o tareas que los niños, niñas y adolescentes pueden desarrollar. Cuando postergamos el paso a la alimentación sólida, cuando asumimos vestirles aunque ellos puedan hacerlo solos, cuando les ponemos la tele “para que desayunen” y les damos a mano cucharada a cucharada sin necesidad con la intención de que no se enteren de que comen estamos haciendo contra el desarrollo de su capacidad de autonomía. Y es que hay veces que ellos supuestamente ganan la batalla, cuando nos convencen de que es mejor que les tratemos como a niños más pequeños de lo que son porque así no nos dan tanta guerra. Su pesadez se convierte en un arma efectiva que consigue sus deseos más inmediatos pero que opera en su contra al largo plazo.

Y es que educar para la autonomía también representa en muchas ocasiones asumir que educamos desde el error y el fracaso temporal. No se trata de dejarles hacer algo cuando les va a salir bien, cuando estén “totalmente” preparados. Bien al contrario, se trata de poner condiciones para que lo intenten y vean (con nosotros) qué ocurre, si pueden o no enfrentarse a los cordones del zapato, la ducha o la cuchara, el cuchillo y el tenedor. En situaciones de aprendizaje es más valioso el intento que el resultado. Y esto es algo que además permite aprender no sólo en función del producto, de lo que salga al final de la actividad, sino del valor de la experiencia en sí, de su mero hecho. Hay algo mercantilista, muy propio de estos tiempos, en el pensar que lo único que importa es el resultado (desde la ejecución de un problema de matemáticas a la formulación de una propuesta ciudadana). Parece que lo único que vale es el final, lo que resulte. Bien al contrario, muchas de esas experiencias van a aportarnos como personas en la medida que podamos asomarnos a ellas mismas, a encontrarnos pensando un problema (aritmético o comunitario) y en su abordaje aprendamos no sólo de la realidad que queremos enfrentar sino de nosotros mismos.

No proponemos exponer a nuestros hijos e hijas a situaciones en las que el fracaso o la frustración sean una constante, algo que se dé una y otra vez. Pero sí reivindicar que algo de eso tiene también que jugarse en cada paso hacia la autonomía. Se trata de graduar y sostener en esa exposición al malestar para que éste pueda integrarse en algo productivo y nuevo.

En muchas ocasiones el acceso a la escuela representa para muchos niños y niñas una situación de desconcierto y malestar. Muchos de ellos lloran los primeros momentos de su acceso a la escuela o incluso lo hacen los primeros días. En parte, esa respuesta es lógica ante una situación nueva y desconcertante, en la que sus figuras significativas han desaparecido. Parte del trabajo de los educadores de la enseñanza infantil en este tiempo pasa por sostener ese malestar y poder transformarlo en otra cosa. La mayoría de las veces a los pocos días los niños y niñas entienden que esa situación nueva no es de abandono y muchos festejan al poco tiempo ir a una escuela donde pasan cosas nuevas e interesantes. En esas situaciones los niños también celebran ser recogidos o reencontrarse con sus padres y madres, de un modo intuitivo entienden que ellos volverán y que después de la escuela sigue el parque o los juegos en casa, los mimos y los cuidados, el disfrute conjunto.

A veces, queriendo lo mejor para nuestros hijos tratamos de que no se expongan a la más mínima frustración, que no soporten la menor tensión. Eso podría estar bien si ellos y nosotros pudiéramos habitar un mundo en el que la dificultad o la frustración no existieran, pero parece que esto no es así.

En ocasiones podremos exponer a nuestros hijos e hijas a tensiones que ellos no puedan manejar, que los bloqueen y ante las que no puedan responder de una manera productiva. Sea cual sea la situación y sus razones, es entonces cuando podremos pensar que intervenimos protectoramente evitándoles dicha situación. Si lo más frecuente es que en el proceso de adaptación a la educación infantil se den algunos llantos y algunos altibajos, puede ocurrir por muchos motivos que el ajuste al nuevo medio genere malestar y sintamos que no pueden afrontar en las condiciones socialmente establecidas. Tocará entonces establecer medidas protectoras, hablar con maestras y maestros, revisar el plan de adaptación… No defendemos una exposición espartana, en la que sobreviva el más fuerte o que se sostenga sobre el sufrimiento y la resignación. Se trata de apoyar lo necesario y dejar hacer lo posible, en dar espacios y condiciones para que ellos puedan actuar y nosotros, acompañando, ver cómo lo hacen, hasta dónde llegan, cómo y cuándo necesitan de nuestra intervención.

Pensemos que lo contrario de la autonomía es la dependencia. Y eso es lo que fomentamos cuando les pedimos menos de lo que pueden o cuando les damos más de lo que necesitan. Entendamos el desarrollo desde esta perspectiva, nuestro papel como madres y padres es darles condiciones para que consoliden su capacidades en relación con su medio, con aquellas características del contexto que les exigen poner en juego sus habilidades, desarrollarlas, crecer. Y es desde ahí desde donde les ayudamos a hacer más y mejor con sus vidas, ya sea en el patio de la escuela, en el parque, con sus deberes o cuando estén fijándose unas metas de vida adulta.

Miremos también en el contexto de la organización doméstica. En ocasiones, por una suposición pretendidamente benevolente, les eximimos de las responsabilidades que podrían asumir como miembros de una familia. Desde recoger sus cosas después del baño o la preparación de la mochila para el día siguiente a la asignación de responsabilidades en tareas como la compra o la cocina. Asumir responsabilidades, compartir compromisos, les permite sentirse corresponsables, asumir un protagonismo productivo que facilita repartir cargas y aprender desde un lugar activo que les permite relacionarse con las cosas cotidianas de manera productiva. Desde revisar las cuentas de la frutería a poder reclamar un cobro injustificado, son condiciones para aprender desde la cotidianeidad el desempeño de la ciudadanía. Sólo desde la responsabilidad vamos a poder una ciudadanía que defienda y exija defender los derechos de cada uno.

Y esto nos lleva a pensar en el equilibrio y la proporción entre derechos y deberes. A veces nos parece que nuestro hijo es una fiera en el fútbol y la informática y le regalamos un ipad, pero luego no le exigimos que se vista o desayune solo. Es complicado pero imprescindible pensar en la situación de nuestros hijos e hijas en conjunto, como algo que es necesariamente global. A veces nos quedamos atrapados en los extremos, los máximos o los mínimos del desarrollo, y no podemos analizar la situación globalmente. Ese balance, tan necesario como difícil, es útil para poder ayudar a equilibrar las distintas facetas que son la expresión de una única forma de ser y estar en el mundo.

En un grupo de padres de adolescentes con una gran desmotivación hacia los estudios, en un instituto del sur de Madrid, en el diálogo de preguntarse con ellos qué les pasaba a sus hijos e hijas surgió la idea de que eran buenos chicos y no se les podía pedir más. La opinión, compartida entre los padres y madres participantes del grupo no dejaba ver que a la vez ese cumplimiento de las exigencias mínimas que el sistema educativo requería para chicos y chicas de su edad. Y aquí podemos equiparar las exigencias del centro con las de cualquier contexto social afuera de lo familiar. Sin dudar un momento del análisis de estos padres y madres, debemos pensar en qué medida su comprensión era una benevolencia que dificultaba que los chicos y chicas asumieran una posición activa y resolutiva ante su realidad, su futuro y sus posibilidades.

Pensemos en la exigencia como un motor del desarrollo, en una forma de ajustar competencias y saberes con la realidad. Desde ahí acompañar, cuidar, no es sinónimo de evitar sino más bien algo que tiene que ver con alentar y sostener para que ellos puedan responder ajustadamente a lo que se les está pidiendo. Aquí la confianza tiene que ver, otra vez, con esperar a que ellos puedan responder ajustada y adecuadamente a lo que la realidad les propone, y pensemos en estos términos las exigencias escolares que no son más que la expresión de una demanda social ajustada a sus niveles de competencia personal. Y afirmamos esto no tanto, otra vez, en términos de resultados sino de esfuerzo. Podremos decir que podemos sentirnos satisfechos porque nuestros hijos e hijas hicieron lo que pudieron, lo que estaba en su mano, independientemente de sus resultados, por ejemplo de sus calificaciones académicas. Lo que tenemos que pensar es lo que significa en términos de renuncia o de condena dar por hecho que lo que hicieron estaba bien cuando ellos y nosotros pensamos que no lo intentaron, que se quedaron presas de sus dudas o sus temores, de sus dificultades.

