Mostrando entradas con la etiqueta Crianza: respeto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crianza: respeto. Mostrar todas las entradas
14 de octubre de 2013
¿Bailamos?
Publicado por
Sol
Etiquetas:
Crianza: respeto,
educación: general
12 de octubre de 2013
Los malos hijos
Publicado por
Sol
Querida amiga, mamá del parque, vecina, prima, cuñada, señora en el autobús, cajera del supermercado……
Lo sé, tu hijo es mejor que el mío
Tu hijo no grita, ni corre, tu hijo se sienta a tu lado tranquilo y educado, mientras los míos berrean, y saltan y practican cual saltimbanquis de circo…
Tu hijo no pega, ni muerde, ni tiene berrinches….. seguro que esta mejor criado que el mío. Tu hijo no se ensucia, y si lo hace tu vuelas para limpiarle y volver a dejarle digno para la foto, los míos no, los míos vagan como cíngaros con las rodillas y los pies negros, despeinados y sonrientes.
Tu hijo se ha quitado el pañal solo, nunca ha tenido escapes y hasta sus cacas huelen mejor que las nuestras, que le vamos a hacer!
Tu hijo comparte con todos los niños, y juega en armonía y paz en el parque, los míos no, los míos si les quitas su juguete lo defienden con uñas y dientes, pese a que yo les hable de la urbanidad, intente educarlos y les adoctrine sobre la paz mundial….. Obvio que no lo hago bien…. Obvio también que el juguete es suyo y que tú -la buena madre- nunca te acuerdas de llevar nada para que juegue…. Tranquila mujer! Que para eso llevo yo el bolso lleno de chismes! Faltaría más!
Tu hijo come todo lo que le pones en el plato, y además eres tan buena madre que te sacrificas sin comer para darle cucharada a cucharada con paciencia y haciendo el avión los 375 gramos de puré que le tocan a las 12:30 exactamente….. Los míos no, los míos pican y malcomen lo que quieren con sus manitas, pringándose hasta las orejas mientras su mala madre -que soy yo- se ríe y come mientras les observa…. Es que pasar hambre no es lo mío….
Tus hijos nunca se pegan entre ellos, ni saben de celos ni regañinas, por supuesto!!! Los tuyos son los hermanos perfectos, desde el mismísimo primer día en que llegó a casa el hermano pequeño… Y en caso de que aun no tengas mas de un hijo no tienes de que preocuparte, porque eso jamás, jamás, jamás, te va a ocurrir a ti!
Querida amiga, mamá del parque, vecina, prima, cuñada, señora en el autobús, cajera del supermercado……
Lo sé, mis hijos son ruidosos, y maleducados, y malcriados, y consentidos, y sucios, y yo no los cuido como cuidas tu a los tuyos, ni me sacrifico como tú, ni los llevo con la cara limpia y la ropa perfecta recién planchados.
Lo sé, soy peor madre que tú, y no me importa, de hecho me alegra que el comparar te haga sentir bien, entre otras cosas porque yo no comparo a mis hijos con nadie, porque para mi, simplemente son perfectos tal y como son, y aunque como madre me queda aún mucho que mejorar, mis maravillosos, felices y preciosos niños me recuerdan todos los días que tan mal no lo estaré haciendo.
Tan solo te pido un favor, si has de volver a mirar a mis hijos despectivamente mientras piensas que los tuyos son mejores, procura que yo no esté cerca, porque esa mirada me ha partido el corazón, y es que yo no lo haría, ya ves, esta madre, aunque imperfecta gasta algo de dignidad, y sobretodo…. no escupas hacia arriba, no vayas a calcular mal la trayectoria y te caiga encima……
Por Noe del Barrio, publicado en Princesas y princesos
Etiquetas:
Crianza: respeto
10 de octubre de 2013
El agotamiento materno
Publicado por
Sol
Tres asientos delante de mí, en el tren de alta velocidad, viaja una mamá acompañada de sus dos hijos que cada vez se va poniendo más nerviosa. De repente, levanta el tono de voz y dice en tono amenazador:
- ¡Vas a cobrar!
Los demás pasajeros se miran, molestos… Nadie interviene. Ignoro lo que estarán haciendo los niños, pero el nerviosismo de a madre sube un grado:
- ¡Ya lo verás, vas a cobrar! ¡Te lo has ganado!
Decido abandonar mi lectura, y me acerco al trío:
- Se la ve nerviosa… ¿Necesita ayuda?
- No, gracias.
- Si…
Insisto con delicadeza.
- Sí, gracias, estoy agotada.
Me instalé a su lado para jugar un poco con los niños. Mi mera presencia ya los había calmado. La intervención de un tercero siempre suaviza las cosas, a condición, por supuesto, de que no se dedique a echar más leña al fuego…
Cuando estamos agotados, no podemos pensar en todo. A duras penas conseguimos atender lo más urgente. Aquella madre había conseguido colocar a sus hijos y el equipaje en el tren, había pensado en proveerse de comida y bebida, pero había olvidado coger algo para que se distrajeran. Estaba extenuada y no contaba con los recursos necesarios para distraerlos.
Violaine Guéritault dice: «Estaba llenando la lavadora mientras oía el ruido de fondo que armaban mis dos hijos al pelearse por enésima vez durante la mañana. De repente, se oyó un tremendo golpe seguido por los aullidos de mi hija. Y me quedé quieta, inmóvil, creo que pensé en algo así como “del suelo no pasa”, o “si grita, es porque aún está viva”. Entonces acabé de llenar la lavadora como una autómata. No sentía nada. Había dejado de pensar como una madre».
Era el detonante. Violaine Guéritault estaba preparando su doctorado sobre el burn-out profesional ("L’épuissement maternel et comnient le surrnonter", Violaine Guéritault, Odile J cob, 2004. Un libro de lectura imprescindible). Inmediatamente relacionó lo que acababa de vivir con su trabajo. En su oficio de madre, estaba atravesando por una fase de burn-out. ¡El agotamiento profesional no es exclusivo del mundo de la empresa, sino que también está presente en el hogar!
Los padres recién estrenados están expuestos a padecerlo. Todas las madres, hasta las que se muestran más serenas, tienen una vida cotidiana muy estresante. Una multiplicación de tareas repetitivas, poco o nulo reconocimiento respecto a su labor, horarios demenciales, un montón de situaciones que escapan de su control, imposibilidad de concentrarse en una tarea sin verse interrumpida al menos diez veces… ¡Las 24 horas del día y 365 día al año sin fecha de caducidad…! ¡Porque es imposible dimitir del oficio de madre!
Así pues, si los bebés son tan maravillosos… ¿por qué las madres se agotan tanto? ¿No será que la causa de su agotamiento resida, precisamente, en que no pueden quejarse de «lo maravillosa» que es su situación?
Violaine Guéritault establece la lista de los agentes estresantes en la vida de la madre:
- El trabajo materno implica volver a hacer mil veces las mismas tareas. Tiene que lavar y limpiar. Todo vuelve a estar sucio algunos minutos más tarde, privando a la mujer de ese sentimiento de tarea hecha que da sentido y energía al trabajo.
- Una madre vive numerosas situaciones sobre las que no tiene ningún control. Le gustaría ser capaz de proteger a su hijo de todo, pero a menudo se ve impotente. Y no sólo estamos hablando de accidentes o de percances que requieren hospitalización, sino también, en la vida cotidiana, de los cólicos del lactante, de los dolores de la dentición o de las picaduras de avispa…
- Si hay algo que caracterice a los niños pequeños ese algo es la imprevisibilidad. Por mucho que la madre se planifique el día, lo más seguro es que sus previsiones acaben patas arriba. Justo en el momento en que sale para encontrarse con una amiga, cuando va a colocar al bebé en el cochecito, se da cuenta de que tiene que cambiarle los pañales… Aunque usted sea muy organizada, su pequeño acabará desestabilizándole el horario. No es nada raro que, al llegar la noche, algunas madres, sintiéndose abatidas, lleguen a pensar eso de «no he hecho nada en todo el día».
- Todo trabajo merece recompensa… No obstante, parece que eso no se aplica al trabajo de madre. Se la idealiza y honra como es debido el Día de la Madre, pero en su vida diaria recibe muy poco reconocimiento por parte de los demás; para la gente, no hace más que cumplir con su deber.
- A todo ello hay que añadir que una madre no tiene derecho a cometer errores. Ella misma se pone el listón muy alto, y se desespera al comprobar la diferencia existente entre el modelo de lo que querría ser y lo que vive cada día.
En general, la mujer que se queda en casa se encarga de todos los quehaceres domésticos. En vez de intentar ayudarla para que no se canse en exceso, algunas veces el marido hasta espera que también se ocupe de él. «¿Una asistenta? ¡Ni pensarlo!», se dicen más o menos conscientemente las mujeres. «Si mi madre podía con todo, ¿por qué yo no?» Además, muchos maridos no ven la necesidad de ese gasto «ya que no tienes otra cosas que hacer durante todo el santo día».
Reconozcámoslo, es indudable que cuando el reparto de las tareas del hogar no está equilibrado, el amor que la madre siente por su hijo puede salir perjudicado.
¿Les parezco trivial? ¿Opinan que exagero? ¿O acaso son de los que creen que el amor de una madre no puede depender de la vajilla o del aspirador? ¡Pues yo afirmo que sí!
Demasiada ropa que lavar, demasiados suelos que fregar, demasiados platos que cocinar y lavar… Todo ello puede llegar a alterar la capacidad de amar de una madre.