Volvemos a combinar apoyo y control, afecto y exigencia. Quererlos no tiene porqué suponer la renuncia a pedirles que hagan lo que deben, que se comprometan con las tareas que les exige su realidad más próxima. Que sean capaces de exponerse y exigirse para descubrirse aprendiendo y sentirse competentes.

A veces, detrás de nuestros consentimientos y ofertas se esconde la educación del doctor Frankenstein, que diría Meirieu. En definitiva, el mítico científico de la novela de Marie Shelley sólo pretendía crear una criatura que cumpliera sus deseos y sus expectativas, toda la dificultad de la historia aparece cuando el monstruo toma decisiones y expresa necesidades que no están en el guión de su creador. Y desde ahí a la tragedia. Hacer hijos e hijas autónomos nos obliga a reconocernos también limitados, a tener que soportar nuestras incertidumbres, dudas y temores, a dejar que ellos decidan y se equivoquen. Y desde ahí reconocer su autonomía, su distinta forma de ver las cosas y de actuar.

A nosotros, padres y madres, nos queda la importante función de dejar espacios para que todo esto pueda probarse y aprenderse, porque finalmente la autonomía no se da, se conquista. Día a día. Desde el nacimiento hasta el final de nuestra vida, siempre nos encontramos con situaciones en las que decidir significa entre otras cosas optar por soluciones más o menos autónomas, más o menos dependientes.

Por Luis García Campos. Extraido de Educación en familia. Recursos para mejorar nuestras competencias familiares

17 de junio de 2013

¿Cómo lograr que nuestros hijos comprendan lo que leen?

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Un estudio realizado por la Universidad de Chile en conjunto con el Consejo Nacional de la Cultura que revelaba que hoy en este País el 84% de las personas no es capaz de comprender a cabalidad lo que lee. ¡El 84%!

Si bien este estudio no fue realizado a niños, es precisamente desde pequeños, cuando nos enseñan a leer, que nos debieran también enseñar a comprender. Así es, ¡no es lo mismo!, nos enseñan a leer pero no a comprender. Ahí está la raíz del problema.

Muchas veces en mis charlas y seminarios me dicen: Pablo, el gran problema de la educación en nuestro país y en Latinoamérica es la falta de comprensión de los niños. Y yo les digo: perfecto, solucionémoslo, démosle herramientas a los estudiantes para que comprendan mejor, ya que el gran problema es que nos enseñaron a leer pero nunca nadie nos enseñó a comprender lo que leemos.

Veamos un ejemplo…

Cuando yo le digo a un niño: “Lee este texto y después te voy a preguntar qué entendiste”, ¿qué es lo que hace normalmente un niño? Lo normal es que ese niño empiece a leer desde la primera palabra tal como se lo enseñaron. Pregunta, ¿ese niño comprenderá la primera vez que lee el texto? ¿Lo comprenderá a la segunda o a la tercera vez? En promedio yo diría que la mayoría de los niños necesita leer al menos dos veces el texto para captar el contenido. Y ¿saben qué? Eso no es un problema de aprendizaje, eso es algo absolutamente normal, ¿por qué? Porque si yo tengo miles de ideas en mi cabeza y alguien me dice que lea un texto, yo tengo que primero leerlo una vez para traer toda la información que yo tengo con respecto a ese tema y colocarla a mi disposición, es decir, generar un contexto para que la segunda vez que lo lea, entienda. Entonces, un niño que necesita leer dos veces un mismo texto es totalmente normal, no tienen ningún problema, necesita entender de qué se trata primero para después comprender lo que está leyendo.

¿Qué hacemos entonces?

Simple. Darles herramientas que los ayuden a comprender sin necesitad de leer dos veces. A mis estudiantes enseño la técnica de “Escanear el Texto”, el primer paso de la Lectura Inteligente. Escanear es una herramienta que en mi opinión debería ser enseñada desde los primeros días escolares de un niño y consiste en lo siguiente: cuando voy a leer un texto lo primero que tengo que mirar es:

Títulos y subtítulos
Palabras destacadas e imágenes
Resúmenes y preguntas
Todo esto en no más de 15 a 30 segundos por página. En la práctica yo les digo a mis estudiantes: ¡Muchachos tienen exactamente 30 segundos para decirme qué hay en este texto! Los niños no tienen más opción que simplemente aprovechar todas las fotos, títulos y elementos destacados del texto y decir, “ah esto es acerca de los volcanes, un volcán haciendo erupción, una ciudad en ruinas, vi algo de esto en el Discovery Channel sobre el Vesubio y Pompeya, etc”. En la práctica, lo que está haciendo ese niño es un proceso mental para juntar la mayor información posible sobre lo que va a leer. Activan el cerebro, colocan en contexto y ponen a su disposición todas las ideas y asociaciones previas acerca de los volcanes en este caso. Una vez realizado el escaneo, les digo “ahora lean el texto”.

Pensemos. Ese niño que hizo ese proceso previo y que sólo se demoró 30 segundos en escanear, ¿tiene más o menos posibilidades de comprender que el que no lo hizo? Por supuesto que más. Simplemente está utilizando su cerebro como realmente funciona. Está reemplazando el rol de la primera lectura en mucho menos tiempo en una forma más entretenida y creativa.

Escanear es una de las técnicas que yo más recomiendo para mejorar la comprensión en los niños y jóvenes. Mi consejo es que apliquen esta herramienta en sus hijos desde que son pequeños. Enséñensela especialmente a los universitarios, ellos necesitan cubrir rápidamente mucha información, ni se imaginan los resultados que hemos logrado.

¡Vamos que se puede!

Fuente: Aprendizaje inteligente

15 de junio de 2013

Educar en la tolerancia

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Educar en la tolerancia y en la aceptación de la diversidad es uno de los valores que debiera ser central en los objetivos educativos de la familia y del contexto escolar, ya que el no respeto a las diferencias es la causa de injusticia, de sufrimiento y de mucha violencia en la infancia y en la adolescencia.

Los niños son educados desde pequeños, a través de diversos mecanismos, en los sistemas de creencia de la familia. En forma explícita o implícita los adultos le van traspasando a sus hijos los valores que les parecen esenciales. Esta actitud que es necesaria y básicamente correcta, si no va acompañada de un valor fundamental que es el respeto a las ideas de los otros, puede llevar a que los niños tiendan a asumir una conducta fundamentalista en relación a sus valores, que puede llevarlos a tener actitudes, contra los que piensan diferente.

Grandes guerras en la humanidad y episodios terroristas, han tenido su origen en diferencias ideológicas, donde el que piensa diferente no sólo es alguien con quien no estoy de acuerdo, sino que se constituye en mi enemigo. Mahatma Gandhi, uno de los grandes ideólogos de la no violencia, decía: “La violencia es el miedo a los ideales de los demás”.

Esta sentencia de un hombre tan reflexivo y profundamente pacifista me hace pensar, ¿cuán importante es el valor de la tolerancia, en las familias, al momento de educar a los niños?: Ciertamente Gandhi sabía de discriminación, ya que fue víctima de ella por su origen hindú, en los años de su infancia que vivió en Inglaterra. Además la India, su país de origen, es una nación cruzada por diferentes religiones, y en la cual el sistema de castas es todavía muy fuerte.

Desafortunadamente, en el trabajo en colegios y en la atención clínica de niños que son discriminados por sus iguales, es posible apreciar que -a pesar de lo globalizado que se encuentra el mundo-, en nuestro país, la actitud de los niños chilenos hacia lo que es diferente es de una profunda discriminación, quizás mayor que la que se ve en otros países del continente.

En el colegio son victimizados los niños que son percibidos diferentes racial, social y físicamente por sus compañeros, produciéndoles una gran cuota de sufrimiento.

No basta que los padres no tengan actitudes despectivas o arrogantes frente a las diferencias, es necesario ir más lejos y cuidar el lenguaje que muchas veces puede ser discriminatorio con las diferencias. Por ejemplo, hay que tener cuidado con los chistes que se les cuentan a los niños, muchos de ellos son en general abiertamente discriminativos y constituyen estereotipos llenos de prejuicios. Es como sostener que todas las personas de una nacionalidad o de una raza, tuvieran una característica negativa que sería más marcada que todas las cosas positivas, y es como que todas las personas de un grupo fueran iguales. Los prejuicios se transmiten como una especie de contagio afectivo y son la máxima expresión de la intolerancia. Quien juzga a otro desde lo negativo se coloca en una situación de superioridad y coloca al otro en una posición de inferioridad.

Cada día más se avanza hacia un mundo en que en lo cotidiano se convive con personas de diferentes orígenes y valores. Para lograr una convivencia pacífica y nutritiva, es necesario que los niños aprendan a valorar el aporte de las otras culturas. Cuéntele a sus hijos e hijas, cuentos de niños de otras culturas, llévelo a conocer templos de otras religiones, que no sean la suya. Muéstreles su manera de vestir y comer, valorando su aporte. Aprecie, por ejemplo, el mérito de las etnias originarias. Abra el corazón y la mente de su hijo a la humanidad, así estará ayudándole a construir un mundo mejor, donde hay cabida para las diferencias y se valora el aporte de todos en la construcción de un mundo mejor.

Neva Milicic

26 de mayo de 2013

Bajo presión

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Carl Honoré es el escritor escocés que con su libro “Elogio de la lentitud” influyó en el nacimiento y la extensión mundial del movimiento SLOW.

Años después, y a raíz de una experiencia personal con su hijo al que diagnosticaron “superdotado artísticamente”, pero que se negó a asistir a academias especiales y optó sólo por disfrutar dibujando, el autor emprendió un viaje de dos años por toda Europa, América y Asia analizando la situación de la infancia en la actualidad.

Visitó colegios, guarderías, clubes deportivos, laboratorios y ferias de juguetes; se entrevistó con profesores, entrenadores, concejales, publicistas, policías, terapeutas, médicos y muchos expertos en desarrollo infantil, habló con cientos de padres y de niños, y seleccionó las últimas investigaciones científicas.

Y el resultado de ese trabajo se titula “Bajo presión: cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente” y es un toque de atención y una denuncia al “SECUESTRO ACTUAL DE LA INFANCIA” en un mundo consumista y perfeccionista, pero alejado diametralmente de las verdaderas necesidades de los niños.

El libro no es un manual de crianza ni de educación, sino una radiografía de la situación actual, un alegato en favor del sentido común a la hora de criar a los hijos, de la importancia de la PRESENCIA de los padres, pero ocupándose y no preocupándose por los niños, y un llamamiento a frenar la presión social y los mensajes confusos de la industria publicitaria y de los medios de comunicación que no buscan la felicidad y libertad de los pequeños, sino su adoctrinamiento.
“La pérdida de confianza en la capacidad de educar a nuestros hijos sin recurrir a los manuales. En realidad, todos conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, pero la cultura del perfeccionismo nos insiste en que en algún sitio hay una receta perfecta para educarlos, y eso es un mito, una mentira”

“La ONU advierte de que uno de cada cinco niños sufre algún desorden psicológico, y en Gran Bretaña cada 28 minutos un adolescente trata de suicidarse”
A continuación explicamos las 11 IDEAS PRINCIPALES de Bajo Presión:

1. Exceso de perfeccionismo y de vanidad en la educación. Se busca llenar la agenda de los escolares hasta límites abusivos de clases extra-escolares, deberes y actividades con prestigio que solo cansan y “machacan” a los niños y que, en muchos casos, refuerzan el ego de los padres que proyectan en ello posibles frustraciones personales.

2. Exceso de academicismo (hemisferio izquierdo) y poco espacio para trabajar las emociones y la libertad personal de los pequeños (hemisferio derecho).

3. Crítica a los materiales pedagógicos que prometen “genios”: tema que posteriormente se ha confirmado con el reembolso masivo de dinero a los compradores de “Baby Einsten” en EEUU.
“El mito central es que si una cosa es buena para el niño, más y más pronto es mejor. El famoso efecto Mozart (unos investigadores averiguaron en los años 90 que escuchar música de Mozart mejoraba el razonamiento espacial de los universitarios) inundó las guarderías de música de piano, incluso los hospitales del estado de Georgia enviaban a todos los bebés a casa con un CD con piezas de Bach y Mozart. Resulta que ese efecto no dura más de 20 minutos y no hay prueba alguna de que afine el cerebro de los bebés”
4. Reivindicación del papel del JUEGO como prioritario para aprender a vivir: un discurso similar al que vimos con el experto Francisco Tonucci en “Se aprende más jugando que estudiando”.
“Los juguetes educativos que prometen muchos beneficios cognitivos al coste de 50 o 90 euros. Se ha demostrado que el juego básico, puro, sencillo, que hace un niño con un lápiz y un papel o una caja de cartón es mucho más fértil, sano y útil para su desarrollo cerebral. Pero hemos comprado la idea de que para que las cosas sean buenas tienen que costar más dinero, ser sofisticadas y llevar una marca. Existe una cierta arrogancia en esta generación, creemos que el mundo ha cambiado y que tenemos que cambiar la infancia”.
5. Denuncia feroz al marketing infantil que seduce y confunde a los niños a edades realmente precoces y que condiciona su comportamiento.
“El consumismo ha entrado sigilosamente en cada rincón de las vidas de los niños, algo que parecía intocable. Sólo el simple hecho de dormir en casa de una amiga se ha convertido en estos momentos en una oportunidad para empresas publicitarias como la Agencia de Inteligencia Infantil, que patrocina fiestas en las que las adolescentes prueban nuevos productos y rellenan cuestionarios. Los trabajadores de McDonald’s visitan los hospitales para entregar a los niños juguetes y globos, así como folletos para promocionar su comida. Juntando estos datos, estimamos que muchos niños ven hoy día unos 40.000 anuncios al año”
6. Elogio al modelo educativo finlandés por sus resultados positivos, por retrasar la escolarización, por no tener deberes, por la formación de sus profesores y por la colaboración entre todos los estamentos sociales.
“El sistema finlandés antepone las necesidades de los niños a los ambiciosos deseos de padres y burócratas; tiene sus puntos débiles, pero demuestra que los niños que empiezan en el colegio formal con 7 años pueden ser muy exitosos, no hace falta que empiecen en párvulos”

“Sí, pasan menos horas en el colegio que cualquier otro sistema en el mundo, tienen menos deberes, y otra forma de evaluar el aprendizaje, basada en la autoevaluación y los informes de los profesores, que son muy elaborados. Fuera del colegio no existe la industria de clases particulares, por tanto los chicos tienen mucho más tiempo para relajarse y también para procesar lo que han aprendido en el aula. Los maestros tienen una formación genial y los padres y los burócratas les tienen confianza, no tienen que estar pendientes de lo que dice el Ministerio de Educación en cada momento, tienen libertad para trabajar con sus alumnos. Está muy bien que los alumnos aprendan tecnología suficiente e idiomas para enfrentarse al mundo, pero lo más importante es crear niños y luego adultos con pasión por aprender, descubrir, seres humanos completos.
7. Crítica a la cautividad a la que se somete a la infancia-juventud que va “de casa al cole atada en el coche” y a la que no se le permiten juegos de expresividad como antaño, lo que favorece el exceso de sendentarismo y la obesidad.

Esta estricta supervisión llega al extremo de que algunos padres controlen al milímetro la vida de adolescentes y universitarios: elección de la carrera, instalaciones, trabajos, etc. El autor los llama “padres helicópteros” que planean sobre sus hijos asfixiando su capacidad de decisión, la conexión con su interior y la inmadurez.
“Cuando los adultos controlan al milímetro la infancia de los niños, éstos pierden todo lo que da satisfacción y sentido a la vida: pequeñas aventuras, disfrutar del sentimiento anárquico, viajes secretos, juegos, contratiempos, momentos de soledad e incluso de aburrimiento. Sus vidas se convierten en extrañamente sosas, sin logros personales y en cierta medida aburridas y artificiales”

“Sí, las preocupaciones sobre la seguridad de los niños han llegado al paroxismo. Otra escuela de enseñanza primaria de Attleboro, Massachussets, concluyó que el corre que te pillo suponía un riesgo para la salud y lo prohibió, le imitaron varios colegios. En muchas escuelas de Canadá y Suecia se han prohibido las peleas con bolas de nieve por cuestiones de seguridad. Profesores de todo el mundo informan de que, cuando las clases se van de excursión al campo, algunos padres les siguen en coche para asegurarse de que el pequeño está bien”
8. Burla al exceso de manuales y consejos de educación tipo Super Nanny porque hacen perder la confianza de los padres en sí mismos. Aquí habría que matizar o profundizar, porque en un mundo donde el instinto está muy atrofiado y el conocimiento social de las necesidades de los bebés/niños pequeños es escaso y equivocado, acceder a unos buenos libros/referencias de crianza puede ser útil e importante.