De hecho, no es tanto la tarea en sí misma la que obstaculiza el amor como el sentimiento de injusticia. Una injusticia que rara vez se ve reconocida como tal. Una injusticia que se halla resumida en esta constatación cotidiana: cuando él le cambia el pañal al bebé, lo encontramos maravilloso, pero cuando lo hace ella, nadie la admira. Es lo «normal». Un hombre, que ejercía de padre de familia, un día me dijo: «Día tras día me doy cuenta de lo injustas que son las cosas para mi mujer. Si yo hago cien, me felicitan y me adulan, pero si ella hace mil, nadie lo ve». Este padre mostraba un grado de concienciación bastante excepcional tanto entre los hombres como entre las mujeres. Y hasta cuando dicha concienciación existe, lo normal es que la injusticia no desaparezca porque está grabada en lo más profundo de la sociedad. Con todo, también hay otros maridos menos sensibles que no consiguen ver el problema, y que hasta pueden llegar a desvalorizar, humillar y culpabilizar a sus mujeres cuando se quejan o no logran alcanzar sus objetivos.
En el hogar, muchas veces la mujer se ve obligada a reprimir la ira: la relacionada con la frustración, con la injusticia, y a veces que le provoca la herida que le inflinge un marido inconsciente cuando no poco delicado. Las mujeres que viven solas tienen tantas dificultades como las demás. El rencor que se mantiene en secreto es lo que impide que florezca el amor, y no la falta de un hombre.
La sociedad espera que las mujeres sepan ejercer bien su papel, como si fuera algo innato. Tienen fama de ser buenas profesionales, mientras que algunos hombres no pasan de ser considerados meros aficionados. Pero la realidad es que no saben mas que los hombres. Bien es verdad que las mujeres secretan las hormonas del afecto y que llevan el biberón integrado en su cuerpo, pero en sus genes no hay nada inscrito acerca de cuál es la mejor marca de pañales, de las vacunas o de las relaciones con los profesores. Por no hablar de que tienen que ir adaptándose continuamente. Con los hijos nunca puede darse nada por ganado: los niños crecen y cambian. Y no hay dos hijos iguales.
Al cabo de un cierto tiempo, la madre no puede más. Violaine Guéritault describe muy bien la primera fase del burn-out: el depósito de energía se vacía. La madre padece agotamiento emocional y físico provocado por la necesidad de ir adaptándose permanentemente.
Si la madre no encuentra ayuda ni apoyo, si no puede liberar su sobrecarga de estrés, corre el peligro de llegar con bastante rapidez al segundo estadio: el de la despersonalización y el distanciamiento.
¡Ella sabe que tiene que seguir funcionando pero no sabe cómo! Su única salida consiste en separarse inconsciente y emocionalmente de la fuente del estrés, con el fin de minimizar las fugas de energía y de continuar realizando, como un autómata, las tareas de las que no se puede librar. La madre agotada se ocupa de su hijo, pero sin afecto. Lo hace, y punto. Todas nosotras hemos pasado por esos momentos de completo agotamiento. Hacemos lo que toca que hacer: preparar la comida, vaciar la bañera, quitar la mesa y acostar a los niños, pero todo de un modo automático
Cuando el agotamiento nos invade, ese modo automático se vuelve permanente. La madre se aleja cada vez más de sus hijos. Ya no está afectivamente a su lado. Cuando una madre se siente sola cae en la depresión. Es cada vez menos eficaz, todo le pide un esfuerzo inmenso y pone en duda sus capacidades. Ciertas tareas que antes llevaba a cabo, como telefonear o rellenar formularios, le parecen algo irrealizable. Poco a poco, se va deslizando hacia la tercera y última fase del burn-out. Gritos, golpes, castigos…, la madre hace todo aquello que nunca hubiera querido hacer a sus hijos, con el resultado de que, evidentemente, las cosas empeoran; es un círculo vicioso. La clase de madre que ve en sí misma, es decir, aquella en la que cree haberse convertido, está tan lejos de la madre con la que soñaba llegar a ser, que hasta puede llegar a preferir borrar de un plumazo todos sus proyectos. Después de haber perdido la motivación y con la autoestima por los suelos, reniega de todo lo que ha hecho, de todos sus logros, pasados, presentes y futuros.
Y aunque no todas las madres caigan en la depresión, una inmensa mayoría (por no decir todas) pasan por una fase fugaz, recurrente o prolongada de agotamiento.
El burn-out no aparece porque la mujer sea un ser más o menos frágil. Ni tampoco por el hecho de que el pasado de una mujer haya sido más doloroso que el de otra, sino que es el resultado de la interacción con su entorno. De nada sirve darle medicamentos, ya que no es a ella a la que hay que atender, sino a su entorno, que tiene que sufrir una remodelación. Asimismo, no es una patología exclusiva de las mujeres. Una pediatra suiza ha demostrado que a los padres les pasan exactamente las mismas cosas cuando son los que se quedan en el hogar para ocuparse de sus bebés.
En estas condiciones tan difíciles, es fácil comprender que a veces el vaso esté lleno y que los hijos hagan que rebose. Una madre agotada, invadida por el burn-out, se desvincula de su hijo. Cada vez consigue dominarse menos. Se ve a sí misma como si fuera una prisionera y se siente explotada por su hijo. Puede rebelarse contra las exigencias de este último, viéndolo como un tirano y llegando a odiarle por ello… Y a veces ese odio puede llegar a ser tan intenso que puede llegar a borrar sus sentimientos maternales. «Me absorbe por completo, decía Camille. No lo aguanto más. Es terrible decirlo, pero no siento nada por mi hijo. A veces me ocupo de él como si fuera un autómata, pero enseguida consigue sacarme de mis casillas. Si no hace inmediatamente lo que le pido, me vuelvo loca.»
¿Acaso Camille es una mala madre? «No es maternal», opina su suegra. Siguiendo mis consejos, Camille volvió a trabajar y poco a poco fue volviendo a querer a su hijo. Ahora le encanta jugar con él. ¡Sencillamente lo que pasaba es que se hallaba en una fase extrema de burn-out!
Emociones reprimidas, autodesvalorización, alejamiento emocional, distancia afectiva, impotencia, frustración… ¡El cóctel es explosivo! Cuando una madre «se rompe» y maltrata a su hijo, toda la sociedad tiene que asumir la responsabilidad de ello, y no ella sola.
Extraído del libro "Los padres perfectos no existen" de Isabelle Filliozat.
Etiquetas:
Crianza: general,
Crianza: respeto
8 de octubre de 2013
¿Qué debe saber un niño de cuatro años?
Publicado por
Sol
Hace poco, en un foro sobre la educación de los hijos, leí una entrada de una madre preocupada porque sus hijos, de cuatro años y año y medio, no sabían lo suficiente. "¿Qué debe saber un niño de cuatro años?", preguntaba.
Las respuestas que leí no solo me entristecieron sino que me irritaron. Una madre indicaba una lista de todas las cosas que sabía su hijo. Contar hasta 100, los planetas, escribir su nombre y apellido, y así sucesivamente. Otras presumían de que sus hijos sabían muchas más cosas, incluso los de tres años. Algunas incluían enlaces a páginas con listas de lo que debe saber un niño a cada edad. Solo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.
Me molestó mucho que la respuesta de esas mujeres a una madre angustiada fuera añadirle más preocupación, con listas de todo lo que sabían hacer sus hijos y los de ella no. Somos una cultura tan competitiva que hasta nuestros niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. La infancia no debe ser una carrera.
Por todo ello, he decidido proponer mi lista de lo que debe saber un niño (o una niña) de cuatro años:
- Debe saber que la quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento
- Debe saber que está a salvo y debe saber cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre le va a apoyar.
- Debe saber reír, hacer el tonto, ser gamberro y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.
- Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.
- Debe saber que el mundo es mágico y ella también. Debe saber que es fantástica, lista, creativa, compasiva y maravillosa. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como practicar la fonética. Mejor dicho, mucho más.
- Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y hacer cálculos a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos después.
- Que el factor que más influye en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro es que leer a los niños de pequeños. No las fichas, ni los manuales, ni las guarderías elegantes, ni los juguetes y ordenadores más rutilantes, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a sentarse a leerles buenos libros.
- Que ser el niño más listo o más estudioso de la clase nunca ha significado ser el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros hijos todas las "ventajas" que lo que les estamos dando son unas vidas tan pluriempleadas y llenas de tensión como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.
- Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, utensilios artísticos y la libertad para explorarlos. La mayoría de nosotros podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían de menos, pero algunos son importantes: juguetes como los LEGO y las construcciones, juguetes creativos como los materiales artísticos de todo tipo (buenos), los instrumentos musicales (tanto clásicos como multiculturales), disfraces, y libros y más libros (cosas, por cierto, que muchas veces se pueden conseguir muy baratas en tiendas de segunda mano). Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, para jugar con montoncitos de alubias secas en el taburete (supervisados, por supuesto), amasar pan y ponerlo todo perdido, usar pintura, plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena aunque lo salpiquen todo, tener un rincón en el jardín en que puedan arrancar la hierba y hacer un cajón de barro.
- Que nuestros hijos necesitan tenernos más. Hemos aprendido tan bien eso de que necesitamos cuidar de nosotros mismos que algunos lo usamos como excusa para que otros cuiden de nuestros hijos. Claro que todos necesitamos tiempo para un baño tranquilo, ver a los amigos, un rato para despejar la cabeza y, de vez en cuando, algo de vida aparte de los hijos. Pero vivimos en una época en la que las revistas para padres recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y prever un sábado al mes dedicado a la familia. ¡Qué horror! Nuestros hijos necesitan la Nintendo, los ordenadores, las actividades extraescolares, las clases de ballet, los grupos organizados para jugar y los entrenamientos de fútbol mucho menos de lo que nos necesitan a NOSOTROS. Necesitan a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que han hecho durante el día, unas madres que se sienten a hacer manualidades con ellos, padres y madres que les lean cuentos y hagan tonterías con ellos. Necesitan que demos paseos con ellos en las noches de primavera sin importarnos que el pequeñajo vaya a 150 metros por hora. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble y trabajemos el doble. Tienen derecho a saber que para nosotros son una prioridad y que nos encanta verdaderamente estar con ellos.