9. Denuncia de la MEDICACIÓN INFANTIL y la pandemia de consumo de Ritalin, la mejor metáfora de este secuestro de la infancia al que se refiere el autor en toda su obra.
“Hemos profesionalizado la paternidad, todo muy bien intencionado, pero no funciona. Para mantener el ritmo de ese exceso de actividad y exigencias sociales, los niños acaban medicados. El famoso Ritalin, un psicotrópico para frenar la hiperactividad, ha llegado a niveles epidémicos (más de seis millones de niños lo consumen en EE.UU.). Y hay un dato relevante: la depresión, la ansiedad infantil, el abuso de drogas y el suicidio son fenómenos más comunes en las clases adineradas que en las clases más humildes”

“A muchos niños se les diagnostica déficit de atención e hiperactividad por motivos equivocados: en la actualidad, antes que cambiar el entorno donde vivimos, preferimos alterar nuestros cerebros para que se adapten al entorno. Consideramos la timidez, la tristeza, la duda, la culpa o la ira como enfermedad en lugar de rasgos inherentes a la condición humana. De hecho, cada vez más padres llevan a sus hijos de uno o dos años al psicoterapeuta para que les curen las rabietas”
10. Defensa de que los padres pasen MÁS TIEMPO con sus hijos, una demanda imprescindible que se extiende entre los profesionales y los padres como vimos en este manifiesto.

11. Defensa del SENTIDO COMÚN, la flexibilidad, el amor, el respeto y la toma de conciencia de que nuestros hijos no son “trozos de barro a los que moldear” a nuestro gusto, sino personas a las que acompañar en la vida. En este sentido, nosotros aconsejamos la lectura del libro gratuito de Cristina Romero “Pintará los soles de su camino”.

En resumen, un buen tirón de orejas a una sociedad que navega con la brújula estropeada y que muestra con su “niños hiperactivos, deprimidos, obesos, violentos e insatisfechos” que ha llegado el momento de cambiar de rumbo.
“Hay que recuperar la confianza, dejar de lado el ruido, el pánico de fuera y buscar nuestro propio equilibrio. Todos los padres tienen la sensación de que están en la locura, pero todos tenemos miedo de dar el primer paso: “Si yo reduzco la presión, mi hijo fracasará”, así que es bueno conversar con otros padres y sumar. Pero mi conclusión es optimista, nos estamos dando cuenta que hemos perdido el norte y de que ha llegado el momento de agarrar el péndulo y devolverlo al centro”
Extraído de El blog alternativo

22 de mayo de 2013

Diez errores que cometemos al educar a nuestros hijos


1. No escuchar al niño: es bastante habitual que en muchas ocasiones no les demos tiempo suficiente a explicarse o a expresarse, cortándoles o siendo autoritarios o dando por hecho ya lo que nos van a contar sin darles la oportunidad para ello. Déjalo hablar, ten paciencia.

2. No reconocerle sus virtudes o puntos fuertes: parece que muchas veces solo nos fijamos en sus fallos o defectos para intentar corregirlos, y sin embargo nos olvidamos de alabarle las cosas que hace bien o sus puntos fuertes. El halago es un arma muy fuerte en su educación.

3. Hay que respetar su personalidad: cada niño es único y diferente. No tenemos por qué educarle para que haga lo que el resto de los niños. Cada uno elige su camino, sus objetivos y propósitos, por lo que no todos los niños deben ser iguales.

4. Sobreprotegerles: es un error bastante común. La sobreprotección se produce por el temor de los padres a que le pase cualquier cosa al niño, desconfiando de su propia valía y acarreándole unas serias consecuencias. Hay que darle autonomía en su justa medida.

5. Acostumbrarles a que les hagan todo: son aquellos padres que hasta les siguen partiendo el filete cuando el niño tiene 9 años… A los niños hay que enseñarles a valerse por sí mismos, tienen una edad para aprender cada cosa, y cuanto antes lo aprendan mejor, sin apresurarse tampoco, claro.

6. Gritarles: por desgracias recurrimos al grito más de lo que debiéramos en muchas ocasiones. Los gritos les acarrean muchas consecuencias negativas.

7. Cuando hay hermanos, intentar educarlos igual: una cosa es que al haber hermanos intentemos transmitirles los mismos valores, que es lo correcto, y otra cuestión es que intentemos que sean iguales en todo, que no es correcto. Como ya os he indicado antes, cada niño es distinto, y se debe educar en la individualidad. Un hermano tendrá unos puntos fuerte y otros débiles que habrá que corregir, y en otro hermano habrá otras cuestiones a limar.

8. Compararles: algo a lo que recurrimos constantemente. Mira tu hermano como…, si fueras como tu primo que…, mira Luis tu amigo lo bien que… Debemos evitar las comparaciones, cada niño es de una manera, y a lo mejor otro es mejor en esto o aquello, pero tu hijo lo será en otra cosa. Ellos ya saben compararse y usar sus propios modelos, no debemos atormentarles con continuas comparaciones todos los días.

9. No limitarlo en cosas sin verdadera importancia: está claro que si tu hijo te hace un buen dibujo en la pared de casa no está bien y te vas a enfadar, pero sopésalo, piensa si el dibujo es bueno, si es más importante la pared o la creatividad de tu hijo… No lo grites, corrígelo y dale los medios para que haga sus creaciones en el lugar adecuado. La creatividad, la imaginación y darle cierto margen de actuación, es muy importante para que tu hijo aprenda, explore y descubra poco a poco sus intereses, capacidades y limitaciones.

10. No comunicarnos: da igual la edad y el tema. La cuestión más importante a la hora de educar a un niño es hablar con él y que él hable contigo. De sentimientos, de temores, de dudas, de amistad, de sexo… una buena comunicación creará un buen vínculo entre padres e hijo.

La imagen es del blog Mamá pata y sus patitos

10 de mayo de 2013

La educación de los niños

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En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.

Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

Gustavo Martín Garzo. Publicado en  El País

8 de mayo de 2013

Ser padres o ¿ejercer de padres?

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Es habitual que en reuniones en las que padres y madres hablan sobre sus hijos alguien en algún momento lance esa especie de mantra: “Qué difícil es educar a los hijos”. Y a partir de ahí… que si “no tienen manual de instrucciones”, que si “nadie te enseña a ser padre”, que “cuando son chicos tienes que estar todo el día pendiente, y cuando son grandes los problemas crecen”, que “la sociedad cada día está peor”; también se escucha el consabido “antes era más fácil”, y la estrella es ” una buena bofetada a tiempo“. Otros que “si es que no puedo con él” para terminar con un esperanzado, pero pasivo, “a ver si pasa el tiempo y madura un poco…”.

No sé si estaréis de acuerdo conmigo en lo siguiente: existe una clara diferencia entre cuando “somos padres” de cuando “ejercemos como padres”

Ser padres consiste en esperar que, como eres el padre, los hijos son los que tienen que hacer el esfuerzo para ir aceptando todo aquello que les inculca en el ambiente familiar; en cambio, ejercer de padres supone aceptar el reto de que la educación de nuestros hijos requiere en muchos momentos de nuestra vida un esfuerzo constante, una brega, una lucha… en la que el protagonismo la tenemos los padres.

Personalmente creo que Educar consiste en mostrar a nuestros hijos cómo nuestras creencias, nuestras ideas, nuestros valores, nuestras maneras de sentir, nos llevan a comportarnos de la manera en que lo hacemos. Y lo hacemos con el deseo que esto les ayudará a aprender comportamientos para integrarse en el mundo en el que estamos viviendo.

Los padres cuando educamos somos, por tanto, guías y, además, queramos o no queramos, y en todo momento, también somos modelos, modelos a imitar o modelos a criticar.

Nuestros hijos necesitan guías claras de comportamiento, necesitan ser guidados y para ello es imprescindible establecer unas reglas y unos límites en sus comportamientos.

Igualmente necesitan tener claridad en lo que es tolerable y claridad en lo que no lo e,s y eso debemos proporcionárselo nosotros como padres y madres que ejercemos esa tarea. Esto no lo pone en duda nadie. Desde esta óptica, no es que educar sea difícil, lo difícil es que todos nuestros hijos acepten a rajatabla y a la primera, los modelos y las guías de conducta que configuran nuestro arsenal educativo.

Cuando los padres ponemos límites pueden pasar dos cosas:
  • Que los hijos, más o menos convencidos, los acepten y los cumplan. Con lo cual nosotros entonces creemos que esto de educar “funciona” y que, además, nuestros hijos son unos estupendos hijos.
  • Que los hijos los cuestionen, o directamente, los incumplan. Con lo cual nosotros creemos que esto de educar es difícil, y que hay que ver los hijos lo rebeldes que son, que carácter han heredado (por lo general de la parte contraria) , y que algo estamos haciendo mal.
Los padres, cuando ejercemos de padres, solemos estar más preocupados por los resultados que ocupados en mantenernos firmes, seguros, constantes y confiados en lo que como padres estamos haciendo.

Los padres, cuando ejercemos de padres, educamos, sabemos por qué hacemos lo que hacemos, y debemos de considerar como una consecuencia lógica, que algunos de nuestros hijos se resistan a seguir nuestras guías.

Educar no sólo es una mera propuesta de intenciones, es una manera de actuar, una manera de relacionarnos con nuestros hijos, de comunicarnos con ellos. Y en todos los procesos de interacción y comunicación surgen conflictos.

Y con los hijos se tienen conflictos, inevitables conflictos, numerosos conflictos, diversos conflictos. Los conflictos hay que entenderlos como algo natural, algo que forma parte de las relaciones con nuestros hijos. Y sobre todo, son una estupenda oportunidad de enseñar a nuestros hijos maneras eficaces de afrontarlos.

Nuestros hijos son y serán, en gran medida, lo que ellos decidan ser. Nosotros, como padres, con mucho amor, con normas y con límites, con confianza, y con mucha paciencia, les enseñamos todo aquello que creemos que les ayudará. Eso es ejercer de padre. Eso es lo que está en nuestras manos. Y eso es lo que tenemos que preguntarnos… ¿Soy padre? y ¿Ejerzo de padre?, ¿qué modelo de padre?.

Hay una preciosa poesía de Kavaffis, que se llama Ithaca, que bien puede ser una metáfora de lo que supone educar, un viaje, donde el objetivo no es llegar pronto a la meta sino disfrutar del camino.

Por Carlos Pajuelo. No os perdáis su blog, que no tiene desperdicio: Escuela de Padres

29 de marzo de 2013

Este niño no se concentra

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Incúlcale el hábito
Nuestro cerebro realiza con menos esfuerzo las tareas que se repiten con frecuencia, así que con un horario fijo aparecerán tanto las ganas como el rendimiento. Si carece de ese hábito, enséñale que durante dos minutos estudie lo más concentrado posible (sin hacer ni pensar absolutamente nada más, ni siquiera levantar la cabeza), que luego se relaje respirando profundamente, y que vuelva a la carga. Piensa que 10 veces de dos minutos equivalen a 20 minutos de trabajo concentrado.

Explícale las ventajas
Enseguida se dará cuenta de ellas: mayor eficacia en el mismo tiempo; más satisfacción personal; Más tiempo de ocio, mejores notas...

Evítale distracciones
Acostúmbrale a que cuando se distraiga apunte el motivo: le llamaron al móvil, se fue a ver los deportes, aprovechó tu ausencia para conectarse al Messenger, etc. Será más fácil ponerles remedio.

Planifícale el estudio
Los buenos estudiantes no son generalmente los más inteligentes, sino los que saben aplicar un buen método de estudio. Determinadas horas de codos diarias -y desde el primer día-, repasos periódicos, esquemas-resúmenes, anotación de dudas...

Enséñale a tomar apuntes
Las reglas básicas son: no copiar de forma literal todo lo que dice el profesor sino las ideas esenciales; y repasar esa misma tarde para ver si se entienden y están completos. Deben ser personales (no fotocopiados del compañero) y comprender lo que se dice.

Controla su lugar de estudio
Debe ser siempre el mismo. Una habitación bien ventilada con temperatura equilibrada, luz natural y foco en la mesa con bombilla azul. También debe ser silenciosa. Intenta que la mesa sea amplia y la silla con una altura que permita apoyar los pies en el suelo.

Supervisa sus deberes
Debe hacerlos a diario para ir asimilando lo que se explica en clase. ¿El orden? Que comience por las tareas medianamente difíciles, que siga por las que más le cuestan (cuando rinde más) y termine con las más fáciles (cuando está más cansado). Los descansos regulares son muy necesarios: se recomiendan unos cinco minutos cada hora para salir del cuarto, estirar las piernas y hacer algo que le relaje.

Ante un nuevo tema
Debe tomar un primer contacto leyendo el índice de la lección, hacer una valoración global de su contenido y analizar su dificultad. Luego debe leer la lección para entenderla y quedarse con las ideas principales ni subrayar ni memorizar. Luego debe leer cada epígrafe, subrayarlo y estudiarlo. Hasta que no lo domine no debe pasar al siguiente.

Anímale a hacer resúmenes y esquemas
En ellos recogerá los puntos clave de cada lección y elaborarlos le mantendrá ocupado, centrado y realizará un esfuerzo de tesis que facilitará su memorización.

Empújale a leer rápido
Los pedagogos lo recomiendan porque predispone a prestar más atención, debe evitar la vocalización (tanto oral como mental), la relectura y fijar demasiado la vista en cada palabra. Por el contrario, debe concentrarse en las palabras con significado (sustantivos, verbos, adjetivos y adverbios) y buscar en el diccionario las palabras que no haya entendido.

Subraya
Un buen subrayado acompañado de notas a los márgenes ahorra también mucho esfuerzo, a condición de que sólo resalte los datos relevantes (palabras o frases claves). Conviene emplear sólo dos colores. El subrayado aumenta la concentración, ayuda a evitar distracciones, ordena las ideas, facilita el repaso y con un sólo golpe de vista permite ver lo que más te interesa.

Memorizar es la clave
Implica tres frases -registrar, retener y recuperar- y sólo lo conseguirá si está interesado. Aparte de la repetición, puede recurrir a las llamadas reglas mnemotécnicas: en Ciencias por ejemplo, si se debe recordar una fómula compuesta de carbono, nitrógeno y neón, se puede memorizar como CNN. Otra alternativa consiste en construir una historia o inventar una frase en la que se incluyan todos los elementos que se deben memorizar.

Con la colaboración del Gabinete de Psicología y Pedagogía Rosa Serrate.

Para saber más
Ayúdale a estudiar, Rosa Serrate (Ed. Laberinto)
Aprender a estudiar. Técnicas para enseñar a los niños a concentrarse en los estudios, Úrsula Rüker-Vennemann (Ed. Oniro)
Enseña a tu hijo a concentrarse, Jeremy Schlosberg y Lee Hausner (Ed. Oniro)
Cómo estudiar con éxito, Bernabé Tierno (Ed. Grijalbo).

22 de enero de 2013

Educar es dar alas


Cuando empieza a surgir en nosotros el "gusanillo" de tener hijos nos imaginamos cómo será el niño o niña, nos ilusionamos con su futuro rostro... y empezamos a preocuparnos por cómo lo atenderemos. Hay quien empieza a buscar con quién dejarlo cuando se incorpore al trabajo. Otros con el paso de los meses renuncian a su trabajo o pide una excedencia para estar con el niño el mayor tiempo posible. Están los que leen libros antes del nacimiento porque quieren saber cómo hacer con la alimentación, el sueño, los juguetes, los pañales, la lactancia.

Por lo general un embarazo y posteriormente un bebé suponen una revolución, una revolución para la que no solemos estar preparados porque ¿quién puede estar listo para dar un vuelco a su vida y a su corazón?

Muchos evolucionan personalmente o descubren nuevas facetas de su persona con la maternidad o paternidad.

Y a medida que crece la criatura empiezan las preocupaciones por otras cuestiones como la educación, el futuro que lo espera, a qué se va a dedicar, qué valores queremos transmitirle...

Afortunadamente muchas personas descubren, en la relación con sus hijos, conductas, costumbres, modos de comunicarse, que vivieron en su infancia y que guardan como un tesoro o que no quieren repetir. Porque ya tenían claro qué querían evitar y porque estban abiertos a evolucionar y la relación con sus hijos remueve constantemente emociones escondidas de la infancia.

El reto siguiente es entender, y después vivir, que nuestros hijos no son una propiedad nuestra, que no están para cumplir nuestros planes. Solucionamos sus necesidades cuando aún no pueden hacerlo por sí mismos. Y seguimos haciéndolo con el paso de los años, cuando ellos sí están preparados para el autocuidado, en lugar de darles recursos para hacerlo por sí mismos. Esta tarea con el tiempo se nos vuelve una carga, de la que no podemos deshacernos porque la necesitamos para dar sentido a nuestra vida o a nuestro papel como progenitores responsables. Sin embargo, acabamos pasando la factura a nuestros hijos por todo nuestros esfuerzos diarios en su cuidado. Entonces empezamos a pretender que en su vida cumplan con lo que creemos mejor para ellos y los alejamos de aquello que nos da miedo.