Como nosotros estamos educando a nuestros hijos en casa, yo suelo imprimir esas listas para comprobar si hay algo que falte de forma llamativa en lo que están aprendiendo. Hasta ahora no ha sucedido, pero a veces obtengo ideas sobre posibles temas para juegos o libros que sacar de la biblioteca pública. Tanto si los niños van al colegio como si no, las listas pueden ser útiles para ver lo que otros están aprendiendo, y pueden ayudar a tranquilizarnos sabiendo que van muy bien.
Si existen aspectos en los que parece que un niño está por detrás, hay que darse cuenta que eso no indica ningún fracaso, ni del niño ni de sus padres. Simplemente, es una laguna. Los niños aprenden lo que tienen alrededor, y la idea de que todos deben saber esas 15 cosas a una edad concreta es una tontería. Aun así, si queremos que las aprenda, lo que tenemos que hacer es introducirlas en la vida normal, jugar con ellas, y las absorberá de manera natural. Si contamos hasta 60 cuando estamos haciendo la masa de un bizcocho, aprenderá a contar. Podemos sacar de la biblioteca libros divertidos sobre el espacio o el abecedario. Experimentar con todo, desde la nieve hasta los colores de los alimentos. Todo irá entrando con más naturalidad, más diversión y muchas menos presiones.
Sin embargo, mi consejo favorito sobre los niños pequeños es el que aparece en esta página.
¿Qué necesita un niño de cuatro años?
Mucho menos de lo que pensamos, y mucho más.
Alicia Bayer, Bloguer en 'A Magical Childhood'. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Publicado originalmente en El Huffingtonpost
Etiquetas:
4 años,
Crianza: respeto,
educación: general
6 de octubre de 2013
Las conductas autoritarias fomentan personas inseguras
Publicado por
Sol
El estudio se publica en el último número de la revista “Infancia y Aprendizaje”
Investigadores de la Universidad de Valencia (UV) han identificado los efectos que tiene la educación de madres y padres en la configuración de la estructura social en España. Las conclusiones confirman que castigos, privaciones y normas rígidas merman la autoestima familiar.
“El objetivo era analizar qué estilo de socialización parental es idóneo en España midiendo el ajuste psicosocial de los hijos”, explica a SINC Fernando García, coautor del estudio e investigador de la UV.
El trabajo, que aparece en el último número de la revista Infancia y Aprendizaje, se realizó a partir de una encuesta estatal a 948 niños y adolescentes de 10 a 14 años (el 52% eran chicas) que indicaron las prácticas de socialización de sus progenitores. A partir de sus respuestas, las familias se clasificaron en una de las cuatro tipologías clásicas de socialización parental: autorizativa, autoritaria, indulgente y negligente.
Los resultados indican que en el Estado español el estilo familiar idóneo es el indulgente. “Las puntuaciones de los hijos de familias indulgentes fueron equivalentes, o incluso mejores, que los de las familias autorizativas”, apunta el investigador.
Según el experto, los sistemas disciplinares impositivos como castigos, privaciones y normas rígidas que tratan de conseguir que los hijos hagan las cosas por la fuerza merman la autoestima familiar, y se asocian con un desarrollo emocional incompleto y con cierto resentimiento hacia la familia, aunque los apliquen padres y madres que mantienen relaciones muy cordiales con sus hijos, “al menos en las culturas donde se valora poco las relaciones jerárquicas como la española”.
Los investigadores destacan la necesidad de que padres y madres pongan esfuerzos “en aspectos muchas veces descuidados”, como la comunicación, las relaciones cordiales, el interés por sus problemas y la explicación razonada de las consecuencias de sus actos. “Actividades que en última instancia demandan entrega, dedicación y atención”, afirma García. El objetivo, que todas las personas adquieran madurez y responsabilidad, y sean capaces de hacer las cosas por sí mismas.
Cuatro tipos de familias según la relación con los hijos
La clasificación de las familias es el resultado de combinar conductas que adoptan distintos grados de exigencia y responsabilidad. Por un lado, el modelo autorizativo engloba a las familias que “proporcionan normas claras, razonan con los hijos de forma afectuosa y flexible, al tiempo que les exigen su cumplimiento”. El modelo autoritario coincide con el autorizativo en que son exigentes o controladores, pero difiere en que los padres y las madres son menos afectivos.
Por otro lado, los padres y madres del modelo negligente y del modelo indulgente se caracterizan por su baja represión, sin embargo, los primeros son “poco afectuosos” y los segundos “muy afectivos”.
———————————-
Referencia bibliográfica:
Fernando García, Enrique Gracia, “What is the optimum parental socialisation style in Spain? A study with children and adolescents aged 10-14 years”, Infancia y Aprendizaje, 33 (3): 365-384, septiembre de 2010
Publicado en SINC
4 de octubre de 2013
La mala madre
Publicado por
Sol
Pareciera que la maternidad trae consigo una buena dosis de culpa. Que una criatura tan pequeña y vulnerable esté a nuestro cargo y que de alguna manera seamos una influencia tan importante en lo que va a convertirse, puede ser una horrible carga. Las posibilidades de equivocarse son todas. Y es muy probable que, a pesar de los impresionantes esfuerzos que hagamos, algo hagamos para dañar a estos seres humanos que llamamos hijos.
Ser además psicóloga y Doula, y tener una de estas personalidades de ser niña buena y perfeccionista (como lo soy yo), empeora bastante la cosa. Porque desde esta óptica imposible decirme mentiras: La crianza importa. Y como padres y madres si tenemos una gran responsabilidad.
Yo, decidida a ser una buena madre, pronto me encontré con toneladas de frustración (y claro, culpa). Porque ser eso que en mi plan perfecto estaba, pues no es solo cuestión voluntad. Y sobretodo porque mi pequeña Eloísa, y ahora esta bebé en mi panza, han sido unas constantes maestras para replantearme todo lo que mi ego había escrito bajo el titulo de “la buena crianza”.
Hablo por mí, pero sé que no estoy sola. Porque en mi diario vivir, (cuando estoy dispuesta a escuchar), me encuentro con muchas otras mamás sumidas en esta angustia por no poder ser esa madre perfecta. Rodeadas además de muchos juicios de personas bienintencionadas que les encanta dar cátedra sobre lo que debe hacerse y lo terrible que es no hacerlo, sea cual sea su visión de la crianza (¡¡tantas veces he sido yo una de estas pesonas!!)
Cada una va construyendo su ideal de madre. Según su historia, sus carencias, su personalidad, su contexto. Porque además tenemos esta tendencia a convertirlo todo en verdades absolutas. Nos tatuamos las creencias como mandamientos. Tal vez en nuestra necesidad de que alguien nos diga como hacer las cosas. Porque la incertidumbre y la duda, al menos para mí, a veces son insoportables. Y además queremos “convertir” a los que nos rodean. Para poder reafirmarnos. Para tener la razón, la fuerza, la seguridad de estar haciendo lo “correcto”.
En mi caso, esta Madre Ideal la fui construyendo con todo mi bagaje psico-doulesco. Me dediqué a leer libros, blogs, y a rodearme de personas que apoyaran un tipo de crianza que para mí tenía mucho sentido y encajaba perfectamente en quién era en ese momento.
Crianza con apego, con amor, crianza respetuosa, crianza natural, crianza positiva, centrada en el niño. Mi mente fue construyendo este modelo que debía ser y defender con todas mis fuerzas. Algo así:
- Parirás naturalmente. Sin anestesia. Sin episotomía. En un ambiente cálido y amoroso. Recibirás a tu bebé inmediatamente, para tenerlo abrazado y cortarás el cordón tí o tu pareja cuando deje de latir. No tendrá ningún tipo de intervención médica.
- Lactarás a tu bebé exclusivamente, a demanda, MÍNIMO un año. Ojalá dos, idealmente hasta que él quiera dejarlo a voluntad. Por supuesto todos los biberones, chupetes y demás artefactos artificiales están prohibidos. La leche de bote no es ni siquiera una posibilidad. Menos si es de vaca.
- No impondrás tus ritmos de sueño al recién nacido. Dormirás cuando el duerma. Atenderás sus necesidades cuando despierte. No importa la hora. No importa tu cansancio.
- Harás colecho, hasta que tu hijo decida irse a su propia cama. Incluso si es necesario que tu esposo salga de la cama matrimonial y se vaya al sofá.
- No lo mandarás al jardín infantil, al menos los primeros 3 años. Estarás dedicada exclusivamente a él. Cuando así sea será un jardín infantil que comparta TODAS tus pautas de crianza. Idealmente educarás en casa. No enviarás a tu hijo a una institución corrompida en donde lo van a deformar.
- Alimentarás naturalmente a tu hijo, a partir de los 6 meses solamente. Nada de compotas de supermercado. Nada de azúcar. Todo integral. Hecho en casa. No llenarás a tu hijo de químicos, hormonas y toxinas que es lo único de lo que la comida ahora esta hecha. (olvídate para siempre de latas y embutidos)
- Los antibióticos y vacunas están fuera de consideración. Solo medicina natural y homeopática.
- Usarás pañales de tela. No contaminarás más este mundo.
- Cargarás a tu hijo en el portabebés en todo momento. Los cochecitos, sillitas y demás están completamente prohibidos. No dejarás que tu hijo tenga sensación de abandono, ni que se pierda el contacto contigo.
- Serás en todo momento una mamá paciente, amorosa, dispuesta. Atenta a sus necesidades. Alegre y agradecida por tener a tu hijo.
- Siempre sabrás que es lo que necesita tu hijo, si no, es porque estás desconectada de tu instinto.
- ...
La lista es bastante más larga. Sí, tiene un toque de exageración, pero no está tan alejada de la realidad.
Poco a poco me fui dando cuenta del nivel de exigencia que me estaba poniendo en los hombros.
Y no solo eso.