Existen muchas creencias sobre lo que debe ser la vida para que ésta sea plena y feliz, útil y válida. Creencias basadas en mensajes que nos repitieron desde niños y que se han convertido en la base de nuestro estilo vital, de lo que se puede y no se puede hacer, de lo que debemos y no debemos hacer, de cuales son las profesiones a las que podemos dedicarnos, de hasta dónde podemos llegar en nuestro desarrollo personal. Y con estos falsos patrones, con esta hoja de ruta interna vamos moldeando las experiencias que hacen nuestros hijos, las expectativas que tenemos sobre ellos, para qué vivir o qué es lo adecuado para su vida y su persona.

Sin embargo, educar no es moldear ni dirigir, ni mucho menos manipular o coartar. Educar es dar alas. Es apoyar y creer, estimular a nuestros hijos, acompañarlos en sus proyectos y confiar en su intuición y sus gustos. Y dejarlos soñar, y soñar con ellos. Más allá de nuestra cuadriculada visión de la vida, de para qué son válidos o de cómo tienen que organizar su existencia.

Os propongo que veáis esta entrevista a Albert Casals, un joven de 21 años que con 14 empezó a viajar solo por el mundo sobre su silla de ruedas. Un chico sin movilidad en las piernas, con unas alas gigantescas.

Una ocasión para replantearnos el papel en la vida de nuestros hijos.

Maria Pilar Gómez San Miguel
Crianza en Familia
Publicado en Educarpetas
La imagen es de la galería de Flickr de Cristina^

10 de enero de 2013

La escolarización temprana

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Quiero entrar en este tema con más detalle, porque existe demasiada información falsa y conceptos equivocados sobre este asunto. La tendencia actual consiste en entregar a los niños cada vez más temprano al cuidado del Estado. 

En realidad, la mejor estimulación temprana consiste en la interacción entre el niño y sus padres.  Cuando el niño preescolar es separado de sus padres y del ambiente familiar conocido, sufre traumas que afectan todo su posterior desarrollo emocional e intelectual. Ya en el año 1975, el doctor Raymond Moore ha coleccionado los resultados de más de cien investigaciones científicas hechas en diferentes países del mundo, acerca de los efectos de la escolarización temprana. Todos estos estudios confirmaron unánimemente que los niños que entran en la escuela más tarde (a partir de los ocho años), se desarrollan mejor. Los niños que habían sido educados en el hogar por un tiempo prolongado, por lo general mostraban mejores habilidades intelectuales, un mayor equilibrio emocional, y más cualidades de liderazgo.

La única excepción eran los niños que venían de hogares muy problemáticos. Pero aun en este caso no debemos equivocarnos: Así como el abuso y maltrato sucede en las familias, ¡sucede también en instituciones estatales! 

A menudo la escolarización temprana se justifica con la situación económica: "las madres tienen que trabajar". Pero nadie pregunta cuánto le cuesta al Estado la implementación de tantas escuelas infantiles y casas de niños, y más adelante la recuperación de tantas familias disfuncionales y niños dañados en su desarrollo. En realidad, la educación en casa es más económica para la sociedad. El doctor Moore menciona varios proyectos piloto donde se demostró que los educadores profesionales podían aconsejar a los padres acerca de la educación de sus hijos, en vez de juntarlos en un jardín de niños. No solo los niños se desarrollaron mejor, sino también el costo era menos.

Estos datos están disponibles por lo menos desde el año 1975, cuando apareció la versión original (inglesa) del libro del doctor Moore. Pero los ministerios de educación en los diversos países ignoran estos datos, y siguen moviéndose en la dirección opuesta. ¿Es esto solo ignorancia, o es tal vez un plan concebido para dar al gobierno el control total sobre las mentes de la próxima generación?

Por otro lado, los niños pueden aprender un montón de cosas de sus padres, de una manera informal y  natural. Aprenden a vestirse, a barrer, a lavar su ropa, a cocinar, a arreglar cosas en la casa, etc, mientras hacen estas cosas juntos con sus padres. El niño tiene una curiosidad natural que lo incita a explorar su medio ambiente, experimentar con lo que encuentra, y hacer muchas preguntas. Lo único que necesitan hacer los padres es responder a esta curiosidad, proveer al niño oportunidades para experimentar, y tomar en serio sus preguntas. (¡Estamos otra vez hablando del asunto de la comunicación!)

(La obra de los Moore, "Mejor tarde que temprano", contiene muchas sugerencias para actividades que estimulan el aprendizaje y que los padres pueden realizar de manera muy sencilla con sus hijos.)

Todo esto funcionará solamente si hay a la vez un cambio en la actitud de los padres. Los padres tienen que darse cuenta que ellos son los responsables de educar a sus hijos, no solo de delegar la educación a otras personas y después exigir "resultados" de ellos. No es lógico, como padre, exigir de manera posesiva que mis hijos sigan el camino que yo les estoy trazando, y a la vez de manera negligente dejar toda su educación en manos de otras personas.

6 de noviembre de 2012

La paz sobre la Tierra empieza en el vientre de la madre

Nacido su primer hijo, las cuidadoras se lo retiraron durante dos días. Con su segundo hijo se repitió la operación, pero esta vez se plantó como leona para reclamarlo. Hoy se sabe que el contacto madre-hijo desde el nacimiento es básico para la buena crianza del niño, y ella es una gran experta en educación infantil, cuyos saberes vierte en Infancia, la edad sagrada (La Llave), libro que sintió que era urgente escribir... al saber del suicidio del hijo de una amiga, un niño de diez años de buena familia. Mejorar el trato con la infancia mejorará el mundo más que ninguna otra política, afirma Evânia.

¿Qué es un niño?
Una persona con todas las posibilidades por desplegar, que podrá ser todo lo que quiera.

Fabuloso.
Si los adultos no lo impiden.

¿Boicoteamos a los hijos?
Los machacamos, les inyectamos complejos de inferioridad, les traspasamos neuras, les cortamos alas, segamos sus talentos, les impedimos desplegar todas sus posibilidades.

Quizá educar sea eso...
¡Discrepo! Educar es guiar, es formar sin castrar las potencias del niño.

¿Dejándole a su aire?
No. Contención, que no represión. Hay que fomentar en el niño su autorregulación: que aprenda a regular sus acciones en cada fase.

Poniendo límites, ¿no?
Las paredes del vientre materno son un cálido límite para el embrión. Los brazos paternos que le mecen son para el bebé un amoroso límite... Por tanto, hay contenciones, ¡pero con afecto y calidez y ánimo formativo!

¿Maltratamos a nuestros hijos?
¿Quién no ha abroncado a su hijo sólo porque en ese momento se sentía irritado, malhumorado? Nos vengamos en ellos de nuestros malos rollos, los humillamos, ¡y hasta llegamos a insultarlos!

Mujer…
Sí, sí: ¡los adultos somos muy cobardes! Lo que no osaríamos decirle o hacerle a un adulto en la calle o en el trabajo, ¡se lo decimos o hacemos a nuestros niños!

¿Tanto?
Los hogares albergan las mayores violencias consentidas.

¿Con qué consecuencias?
Fraguamos niños más inseguros, que no se valorarán, que tenderán a maltratarse o maltratar, a ser agresivos...

¿Cómo evitar eso?
Con conciencia: ayudarlos a autorregularse, evitando fustigarlos con nuestros brotes de rabia y fragilidades. Todo lo que hagamos o digamos debe tener propósito educativo. Pero claro, como es más fácil conducir a un niño reprimido que a un niño sano y libre... ¡tendemos a modelar a niños reprimidos!

¿Y cómo modelar a un niño sano?
Con la vacuna que la neurociencia nos confirma: cariño, afecto, amor.

¿Qué dice la neurociencia al respecto?
Que el afecto estimula la sinapsis, las interconexiones entre neuronas.

¿Sí?
¡Sí! De 0 a 1 año se establece en el cerebro humano el mayor número de interconexiones neuronales de toda su vida. Y se ha constatado que el amor de los padres y cuidadores, el cariño, el afecto expresado en caricias, besos, cosquillas, abrazos, pedorretas, achuchones... ¡fomenta las sinapsis, multiplica las redes neuronales!

O sea, que ese cerebro será más rico.
Tendrá mejores cimientos sobre los que levantar ulteriores capacidades. Haber sido mecido, acunado, besado, acariciado, amado, respetado... ¡te hará más inteligente! A más amor recibido, más inteligencia futura.