Me di cuenta de que esta lista creada por mí, nada tenía que ver con ser buena o mala madre. Y no es que no crea en algunas de estas ideas. Pero entendí que quien se aferraba a ellas era mi ego. Solo mi ego tratando de tener una cómoda guía para hacer las cosas bien. En el fondo solo estaba para llenar una angustia infinita de no tener ni la menor idea de cómo enfrentar a esta bebé que llegaba a mis brazos sin manual de instrucciones.
Poco a poco Eloísa me fue mostrando una realidad con la que no contaba y todos estos mandatos se fueron cayendo por su propio peso. Fue quedando lo esencial.
Mi deseo de vincularme con ella y amarla eran y son, genuinos. Y eso perduró. Con biberones, coches, cunas, compotas, salchichas y salsa de tomate. Con TV y apiretal. Con guardería a los 16 meses. Con mi trabajo, mis salidas, mis viajes y mis ganas de que Nicolás sea mi compañero de vida. Que compartamos cama y espacios.
He sido una madre gritona e impaciente muchas veces, y tantas otras he llorado a su lado sin tener ni la menor idea de lo que le pasa.
Este temido título de la mala madre me persigue.
La culpa se asoma. Me visita regularmente. Pero he aprendido que no es lo mismo culpa que responsabilidad. Que esa crianza consciente que he buscado, no esta gobernada por mandatos. Sino justamente por consciencia. Y consciencia no es lo mismo que perfección.
Soy la madre que soy. Y mi camino (aclaro MI CAMINO) está en mirarme, en tener la valentía de entrar a mis lugares sombríos y temidos. En poner en voz alta lo innombrable. Todo eso que me asusta, que me avergüenza, que me cuesta. En estar presente en mi y poder ir atravesando capas y capas para encontrarme con mi ser esencial. Para poder conectarme con mis hijas y en general con los demás, desde un lugar más sano, más auténtico.
Ser “buena madre” ahora se parece un poco más a aceptarme, quererme, atenderme, mirarme para poder crecer junto a mis hijas. Acompañarlas en un camino que es de ellas. Porque sí: tengo una gran responsabilidad, pero al final ellas serán lo que son gracias y a pesar de mi.
Soy y no soy tan importante.
Definitivamente no lo soy todo para ellas. Esa idea es liberadora y a la vez dolorosa para este ego que espera oír “mamá, no hay nadie como tu. Eres lo más importante en mi vida, gracias a ti soy lo que soy…. Eres la mejor mamá del mundo”.
Lo que yo hago por ellas les favorece o no su camino. No las define. Su ser es infinitamente más grande que mi idea loquísima de que todo depende de mi.
Menos mal.
Así que adiós a la mala madre. Adiós culpa.
Soy lo que soy.
Y ser “buena madre” para mi hoy se trata más de amarlas.
De amarme.
Por Ana María Constain. Publicado en Crianza y gestalt
Etiquetas:
Crianza: respeto,
madre
2 de octubre de 2013
Diez pautas para educar
Publicado por
Sol
¡Carloooos! Que te he dicho que te duches, te sientes a la mesa y recojas tu cuarto… ¡YA! No entiendo por qué no me haces caso a la primera, siempre tengo que gritarte y ni por esas, me tienes hartísima. Cuando venga tu padre, se lo digo. Me desesperas. Si es que no puedo contigo, un día de estos te voy a dar un bofetón”.
Después de esta escena, algunas madres dan un portazo, incluso lloran de desesperación. No entienden que su hijo no haga lo que se le pide a la primera. La explicación que dan es que el niño es desobediente, malo, y que no hay nada que hacer por conseguir paz en casa. Terminan por juzgarse como malas madres e ineficaces en la educación de sus hijos. En la escena podemos encadenar varios errores para que Carlos no obedezca: dar voces, órdenes contradictorias, comunicarle que ha perdido la batalla (“puedes conmigo, me desesperas”) y amenazarle con hablar con su padre demostrando que su autoridad es nula.
La mayoría de padres ve la tarea de educar como algo difícil. Pero si anticipa todo lo que puede fallar, que su hijo no estudiará, se relacionará con amigos que resten, no comerá… esto le desesperará y caerá en la profecía autocumplida. Lo más importante en la educación es establecer unas reglas que no se salte ni usted. Trabaje para que se cumplan desde edad temprana. A partir de los seis meses los niños entienden muchas cosas; no se expresan, pero empiezan a diferenciar entre “esto sí se puede y esto no”. No trate de educar a un chaval de 15 años al que lleva consintiendo todo este tiempo, será tarde. Cuanto antes sepan sus hijos que hay normas, que los premios van asociados al cumplimiento de responsabilidades, que todos tienen que colaborar, antes conseguirá tener hijos educados, responsables y con autonomía.
La mejor prevención en educación es la intervención temprana. Muchos padres se quejan de que los niños no vienen con un manual bajo el brazo, pero si siguen estas reglas básicas, seguramente le allanarán el camino que supone educar.
Primero. Volumen y tono conversacionales. Conseguir que le hagan caso no es cuestión de hablar alto. El poder está más en lo que se dice, en las consecuencias que conllevará no hacerlo a la primera, en la coherencia y en ser muy disciplinado con las rutinas. Si quiere que sus hijos le respeten, empiece por respetarles a ellos. Nadie quiere obedecer a alguien que no se muestra seguro y relajado.
Segundo. No dé órdenes contradictorias. Si le dice a su hijo que se duche, que recoja su cuarto y que se siente a la mesa, sin indicarle el orden, igual lo bloquea. Dígale lo primero que tiene que hacer, y cuando haya finalizado, lo segundo. Si su hijo tiene edad para memorizar varias órdenes, enuméreselas, dígale cuál es su prioridad. No espere que él la sepa, porque tiene las suyas propias.
Tercero. Imaginación. Haga un concurso por semana para que jueguen “a hacer lo que deben”; puede ser sobre cualquier comportamiento a corregir. Los domingos lo puede anunciar: “A partir de mañana, se celebra el fantástico concurso de ‘Quién tiene la dentadura de caballo más limpia’. Las bases son estas: limpiarse los dientes tres veces al día y pasar revista. Las puntuaciones de papá y mías se sumarán, y el viernes anunciaremos ganador”. Si quiere que los niños se lo tomen en serio, haga lo mismo. Y tenga paciencia, hasta que se convierta en rutina necesita tiempo. El juego genera un ambiente relajado en el que apetece más aprender y obedecer.
Cuarto. No quiera modificar en su hijo todo lo que le molesta de una vez. Si se pasa el día diciéndole lo que hace mal, terminará por cargarse su autoestima. Elija una conducta a modificar y céntrese en ella siguiendo las pautas de este artículo. Cuando lo consiga, siga con otra.
Quinto. Cuando corrija o muestre su enfado con ellos, no los ningunee, ni ridiculice, ni haga juicios de valor. Si lo hace, terminarán por comportarse conforme a las expectativas que se han puesto en ellos y les afectará a la autoestima. Es mejor decir: “No me gusta ver tu cuarto desordenado; por favor, guarda los juguetes en las cajas”, a decirles: “Eres un guarro, qué asco de dormitorio”. No consiga que se cumpla la profecía autocumplida. Si les transmite que no confía en ellos y que no espera nada, puede que se cumpla.
Sexto. Sea constante. Aquello muy importante, basta con que lo argumente una vez, no busque más razonamientos porque su hijo no los necesita. Simplemente busca ganar tiempo para no hacer lo que debe. Dígale: “Esto no es negociable; cuanto antes empieces, antes podrás disfrutar de lo que más te gusta”. Negocie lo que sea negociable y no siente precedente con lo que no lo es.
Séptimo. Paciencia y calma. Las personas que transmiten con paciencia son más creíbles y generan un ambiente cálido y relajado. Cuando introduce cambios en la manera de educar, al principio los niños reaccionan con incertidumbre: “¿Qué significa que mi madre/padre ahora están calmados y no me gritan?”. Deles tiempo, necesitan acostumbrarse a esta nueva forma de comunicarse.
Octavo. No se contradiga con su pareja. Los niños tienen que saber que la filosofía y la escala de valores parten de los dos. Si no, estarán chantajeando a uno y a otro, fomentando el engaño para conseguir lo que quieren. Terminará por tener muchas discusiones con su pareja por eso. No se descalifiquen, ni ridiculicen, ni contradigan delante de ellos. Todo aquello en lo que no estén de acuerdo, háblenlo en la intimidad y negocien.
Noveno. Nunca levante los castigos. Es preferible aplazarlo, pero que sea efectivo y lo cumpla, que imponer uno muy duro fruto de la ira y que luego deshará convirtiéndose en alguien a quien se puede chantajear. Dígale: “Esto merece un castigo, ya te diré qué va a pasar”.
Décimo. Mejor que el castigo, el refuerzo. Significa prestar atención a lo que hace bien, cualquier cambio, y decírselo. Si continuamente centra la atención en lo que hace mal y le corrige y se enfada, su hijo aprenderá que esta es la manera de llamar su atención. Todo lo que se refuerza, se repite. Al niño le gusta que sus padres estén orgullosos de él, pero tiene que decirle de qué se siente usted orgulloso, porque él no lo va a adivinar.
Recuerde lo más fundamental: hasta la adolescencia, no hay figuras más importantes que los padres. Si trata de educar en una dirección, pero se comporta en otra, será inútil. Los hijos copian, son esponjas. Educar con acciones tiene mucho más impacto que con palabras.
Publicado en el diario El País
30 de septiembre de 2013
Las emociones negadas
Publicado por
Sol
Existen 4 emociones básicas: Alegría, miedo, tristeza y rabia. Estas emociones son universales y se presentan en niños y adultos. Su función es dar salida a lo que sentimos, y deben ser expresadas.
¿Qué sentido tendría una emoción que no es expresada? Todos comprendemos que los sentimientos deben serlo…excepto si nos fijamos en lo por desgracia habitual con los niños.
Hagamos un ejercicio de memoria, con nosotros mismos o con lo que solemos ver a nuestro alrededor: ¿no es cierto que lo “normal” es ver como se le dice a un niño “no llores”, “no te enfades”, “no tengas miedo”? En cambio la expresión de la alegría se ensalza. Creamos categorias de emociones buenas deseadas y emociones malas a reprimir. Y esto no es bueno, ni en adultos y mucho menos en niños que están creando la base de su desarrollo psicológico futuro.
¿Qué le trasmitimos a un niño al que le decimos que no se enfade? que reprima su rabia, rabia que no deja de sentir, rabia que al no ser expresada le daña. ¿Y cuando le decimos que no tenga miedo? Además de transmitirle que para nosotros no es importante lo que siente, le decimos que sienta el miedo en soledad, que no está bien visto que lo exprese y lo comparta. Con un “no llores” estamos transmitiendo de nuevo que sus emociones para nosotros no son importantes, y que si está triste no debe acudir a nosotros ni expresarlo, sino sentir esa tristeza en soledad y sin ser expresada.
Las emociones son sanas. Todas y cada una de ellas. No debemos reprimirlas. Como padres debemos ACOMPAÑAR. Si expresa rabia, miedo o tristeza, podemos decirle “se que estás enfadado/asustado/triste por X, lo se, estoy contigo”. Y abrazarle si quiere. Así el niño siente que comprendemos sus emociones, que puede expresarlas, y en un futuro sentira la confianza suficiente en sus padres para hablar con ellos de lo que siente. Sabrá reconocer sus emociones y no las reprimirá. Aprenderá a reconocer las emociones ajenas y sentirá más empatía. No tendrá miedo a expresar sus sentimientos ni a dar nombre a los de los demás.
Una emoción reprimida daña. No por no expresar por ejemplo rabia, como socialmente está bien visto, la emoción desaparece. La rabia sigue ahí, y al no darle salida la emoción no cumple su función.
Cuando los niños son pequeños, además de no reprimir estas emociones, debemos ayudarles y acompañarles verbalizandolas.
¿Y que solemos ver habitualmente cuando los niños crecen? pues que además del daño causado negando y reprimiendo emociones durante su infancia, los padres después se extrañan cuando su hijo no comparte lo que siente o piensa con ellos. Normal, ya que ha recibido entrenamiento para ello desde que era muy pequeño, seamos conscientes de ello o no. Y ellos tampoco serán conscientes en la mayoría de los casos de que están reprimiendo sus emociones, su cerebro estará entrenado para hacerlo de modo automático. Se convertirán en adultos que no sabrán lo que sienten, reprimirán sus sentimientos inconscientemente, tendrán miedo a expresarse, a compartir lo que sienten.
Pensemos siempre en nuestros hijos como personas dignas de respeto y dejemos a un lado lo que nos dicta la sociedad como deseable, por un desarrollo psicológico correcto de nuestros niños. Poco a poco, cambiaremos el mundo.
Laura Perales Bermejo, psicóloga y dueña de www.renacuajos.com
20 de septiembre de 2013
Doce características de un bebé de alta demanda
Publicado por
Sol
- Intensidad: Estos bebés ponen más energía en todo lo que hacen: lloran muy alto, comen vorazmente, sonríen con gusto y protestan con más fuerza si sus necesidades no son cubiertas a su satisfacción.
- Hiperactivo: Relacionado con la intensidad arriba referida. Causa hipertonía muscular. Les va por ello muy bien el contacto físico, que les relaja.
- Absorbente: ¿Sientes que tu bebé te "chupa" toda tu energía?
- Mama frecuentemente: Eso significa que hay días que dudas ¿me habré convertido en un chupete humano? o que puede llegar a mamar cada hora, o cada 20 minutos, o cada... nadie le dijo a este bebé que los bebés maman con regularidad
- Demandante: Si sientes que nunca llegas lo suficientemente rápido junto a él, sus demandas tienen un carácter de "urgencia" exagerada y a las 5 de la tarde todavía no te has podido duchar por atenderle.
- Despertares frecuentes: Un bebé que necesita más de todo menos dormir; se despierta cada hora, por la noche puede ser desesperante. Y como se te ocurra toser o estornudar allí estará con sus ojitos abiertos.
- Insatisfecho: Has probado todo y nada funciona ¿seré una madre incompetente? No, estos bebés son así, tendrás que jugar a prueba y error constantemente. cuando atines con lo que le pasa, no te olvides de felicitarte.
- Impredecible: Lo que ayer funcionaba hoy no sirve. Vuelve a leer el punto anterior y deja de pensar qué estás haciendo mal.
- Hipersensible: Se excita con cualquier cosa. Están siempre en estado de alerta, ruidos normales les sobresaltan. Muy empáticos.
- Piel con piel: No les basta con que mamá esté cerca, quieren tocarla, así que quieren brazos, dormir con ella... extraen del entorno el máximo contacto físico posible.
- No se calman solos: No solo necesitan ayuda para dormirse, como cualquier bebé; también la necesitan para seguir dormidos.
- Sensible a la separación: La canción "Only you" es su tema favorito. Parecen vivir en una eterna fase de angustia de separación.
Etiquetas:
Crianza: respeto
18 de septiembre de 2013
Lo que toda mamá (y toda sociedad) debería saber acerca de la crianza en brazos
Publicado por
Sol
Cuando mis hijos nacieron, instintivamente busqué la manera de facilitarme la vida y ahorrarme dolores de espalda, así que me hice de un canguro en el que traje cargados a mis tres bebés los primeros meses de su vida. Para mí fue estupendo… ¡y supongo que para ellos también!
Era muy cómodo traerlos conmigo y al mismo tiempo tener “manos libres” para cocinar, sacudir, ir al súper, ir al parque, jugar con los más grandecitos, ¡y hasta ir al baño!
Ellos disfrutaban de ser parte de todas las actividades que yo realizaba mientras que sentían un abrazo cálido y continuo. Ahora que he descubierto acerca de la crianza con apego, leo toda esta información con un sentimiento de profunda alegría y algo de nostalgia también. La alegría por saber que tantas madres están arrebatándole autoridad a los paradigmas sociales y culturales, y se la están devolviendo a su propia intuición de madres. Y la nostalgia de desear haber amamantado por más tiempo, de haber dejado que mis niños durmieran conmigo desde pequeñitos, ¡y de haber sabido que existían los fulares!
Hace unos meses, mi querida amiga de la infancia, Paola, tuvo a su primer bebé. El mejor regalo que se me ocurrió darle fue un fular, y ahora compruebo que así lo fue. Yo no conocía los fulares más que en fotos, hasta ese día en que abrimos el suyo y me lo probé. ¡Qué hermoso!, ¡qué bonita tela y qué comodidad!
Mamá y bebé han estado felices. Pao, que es fotógrafa, realizando sus actividades con total libertad; y la bebé, absorbiendo toda la novedad del mundo que le rodea, al mismo tiempo que absorbe todos los nutrientes del amor y cuidado de su mamá.
Ella me comentaba:
”Al tercer mes, los bebés ya pesan mucho como para seguir amamantando y andar haciendo cosas; tal vez por eso en algunos casos no se lleva la lactancia a períodos mas largos. Creo que cuando se siente que amamantar o tener al bebé en brazos “quita tiempo” es porque no se ha integrado al bebé a las actividades personales de la madre. El fular me ha resultado una ayuda enorme para que en la medida de lo posible se dé esa integración.
Traerla conmigo durante el día me permite amamantarla al cien por ciento al mismo tiempo que tengo las manos libres para continuar con los proyectos que tenía antes de su llegada. Y si amamanto sentada, entonces aprovecho para observarla, hablarle, y conectarme con su mirada. Ni pensar que me pusiera a ver tele durante esos momentos”.
En días pasados se celebró la semana internacional de crianza en brazos, por lo que me sentí inspirada para escribir sobre este tema; y aunque se escoge una sola semana para celebrar este concepto, yo creo que su trascendencia va mucho más allá. El apego no es solamente una serie de rituales, sino una actitud constante, un entendimiento de las necesidades de los niños. Asumir la responsabilidad de la crianza de nuestros hijos es un estilo de vida.
Hace un tiempo escuché de un libro que captó mi atención: “The continuum concept” (El concepto del continuum), de Jean Liedloff. Una mujer que vivió en la tribu de los Yequana en Venezuela. Su observación a esas madres y a la manera en que se relacionaban con sus hijos, cambió su manera de pensar y de ver la cultura occidental. No me quedé con las ganas de saber más, y hace como dos años leí ese libro. Su lectura no es muy fácil, pero vale la pena.
Algo que me sorprendió mucho saber es que las madres de esas sociedades llevan a sus bebés en la espalda continuamente mientras que ellas siguen con sus tareas cotidianas. Los niños están felices allá arriba, siendo parte de la acción que se lleva a cabo día con día. Para cuando están listos para “bajarse”, conocen todo lo que se hace en su sociedad y quieren ser parte de ella, por lo que tienen una actitud de cooperación y servicio. En vez de hacerlos a un lado, sus mamás confían en ellos y los animan a involucrarse y a participar en tareas que ante nuestros ojos occidentalizados parecerían peligrosas. Para los cuatro o cinco años de edad, un niño es una verdadera fuerza laboral para su familia. En vez de ver a los niños como una carga, se les ve como miembros productivos de la sociedad. Esa perspectiva hace que los niños crezcan con un sentimiento de satisfacción, pertenencia y plenitud.
Ella escribe:
“…Lo que se entiende aquí como “correcto” es lo que resulta adecuado para el antiguo continuum de nuestra especie, ya que se adapta a las tendencias y expectativas con que hemos evolucionado. Las expectativas, en este sentido, se encuentran tanto en el hombre como en su propio diseño. Sus pulmones no solo contienen aire, sino que puede decirse que son una expectativa de él; sus ojos, una expectativa de luz…
El continuum humano también puede definirse como la secuencia de experiencias que corresponde a las expectativas y tendencias de nuestra especie en un entorno consecuente con aquello en lo que esas expectativas y tendencias se formaron. Incluye, además, que las otras personas que forman parte de aquel entorno se comporten y nos traten adecuadamente.