¿Qué se entiende por respeto al niño?
Tratarlo según lo que pueda esperarse de él en cada franja de edad.

Ponga un ejemplo.
De los 1,5 a los tres años, el neocórtex infantil es incapaz de procesar más de dos o tres prohibiciones. Si dirigimos 30 ¡noes! al niño... nos parecerá que nos desobedece 27 veces. ¡Y no es eso!

¿Y qué es?
Que no es capaz de grabar las órdenes. Y que decirnos ellos no es un primer paso de su autonomía personal, de perfilar su identidad: es, pues, algo saludable.

¿Y cuándo estará el niño en condiciones de entender los “noes”?
A partir de los 3,5 o cuatro años graban bien cualquier orden. Entonces sí hay que estar vigilante para evitar filiarcados.

¿Qué es eso?
Hay patriarcado (hegemonía del padre), matriarcado (de la madre) y filiarcado (del hijo): ¡busquemos mejor la heterarquía, es decir, que cada cual tenga un lugar!

¿A qué edad aparece en el niño la conciencia de género?
De los tres a los seis años se desarrolla la pulsión sexual a la par que la epistemofílica.

¿Qué pulsión es esa?
Curiosidad de saber, de conocer, de explorar: si reprimes la pulsión sexual de un niño, ¡reprimes su impulso de saber!

¿Qué hicieron mal sus papás?
Vivíamos en el campo y, por ignorancia, me pusieron a trabajar de muy niña, cargaron sobre mí altas responsabilidades familiares... Eso me ha hecho emprendedora, pero también sentirme imprescindible para el bienestar de los demás, cosa muy dañina...

El Gobierno español propone escolarizar a los niños desde su nacimiento...
Eso puede comprometer esa primera fase de formación de la persona, en la que el principal alimento es el afecto. ¡Alerta: la OMS anticipa que en 20 años la primera dolencia de la humanidad será la depresión!

Dígame que es optimista y que pronto mejorará la educación de los niños.
Seremos cada día más conscientes de la importancia de las primeras edades de la vida... o estaremos jugándonos el futuro de la humanidad. Nunca antes supimos tanto sobre la infancia: ¡si lo aplicamos, daremos lugar a la única gran revolución de verdad!

¿Sí?
Sí, la paz sobre la Tierra empieza en el vientre de la madre.

Entrevista a Evânia Reichert publicada en la Contra de la Vanguardia.

4 de noviembre de 2012

Cuidado con los niños modelo

Si bien a todos los padres les gustaría tener "niños modelos", de los cuales les fuera posible enorgullecerse por su excelente rendimiento y por su comportamiento ejemplar, hay que tener cuidado que los hijos no paguen una factura emocional excesiva por cumplir siempre sus deberes, o que se sientan excesivamente culpables cuando no logran el rendimiento esperado por sus padres.

El costo del perfeccionismo puede ser enorme y paralizante, porque el temor a equivocarse o a no hacerlo perfecto puede subir de tal forma la ansiedad, que terminará por limitar la capacidad de acción del niño o la niña.

Boris Cyrulnik, en su último libro "De cuerpo y alma", analiza una investigación de Fonseca y otros, presentado en París, cuyo título es "En qué se transforman los niños modelos". Los hallazgos plantean sorprendentemente que se encontró que los niños modelos se habrían convertido más frecuentemente en personas que presentaban cuadros ansiosos y depresivos que los niños que presentaban problemas en la infancia. La situación peor fue la de las niñas. La pregunta final que se hace Cyrulnik es "¿Ha exigido excesivamente la escuela pagando el precio de su placer de vivir? ¿Y es esta exigencia la que los hace transitar la vía de la depresión?".

El exceso de exigencias internalizado finalmente como autoexigencia hace ponerse varas tan altas, que para cumplirlas, el niño(a), tiene que poner una energía tal que puede hacerlo muy vulnerable a la ansiedad y a la depresión.

En relación a por qué las mujeres que fueron "niñitas modelo" tienen más ansiedad y depresión que "los niños modelos", que por supuesto también la experimentan, se han planteado diferentes hipótesis. ¿Puede ser que las mujeres tengan más obligaciones que los hombres y además menos postergables?, por ejemplo, las camas hay que hacerlas todos los días; a los hijos hay que alimentarlos a determinadas horas o llevarlos al médico cuando lo requieran. Se plantea que, adicionalmente, gran parte de la responsabilidad de las tareas domésticas recaen más sobre las madres.

Pero también se plantea la hipótesis que a las niñas se les toleran menos errores o pequeñas transgresiones. Por ejemplo, si una niña se ensucia cuando está jugando, es posible que se la envíe rápidamente a cambiarse ropa, en tanto que al niño se le tolerará más el que ande desastrado o sucio.

Otra hipótesis posible es que a las niñas se las aterrorice más con el medio ambiente, como una forma de protegerlas del peligro, pero que junto con ello se logra que conciba el mundo externo como un lugar más peligroso, en el que arriesgarse sea equivalente a una catástrofe segura, generando así ansiedades innecesarias.

Especialmente con los hijos modelos es necesario evitar que se sientan abrumados con lo que creen son las expectativas de los padres. No es infrecuente escuchar decir "me da miedo defraudar a mis padres".

Es necesario alentarlos a correr algunos riesgos, sin temor a la falta de éxito. Entregarles un mensaje explícito que aunque no te vaya bien te vamos a querer igual. Tolerar con humor cuando las cosas no resultan bien, de tal manera que los hijos aprendan por modelo que no por un afán de perfección ilimitado se va a perder la alegría de vivir. Enseñar que los contratiempos y la adversidad son parte de la vida, lo que no quita que se hagan esfuerzos para que las cosas resulten, pero que en toda empresa que se empieza hay riesgos de que las cosas salgan en forma diferente a lo presupuestado y no por eso se es menos querible.

Neva Milicic

19 de octubre de 2012

Fomentar el gusto por la lectura. Seamos curiosos


No conocemos ninguna receta que funcione, ni en todos, ni en la mayoría de los casos. Lo que sí podemos hacer es comentar algunas cosas que pueden ayudarnos a crear el gusto por la lectura.

Para empezar, deberíamos favorecer en nuestros hijos que sean curiosos, muy curiosos, que pregunten, miren, observen, toquen. Se harán preguntas, buscarán respuestas, querrán conocer nuevas historias, lugares, buscarán y buscarán; y en la lectura podrán encontrar lo que buscan. Esto los ayudará a que disfruten leyendo.

Para que lean deben sentir la “necesidad” de hacerlo; tienen que sentir que puede ser agradable, gratificante, íntimo, divertido, emocionante.

Conseguir esto no es nada fácil. Hay que intentarlo, y podemos ayudarlos. Tenemos que tener cuidado y mucha paciencia. A veces fomentamos lo contrario, que nos dejen tranquilos, que no molesten, que se estén quietos.

La lectura no debe competir con nada; ni con la TV, el ordenador, los juegos, los amigos, la piscina,... Si la planteamos en rivalidad con todo lo anterior, será un error y un mal comienzo. La lectura perdería seguro.

Debemos buscarles el momento o los momentos favorables. Hay algunos en los que puede haber una cierta tranquilidad, y ésos son buenos para leer (antes de dormir, la siesta…).

Es importante ayudarles a encontrar lo que les pueda gustar, y seguro que les gustan muchas cosas. Una visita con ellos a cualquier Biblioteca o librería (por pequeñas que éstas sean) nos sorprenderá por la cantidad de publicaciones que podemos encontrar en formatos de lo más variados y que, por supuesto, son muy atractivos para ellos y, si nos paramos un poco, también para nosotros.

Tenemos que introducirlos en este universo fascinante. Pero tienen que ser ellos los protagonistas. Que ellos busquen, elijan, disfruten, experimenten, jueguen, coloreen e, incluso, que los rompan. Antes un libro roto que nuevo y sin usar.

Nosotros podemos facilitarles y favorecerles el acceso. Que lleguen a los libros, a las lecturas, en cualquier formato: libros, tebeos, revistas, periódicos, ordenadores, tablets.

En nuestras manos está, desde bien pequeños, abrirles el abanico de posibilidades: mostrarles cuentos, leérselos, contarles historias, escuchar grabaciones, inventarlos, que los vean en la televisión, en el ordenador.

Cuando son pequeños, establecen una relación mágica con los libros y las historias, a través de los contadores de cuentos (padres, abuelos, hermanos), el juego, los teatros, las marionetas….