El continuum de un ser es completo. Sin embargo, forma parte del continuum de su familia, el cual a su vez forma parte del continuum de su clan, comunidad y especie, al igual que el continuum de la especie humana forma parte del continuum de la vida.”
Yo estoy convencida de que cuando estamos dispuestas a traer a nuestros hijos a bordo, el bebé adquiere una gran seguridad al saber que es valioso, ya que sus necesidades son suplidas y no pasadas por alto. Cuando ha satisfecho su necesidad de ser cargado, un día se baja de allí y se enfrenta al mundo con naturalidad. Para mí, ése es el comienzo de la definición de su identidad como ser humano. Un niño con una identidad bien definida es un ser humano seguro e independiente.
Ahora que mis hijos son mayorcitos, nosotros les hemos dado la libertad de que aprendan de la vida real acompañándonos a su papá y a mí en todas nuestras actividades cotidianas, sin ir a la escuela. Ellos van aprendiendo cómo funciona su hogar, cómo funciona su sociedad, y qué es lo que se espera de ellos, ya que se les permite participar y ser parte de todo lo que les rodea.
La identidad de nuestros hijos comienza a definirse desde el momento que nacen, pero continúa fortaleciéndose durante los siguientes años. Nuestra participación como padres en ese proceso es vital: debemos ayudarles a que sepan quiénes son, a que entiendan cómo funciona su sociedad y cuál es su participación en ella, por lo que considero que para aprender a vivir en el mundo, es necesario vivir en él, no ser apartado de él.
Llevar a tu hijo a bordo, involucrarlo en tus actividades personales y estar dispuesta a invertirte en su vida, rendirá frutos permanentes en tu relación con él y en el concepto que él tenga de quién es y para qué está aquí.
Priscila Salazar.
AprendizajeSUPRAescolar
La imagen es de Porteo Natural
Etiquetas:
apego,
Crianza: respeto,
Porteo
16 de septiembre de 2013
Niños bajo presión
Publicado por
Sol
Agendas "de grandes", más actividades extraescolares, poco tiempo para el juego libre. Sucede cada vez más entre chicos urbanos y de familias sin apuros económicos. ¿Por qué los embarcamos en esta alocada carrera?
Al principio, las culpables parecían ser las mochilas.
Tras atender a uno, dos, infinidad de chicos en edad escolar con insólitas contracturas dorsales, más de un pediatra concluyó que todo se debía a la enorme carga de libros, cuadernos, viandas y demás utensilios que los jóvenes estudiantes suelen cargar rumbo a la jornada escolar. Sin embargo, tras popularizarse el uso de carritos, la situación no mejoró.
Las contracturas siguieron, tanto como los dolores de panza, o de cabeza, a repetición. Signos casi inequívocos de estrés que insisten en aparecer en una población de entre 7 y 10 años, junto con un preocupante aumento de trastornos neurolingüísticos (vinculados con el proceso de comprensión).
"Hay sobreexigencia", claman algunos especialistas. "Falta juego libre", indican otros. "Están demasiado controlados", opina el escritor y periodista escocés Carl Honoré, quien en su libro Bajo presión asegura que, tras los pequeños trabajadores de la Revolución Industrial y el auge de la infancia libre del siglo XX, estamos asistiendo al nacimiento del "niño dirigido": hipercuidado, hiperregulado y controlado, inserto en un circuito de clases, talleres, cuidadores y actividades que en un momento se creía estimulante, pero que hoy está revelando facetas bastante menos auspiciosas.
El fenómeno es global, aunque parece tener claros límites socioculturales: niñez urbana, criada en ambientes de clase media y clase media alta.
En cierto punto, los más mimados y protegidos entre los niños. Acarreando, día tras día, una mochila tan invisible como agobiante.
ALTA TENSIÓN:
"Los pibes se enferman más -asegura el pediatra Eduardo Faganello-. En principio, porque permanecen mucho tiempo en lugares cerrados y eso hace que tengan mayor propensión a enfermedades. Además, están sometidos a mucha presión." Como otros profesionales de su área, en los últimos 20 años Faganello ha asistido a los rotundos cambios que afectaron el entorno donde crecen sus pacientes: temor ante la inseguridad, éxodo desde las plazas y veredas hacia el interior de las casas, padres muy exigidos por el mundo laboral y social, jornadas escolares cada vez más extensas y casi "extinción" del juego espontáneo entre pares, sin mediaciones tecnológicas.
"Todos pretendemos que los hijos nos superen -reflexiona el pediatra-. Pero actualmente se observa una excesiva demanda para cumplir con ciertos objetivos que tienen que ver con lo educativo. Y esto, que desde mi punto de vista es consecuencia de un modo generacional de educar, tiene mucho costo para la población infantil."
"Te das cuenta, ¿no? El chico nunca será aceptado en una universidad decente." Con estas palabras, lanzadas por un maligno compañero de trabajo, se inaugura el calvario de Boris Ivánovich, una de las tantas criaturas surgidas de la imaginación de Woody Allen y su irrefrenable (aunque no por ello menos mordaz) amor por Nueva York. En el caso de Ivánovich y su mujer, protagonistas de uno de los relatos de Pura anarquía, la noticia de que su hijito de tres años no superó la prueba de admisión en una guardería de elite (debido a "ciertas dificultades al apilar los bloques") deriva en una carrera de sobornos que terminará llevándolos a la tan temida bancarrota.
Si para estos dos neuróticos aspirantes a la alta sociedad neoyorquina una mala elección de jardín de infantes vendría a prefigurar toda una vida de fracasos, para los atribulados padres de las grandes urbes actuales una buena educación significa la mínima herencia que les pueden dejar a sus hijos en un mundo inestable.
¿Algo que ver con aquello de M´hijo el dotor ? Quizás, pero en un contexto de ascenso social mucho menos facilitado, marcado por un profundo vértigo laboral y tecnológico.
"Nadie tiene muy claro el tipo de mundo que va a haber dentro de diez años -explica el psicoanalista Germán García-. La incertidumbre es local y global." Ante esta situación, la adquisición de un segundo o tercer idioma desde edades tempranas puede funcionar de módico reaseguro. También, la doble jornada escolar, juzgada por muchos pedagogos y funcionarios como más eficaz (entre otros, la ex ministra de Educación Susana Decibe). Aunque no falten los especialistas que, como Horacio Sanguinetti, presidente de la Academia Nacional de Educación, no acuerdan con estos criterios. En un artículo publicado el año pasado en La Nacion, el ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires asegura que, en su opinión, la doble jornada no mejora el nivel educativo.
Por su parte, Faganello agrega: "La elección de la doble jornada no siempre tiene relación con que los padres trabajen. Creo que se compra un marketing. Los jardines con doble idioma y computación desde temprano... Aclaro que no es que yo no esté de acuerdo con el segundo idioma, no es eso. Simplemente, creo que se habla mucho sobre todo lo que el pibe, necesariamente, tiene que saber. Y no se dice nada sobre el permiso que tiene que tener un chico para ser libre en muchas cosas".
ABRIR LA PUERTA PARA IR A ... ¿JUGAR?
Como tantos niños de su edad, Lautaro (8) asiste a una escuela de doble jornada. Se levanta cerca de las siete de la mañana y regresa a su casa a eso de las cinco de la tarde. Todos los días tiene que hacer deberes. Además, los martes y jueves, tras merendar, toma clases de apoyo escolar. Los lunes tiene cita con la fonoaudióloga. Los sábados va a la escuela de natación. Y los viernes... es el día en que recibe amigos en casa, "para jugar con la Play". Lo que se dice todo un niño de agenda.
"Yo trato de no recibir niños en consulta después de las seis de la tarde", comenta Silvia Salman, miembro de la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana) y especialista en psicoanálisis infantil. No es difícil imaginar las razones de su decisión. Un niño cuya jornada comienza a tempranas horas de la mañana, al finalizar el día está, sencillamente, agotado. Y no con la mejor de las predisposiciones como para participar en una sesión terapéutica. "Es cierto. Los chicos tienen agenda, algo que en otras épocas no ocurría -continúa la especialista-. Existía el club, se hacían actividades, pero no con el formato estandarizado que se da en la actualidad. Hay algo en esta regulación que no deja lugar a la espontaneidad, a tener realmente ganas de hacer algo."
Cuenta Salman que, por lo general, sus jóvenes pacientes llegan a la consulta a partir de una derivación escolar. "La mayoría de las demandas están ligadas a ciertas dificultades en el lazo con los otros, el vínculo con los compañeros de la escuela -explica-. La hiperexigencia y la escasez de tiempo libre pueden incidir en la cuestión de los lazos. Aunque, desde mi punto de vista, lo que cuenta es la singularidad de cada caso. Con algunos chicos la agenda puede funcionar, ordenarlos. Pero con otros, una agenda armada por los padres puede aplastar el deseo del niño. No conviene generalizar."
Docente, productor de documentales y padre de un niño y una beba, Laureano Ladislao Gutiérrez no puede dejar de contrastar su infancia de plaza, tardes en la vereda y estampidas tras tocar el timbre a algún vecino con el mundo en el que está criando a sus hijos: "Hoy, jugar al fútbol es jugar al fútbol 5. Jugar a la escondida es ir a un lugar donde se hace una actividad, con un responsable, alguien que lo planifica. Expresarte por medio del arte es ir a un taller. Nadar, ir a clases de natación -enumera-. Y los cumpleaños son eventos que requieren organización, dinero, estrés. ¡Volvemos a cantar el Feliz Cumpleaños si la foto salió mal! Es una fiesta de un nene de dos o tres años, no un casamiento."
La regulación de los momentos recreativos, la superabundancia de estímulos y actividades dirigidas no es, en realidad, un tema exclusivamente ligado con el mundo escolar o preescolar. Basta ver la infinidad de propuestas destinadas a "desarrollar al máximo" el potencial de los bebes..., incluidos los que aún están en plena gestación. Para Germán García, lo que está en juego es una cuestión de oferta y demanda. "Existe un mercado -asegura-. Eso implica que todos somos objeto de cierta manipulación. Entonces, cuando el mercado puso los ojos sobre los niños, produjo efectos."
En sentido similar opina Salman: "En los adultos hay como un imaginario de que es necesario hacer ciertas cosas para pertenecer y tener asegurado el lazo con los amigos. Por ejemplo: todas las amiguitas de una nena van a clases de comedia musical. Puede ocurrir que la chiquita también pida ir y la madre acceda, considerando que es bueno que no se sienta afuera de su grupo de amigas. Pero también puede pasar que sea la mamá la que siente que su hija "se queda afuera" si no participa de esa actividad. ¿De quién es el deseo, entonces?"
Por ahí parece pasar buena parte de la cuestión. Parar la máquina diaria y reflexionar un poco. Discriminar dónde está lo interesante de una actividad (incluso, de una "agenda") y dónde el punto en que las cosas comienzan a salirse de cauce. Ver a los chicos. Escucharlos. Diferenciar qué es lo que ellos manifiestan y cuáles las expectativas que uno, como padre, está alimentando.
"¿Qué puedo hacer para que le crezca el cuerpito como a Messi?" Con tono entre agotado e indignado, Eduardo Faganello asegura que la pregunta le fue formulada en el marco de una consulta pediátrica.
Unas cuantas décadas atrás, allá por mediados del siglo XX, el pediatra y psicoanalista D. W. Winnicott escribía: "El juego demuestra que el niño es capaz, en un medio razonablemente satisfactorio y estable, de desarrollar una forma personal de vida y de convertirse eventualmente en un ser humano completo, deseado como tal y bien recibido por el mundo en general". ¿Cuál será el margen de juego que le queda a una futura estrella de fútbol de, pongamos por caso, siete años?
"Habría que evitar agendas que les impidan tener un mínimo de cuatro horas diarias para el juego libre, pautado por la pura curiosidad y el deseo de hacer -sugiere la licenciada en gestión educativa María Belén Cairo Sastre-. Sólo de allí surgen la creación, el invento, la conexión consigo mismos y la internalización verdadera de todos los otros aprendizajes." En un artículo titulado Derecho del niño a jugar , Cairo Sastre postula que en la Argentina actual existen, en realidad, dos infancias: la "hiperenseñada" y la "hiperhumillada". Mientras que la primera estaría privada del juego debido a un nivel de exigencia "que, por ir más allá de lo saludable, enferma", para los integrantes de la segunda, condenados a estar "por fuera del sistema, en los márgenes, deseantes, frustrados, achicados y con el resentimiento del fracaso, del no poder", la pregunta misma por lo lúdico pierde sentido.
En un conocido poema, William Blake describe la infancia como el modo de Ver un mundo en un grano de arena,/ Y un cielo en una flor silvestre,/ Sostener el infinito en la palma de la mano/ Y la eternidad en una hora .
Honoré relee al poeta inglés para preguntarse, una vez más, dónde está el beneficio de formar chicos tan enmarcados en lo funcional, tan dirigidos a objetivos, tan direccionados al trofeo. Y tan distantes del tiempo improductivo que permite bucear el infinito en la palma de una mano.
"Todos salimos mal parados cuando los niños se convierten en proyectos", sentencia el autor de Bajo presión . Más allá de su tono admonitorio, no estaría mal tenerlo en cuenta.
Por Diana Fernández Irusta
Revista Diario La Nación: Domingo 14 de marzo de 2010
Al principio, las culpables parecían ser las mochilas.
Tras atender a uno, dos, infinidad de chicos en edad escolar con insólitas contracturas dorsales, más de un pediatra concluyó que todo se debía a la enorme carga de libros, cuadernos, viandas y demás utensilios que los jóvenes estudiantes suelen cargar rumbo a la jornada escolar. Sin embargo, tras popularizarse el uso de carritos, la situación no mejoró.
Las contracturas siguieron, tanto como los dolores de panza, o de cabeza, a repetición. Signos casi inequívocos de estrés que insisten en aparecer en una población de entre 7 y 10 años, junto con un preocupante aumento de trastornos neurolingüísticos (vinculados con el proceso de comprensión).
"Hay sobreexigencia", claman algunos especialistas. "Falta juego libre", indican otros. "Están demasiado controlados", opina el escritor y periodista escocés Carl Honoré, quien en su libro Bajo presión asegura que, tras los pequeños trabajadores de la Revolución Industrial y el auge de la infancia libre del siglo XX, estamos asistiendo al nacimiento del "niño dirigido": hipercuidado, hiperregulado y controlado, inserto en un circuito de clases, talleres, cuidadores y actividades que en un momento se creía estimulante, pero que hoy está revelando facetas bastante menos auspiciosas.
El fenómeno es global, aunque parece tener claros límites socioculturales: niñez urbana, criada en ambientes de clase media y clase media alta.
En cierto punto, los más mimados y protegidos entre los niños. Acarreando, día tras día, una mochila tan invisible como agobiante.
ALTA TENSIÓN:
"Los pibes se enferman más -asegura el pediatra Eduardo Faganello-. En principio, porque permanecen mucho tiempo en lugares cerrados y eso hace que tengan mayor propensión a enfermedades. Además, están sometidos a mucha presión." Como otros profesionales de su área, en los últimos 20 años Faganello ha asistido a los rotundos cambios que afectaron el entorno donde crecen sus pacientes: temor ante la inseguridad, éxodo desde las plazas y veredas hacia el interior de las casas, padres muy exigidos por el mundo laboral y social, jornadas escolares cada vez más extensas y casi "extinción" del juego espontáneo entre pares, sin mediaciones tecnológicas.
"Todos pretendemos que los hijos nos superen -reflexiona el pediatra-. Pero actualmente se observa una excesiva demanda para cumplir con ciertos objetivos que tienen que ver con lo educativo. Y esto, que desde mi punto de vista es consecuencia de un modo generacional de educar, tiene mucho costo para la población infantil."
"Te das cuenta, ¿no? El chico nunca será aceptado en una universidad decente." Con estas palabras, lanzadas por un maligno compañero de trabajo, se inaugura el calvario de Boris Ivánovich, una de las tantas criaturas surgidas de la imaginación de Woody Allen y su irrefrenable (aunque no por ello menos mordaz) amor por Nueva York. En el caso de Ivánovich y su mujer, protagonistas de uno de los relatos de Pura anarquía, la noticia de que su hijito de tres años no superó la prueba de admisión en una guardería de elite (debido a "ciertas dificultades al apilar los bloques") deriva en una carrera de sobornos que terminará llevándolos a la tan temida bancarrota.
Si para estos dos neuróticos aspirantes a la alta sociedad neoyorquina una mala elección de jardín de infantes vendría a prefigurar toda una vida de fracasos, para los atribulados padres de las grandes urbes actuales una buena educación significa la mínima herencia que les pueden dejar a sus hijos en un mundo inestable.
¿Algo que ver con aquello de M´hijo el dotor ? Quizás, pero en un contexto de ascenso social mucho menos facilitado, marcado por un profundo vértigo laboral y tecnológico.
"Nadie tiene muy claro el tipo de mundo que va a haber dentro de diez años -explica el psicoanalista Germán García-. La incertidumbre es local y global." Ante esta situación, la adquisición de un segundo o tercer idioma desde edades tempranas puede funcionar de módico reaseguro. También, la doble jornada escolar, juzgada por muchos pedagogos y funcionarios como más eficaz (entre otros, la ex ministra de Educación Susana Decibe). Aunque no falten los especialistas que, como Horacio Sanguinetti, presidente de la Academia Nacional de Educación, no acuerdan con estos criterios. En un artículo publicado el año pasado en La Nacion, el ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires asegura que, en su opinión, la doble jornada no mejora el nivel educativo.
Por su parte, Faganello agrega: "La elección de la doble jornada no siempre tiene relación con que los padres trabajen. Creo que se compra un marketing. Los jardines con doble idioma y computación desde temprano... Aclaro que no es que yo no esté de acuerdo con el segundo idioma, no es eso. Simplemente, creo que se habla mucho sobre todo lo que el pibe, necesariamente, tiene que saber. Y no se dice nada sobre el permiso que tiene que tener un chico para ser libre en muchas cosas".
ABRIR LA PUERTA PARA IR A ... ¿JUGAR?
Como tantos niños de su edad, Lautaro (8) asiste a una escuela de doble jornada. Se levanta cerca de las siete de la mañana y regresa a su casa a eso de las cinco de la tarde. Todos los días tiene que hacer deberes. Además, los martes y jueves, tras merendar, toma clases de apoyo escolar. Los lunes tiene cita con la fonoaudióloga. Los sábados va a la escuela de natación. Y los viernes... es el día en que recibe amigos en casa, "para jugar con la Play". Lo que se dice todo un niño de agenda.
"Yo trato de no recibir niños en consulta después de las seis de la tarde", comenta Silvia Salman, miembro de la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana) y especialista en psicoanálisis infantil. No es difícil imaginar las razones de su decisión. Un niño cuya jornada comienza a tempranas horas de la mañana, al finalizar el día está, sencillamente, agotado. Y no con la mejor de las predisposiciones como para participar en una sesión terapéutica. "Es cierto. Los chicos tienen agenda, algo que en otras épocas no ocurría -continúa la especialista-. Existía el club, se hacían actividades, pero no con el formato estandarizado que se da en la actualidad. Hay algo en esta regulación que no deja lugar a la espontaneidad, a tener realmente ganas de hacer algo."