Con frecuencia, esta relación se trunca a medida que van haciéndose mayores. Les decimos: “niño, niña, lee, lee” y la lectura la vamos convirtiendo en una tarea más del colegio, una obligación y, a menudo, hasta en un castigo. Ése no debería ser el camino.

¿Cómo ayudar a nuestros hijos a encontrar algo que les guste y que se animen a leer? Difícil tarea, pero debemos intentarlo.

No a todos nos gusta lo mismo, y menos mal, si no ¡qué aburridos! ¡todos lo mismo!

Nos gusta pensar que lo que tenemos que hacer es algo parecido a llevarlos con frecuencia, una vez a la semana o al mes, a una buena confitería-pastelería.

Imaginemos infinidad de pasteles, tartas, bombones, golosinas, caramelos... en unas vitrinas preciosas. Ahora tenemos que elegir. ¿Elegimos igual cuando somos niños, adolescentes, adultos, abuelos? Pues, radicalmente, no.

En primer lugar, no todos los pasteles nos gustan a todos por igual. Además, nos gustan pasteles diferentes para cada momento. Hay temporadas que tomamos siempre el mismo y otras veces, no volvemos ni a probarlos.

Tenemos tartas de cumpleaños que nos gustan si las disfrutamos en familia y con amigos. Pequeños pastelillos que probamos y dejamos enseguida; no nos gustan, a pesar de que nos atraían misteriosamente desde la primera vez que los vimos. Hay otros que no nos apetecía probar pero que ahora nos encantan. Otros nos gustaban muchísimo de niños y ahora no los encontramos tan maravillosos. Pequeños bombones para saborear en pareja o grandes merengues para divertirnos, que terminan en la cara de nuestro amigo del alma.

Con los libros, la lectura, igual.

Llevemos a nuestros hijos a las confiterías-librerías-bibliotecas. Encontrarán algunos que los probarán/leerán, otros ni se prueban ni se leen, pero que los tengan accesibles, que puedan llegar a ellos y, en un momento dado, probarlos/leerlos o no. O, al menos, que sepan dónde los pueden encontrar.

Las golosinas-pasteles-libros de hoy no tienen nada que ver con los de hace unos años. Muchas son diferentes, pero no por eso las dejamos de probar, saborear y apreciar.

Todo cambia, pero leer sigue siendo leer. Que lean lo que quieran, como quieran y donde quieran. Pero que lean. Unas lecturas irán abriendo camino a otras. Hasta donde ellos quieran.

A los mayores nos cuesta hacernos a los sabores nuevos, pero son los de nuestros hijos, así que aprendamos a disfrutarlos también nosotros, para así disfrutar con ellos.

Seamos curiosos. Si somos curiosos, ellos tienen muchas posibilidades de serlo.

A ser curiosos se aprende y es uno de los grandes motores de nuestra mente y del progreso.

Así que ánimo y adelante, que tenemos un largo camino que recorrer con nuestros hijos, que podemos llamarlo de todo menos aburrido.

Blog de la Biblioteca del CEIP de Olivenza: http://olivenzabibliotecacolegiopublico.blogspot.com/

Laboratorio de lectura de la FGSR: http://www.lecturalab.org/story/Cuentame-un-cuento_2051

Cuentos para ver y escuchar: http://www.ducotedesfilles.org/es/anims/flashrose.html

Blog sobre literatura infantil: http://biblioabrazo.wordpress.com/

Página interesante para todos: http://leer.es/

Autor: José Enrique García Romero. Maestro de Educación Primaria y encargado de la Biblioteca Escolar. CEIP “Francisco Ortiz López”. Olivenza (Badajoz).
Extraído de la web de FAMIPED

15 de octubre de 2012

Tareas de la casa


Debemos enseñar a nuestros hijos que la colaboración en las tareas familiares ayuda y favorece a todos sus miembros. Como padres es importante que nos preocupemos de sus logros académicos, deportivos y sociales, pero igual de importante es la exigencia en la colaboración (no ayuda) de nuestros hijos en el hogar.

Es importarte enseñarles este aprendizaje desde pequeños; así, en la adolescencia, que es la etapa de la rebeldía, tendrán adquiridas estas rutinas y será más fácil que continúen ejecutándolas. Puede haber casos en que los padres no hayan enseñado a sus hijos la realización de tareas familiares; entonces, en la adolescencia, deberán hablar con ellos y razonarles por qué es importante su colaboración. Uno de estos argumentos es que es bueno para él y para los demás que ayude en la casa.

Lo primero que debemos hacer es descartar, desde el principio, la idea de que hacer tareas de la casa es “ayudar a mi madre”. Debemos enseñarles que no ayudan a la madre en esto, que ayudan a su madre cuando hacen algo que favorece exclusivamente a ella. Lo segundo hacerles ver que la “casa” es un ente más y que como tal necesita cuidados específicos y reglados por parte de todos. Cuando digan: –Es que yo ayudo a mi madre – les corregiremos y les diremos: –Esto lo haces por la casa, que es de todos y a todos nos favorece; no favorece a mamá, no es ayudar a mamá –.

Los adolescentes aprenden mucho realizando tareas cotidianas, desde el orden de la habitación hasta las tareas propias de limpieza, hacer la compra, cocinar, etc. Resultan tareas al principio complejas para ellos pero, con el tiempo y con el hacer continuo, se terminan dominando y automatizando, que es lo que hacemos los adultos.

En todo este proceso de aprendizaje se cometen muchos errores que, en la mayoría de las ocasiones, inquietan y molestan a los padres, sobre todo a la madre, porque nuestros hijos son lentos en la ejecución, porque realizan las tareas a medias, porque producen suciedad, porque nos hacen perder tiempo, porque pensamos que si lo hacemos nosotros quedará mejor, porque no confiamos en sus capacidades. Todos estos porqués son un error. Debemos dejarles tiempo para que lo hagan ellos; nunca debemos volver a hacer nosotros su tarea ya que lo que le estamos demostrando es que lo que ellos han hecho no ha servido para nada. Ellos deben aprender a hacerlo bien. Debemos descartar la idea de que hecho por nosotros queda mejor. Debemos dedicar tiempo a nuestros hijos, a enseñarles a hacer estas tareas pensando que lo harán bien, explicándoles cómo se hacen y confiando en su buena ejecución; con esto aprendemos a delegar responsabilidades. Los padres debemos tener paciencia, no criticar tanto lo que ellos hagan. Así aprenderán.

Otro de los errores que cometemos como padres en relación a las tareas de la casa es cuando nuestro hijo suspende. Entonces decimos: –Pobre, no puede con todo – y le “quitamos” sus tareas familiares para que dedique”todo” su tiempo a estudiar, y lo que conseguimos con esto es hacer un hijo caprichoso y consentido. Los adolescentes tienen capacidad suficiente para colaborar y estudiar.

Podemos pactar con nuestros hijos la colaboración en las tareas familiares. En este pacto participarán todos los miembros de la familia, responsabilizándose cada uno de lo que se asigne. El pacto se puede poner en un lugar común de la casa, como la cocina, y ahí quedarán registradas las responsabilidades de cada componente de la familia. Si los padres estamos detrás de nuestros hijos o les imponemos hacer una serie de cosas, entonces sólo estarán obedeciendo órdenes, sin ningún interés en colaborar. Por el contrario, si se pacta, ellos intentarán colaborar porque así nuestros hijos se darán cuenta que contamos con su apoyo. Cuando todos los miembros de una familia hacen cada uno las tareas asignadas, se consigue un mejor ambiente de convivencia.

Valga como ejemplo el planchado de su ropa. Debemos enseñarles que esta labor la realicen ellos. Actualmente nuestros adolescentes usan muchísima ropa. Esto es fácil si se deja claro como una norma familiar. Por supuesto, ningún adulto le planchará su ropa. Un buen momento para planchar es viendo la televisión. Ellos quieren ver programas y, en vez de estar tranquilamente en el sofá, se les exige que planchen.

La conclusión es que, cuando los padres hacemos todas estas tareas, estamos impidiendo que los hijos las hagan, estamos retrasando el desarrollo de sus capacidades, y la confianza en sí mismos disminuye, mientras que, si les enseñamos y tenemos paciencia, estaremos dándoles herramientas para el futuro, para ser personas más autónomas y responsables.

Gloria Pastor Blanco. Profesora de Secundaria. Colegio Nueva Castilla. Villa de Vallecas. Madrid.

Extraído del boletín FAMIPED.