Cuenta Salman que, por lo general, sus jóvenes pacientes llegan a la consulta a partir de una derivación escolar. "La mayoría de las demandas están ligadas a ciertas dificultades en el lazo con los otros, el vínculo con los compañeros de la escuela -explica-. La hiperexigencia y la escasez de tiempo libre pueden incidir en la cuestión de los lazos. Aunque, desde mi punto de vista, lo que cuenta es la singularidad de cada caso. Con algunos chicos la agenda puede funcionar, ordenarlos. Pero con otros, una agenda armada por los padres puede aplastar el deseo del niño. No conviene generalizar."
Docente, productor de documentales y padre de un niño y una beba, Laureano Ladislao Gutiérrez no puede dejar de contrastar su infancia de plaza, tardes en la vereda y estampidas tras tocar el timbre a algún vecino con el mundo en el que está criando a sus hijos: "Hoy, jugar al fútbol es jugar al fútbol 5. Jugar a la escondida es ir a un lugar donde se hace una actividad, con un responsable, alguien que lo planifica. Expresarte por medio del arte es ir a un taller. Nadar, ir a clases de natación -enumera-. Y los cumpleaños son eventos que requieren organización, dinero, estrés. ¡Volvemos a cantar el Feliz Cumpleaños si la foto salió mal! Es una fiesta de un nene de dos o tres años, no un casamiento."
La regulación de los momentos recreativos, la superabundancia de estímulos y actividades dirigidas no es, en realidad, un tema exclusivamente ligado con el mundo escolar o preescolar. Basta ver la infinidad de propuestas destinadas a "desarrollar al máximo" el potencial de los bebes..., incluidos los que aún están en plena gestación. Para Germán García, lo que está en juego es una cuestión de oferta y demanda. "Existe un mercado -asegura-. Eso implica que todos somos objeto de cierta manipulación. Entonces, cuando el mercado puso los ojos sobre los niños, produjo efectos."
En sentido similar opina Salman: "En los adultos hay como un imaginario de que es necesario hacer ciertas cosas para pertenecer y tener asegurado el lazo con los amigos. Por ejemplo: todas las amiguitas de una nena van a clases de comedia musical. Puede ocurrir que la chiquita también pida ir y la madre acceda, considerando que es bueno que no se sienta afuera de su grupo de amigas. Pero también puede pasar que sea la mamá la que siente que su hija "se queda afuera" si no participa de esa actividad. ¿De quién es el deseo, entonces?"
Por ahí parece pasar buena parte de la cuestión. Parar la máquina diaria y reflexionar un poco. Discriminar dónde está lo interesante de una actividad (incluso, de una "agenda") y dónde el punto en que las cosas comienzan a salirse de cauce. Ver a los chicos. Escucharlos. Diferenciar qué es lo que ellos manifiestan y cuáles las expectativas que uno, como padre, está alimentando.
"¿Qué puedo hacer para que le crezca el cuerpito como a Messi?" Con tono entre agotado e indignado, Eduardo Faganello asegura que la pregunta le fue formulada en el marco de una consulta pediátrica.
Unas cuantas décadas atrás, allá por mediados del siglo XX, el pediatra y psicoanalista D. W. Winnicott escribía: "El juego demuestra que el niño es capaz, en un medio razonablemente satisfactorio y estable, de desarrollar una forma personal de vida y de convertirse eventualmente en un ser humano completo, deseado como tal y bien recibido por el mundo en general". ¿Cuál será el margen de juego que le queda a una futura estrella de fútbol de, pongamos por caso, siete años?
"Habría que evitar agendas que les impidan tener un mínimo de cuatro horas diarias para el juego libre, pautado por la pura curiosidad y el deseo de hacer -sugiere la licenciada en gestión educativa María Belén Cairo Sastre-. Sólo de allí surgen la creación, el invento, la conexión consigo mismos y la internalización verdadera de todos los otros aprendizajes." En un artículo titulado Derecho del niño a jugar , Cairo Sastre postula que en la Argentina actual existen, en realidad, dos infancias: la "hiperenseñada" y la "hiperhumillada". Mientras que la primera estaría privada del juego debido a un nivel de exigencia "que, por ir más allá de lo saludable, enferma", para los integrantes de la segunda, condenados a estar "por fuera del sistema, en los márgenes, deseantes, frustrados, achicados y con el resentimiento del fracaso, del no poder", la pregunta misma por lo lúdico pierde sentido.
En un conocido poema, William Blake describe la infancia como el modo de Ver un mundo en un grano de arena,/ Y un cielo en una flor silvestre,/ Sostener el infinito en la palma de la mano/ Y la eternidad en una hora .
Honoré relee al poeta inglés para preguntarse, una vez más, dónde está el beneficio de formar chicos tan enmarcados en lo funcional, tan dirigidos a objetivos, tan direccionados al trofeo. Y tan distantes del tiempo improductivo que permite bucear el infinito en la palma de una mano.
"Todos salimos mal parados cuando los niños se convierten en proyectos", sentencia el autor de Bajo presión . Más allá de su tono admonitorio, no estaría mal tenerlo en cuenta.
Por Diana Fernández Irusta
Revista Diario La Nación: Domingo 14 de marzo de 2010
Etiquetas:
Crianza: respeto
8 de agosto de 2013
La alimentación complementaria
Publicado por
Sol
Es muy positivo sentar al bebé a la mesa con los demás. Siempre que los hábitos alimentarios de la familia no sean muy inadecuados para un bebé será preferible ofrecer los mismos alimentos que toma el resto de la familia pero adaptados a la capacidad del niño. Si además el niño come a la mesa a la vez que los demás, se estará proporcionando al niño la función socializadora que tiene la comida para el resto de la familia.
CÓMO
Los nuevos alimentos se deben incorporar de uno en uno y con al menos una semana de separación.
No hay ninguna base científica para recomendar el ofrecimiento de un alimento antes que otro siempre que al principio se trate de alimentos sanos con poco potencial alergénico. Es indiferente empezar por la fruta, la verdura, los cereales, … Tampoco hay ninguna base científica para dar un determinado alimento a una determinada hora (cereales por la mañana, fruta por la tarde…)
Se debe empezar con pequeñas cantidades, sin forzar, que irán aumentando a medida que el niño las acepte de buen grado. La idea es ofrecer y, sobre todo, no obligarle jamás a comer. Cada niño tiene sus propias necesidades y sigue su propio ritmo.
Los alimentos deben ser variados, y se debe tener en cuenta su contenido energético, siendo preferible escurrir bien los alimentos y evitar caldos y sopas por su escaso aporte calórico.
No añadir azúcar ni sal a los alimentos. La ingesta de azúcar y sal en los niños mayores y adultos ya es demasiado alta, cuanto más tarde empiece a acostumbrarse, mejor.
Generalmente se recomienda no dar alimentos que suelen causar alergia, especialmente cualquiera que produzca alergia a un miembro de la familia, hasta los 12 meses. No obstante, una revisión llevada a cabo en 2008 por la ESPGHAN (Sociedad Europa de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica) concluyó que no se observa beneficio por el hecho de posponer la incorporación de alimentos potencialmente alergénicos.
Lo ideal es no incorporar las proteínas lácteas hasta el año. Ello incluye a la leche de vaca y sus derivados.
Dar el gluten (trigo, avena,centeno y cebada) con precaución. Recientes estudios en Escandinavia confirman que la lactancia materna disminuye el riesgo de celiaquía siempre que los alimentos que contengan gluten se ofrezcan muy poco a poco, cuando el niño todavía está mamando y alrededor de los 7-8 meses.
Los sólidos con riesgo de atragantamiento (frutos secos, palomitas de maíz…) se incorporarán a partir de los 3-5 años.
Los alimentos no necesariamente deben estar triturados, sino que basta que sean de consistencia blanda y puedan ser aplastados o troceados con un tenedor o por el propio niño con la lengua y el paladar. Tampoco son necesarios alimentos especiales para bebés y algunos de ellos, a parte de ser caros, llevan aditivos poco recomendables.
BABY-LED WEANING
Actualmente muchas familias optan por no introducir la AC triturada, sino ofreciendo a los bebés alimentos de fácil masticación en base a sus necesidades y gustos, y que formen parte de la dieta de los padres. Esta opción también es conocida como “Baby-led Weaning”. La nutricionista y directora adjunta de IHAN en Reino Unido, Gill Rapley, ha publicado recientemente un libro sobre esta forma de alimentación infantil llamado “El niño ya come solo” donde la autora, acogiéndose a las recomendaciones de la OMS, ofrece información sobre sus beneficios y explica cómo empezar la introducción de los alimentos.
¡SÓLO QUIERE COMER LO QUE LE GUSTA!
Las asociaciones americanas de pediatría y dietética indican que los bebés serán quienes escojan libremente los alimentos que los padres les ofrezcan (siempre que sean adecuados a nivel nutricional y variados).
Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de Nottingham (Inglaterra), ha descubierto que la mejor forma de introducir la alimentación complementaria, tras el periodo exclusivo de lactancia, es a través de pequeñas porciones de alimentos que el bebé come solo, en lugar de las tradicionales papillas. El estudio concluye que los bebés que empiezan a alimentarse solos con pequeñas porciones de carbohidratos, frutas y verduras y proteínas aprenden a regular su consumo de alimentos de forma natural.
NUNCA SE DEBE OBLIGAR A COMER A UN NIÑO.
Más pronto o más tarde todos los niños empiezan a interesarse por otros alimentos y mientras tanto la lactancia materna cubre sus necesidades, por lo nunca se debe intentar imponer a un niño la ingesta de una determinada cantidad de alimento.
Cada uno de nosotros necesita un aporte calórico distinto, razón por la que la alimentación no puede tomarse como una ciencia exacta. Y es que muchas veces el problema, como deja bien claro el Dr. Carlos González en su recomendable libro “Mi niño no me come”, es que nuestras expectativas o nuestra percepción de lo que ha comido no están acorde con la realidad.
¿Y LA LACTANCIA?
Continúa siendo a demanda, (sin horarios, cuando el bebé quiera) y hasta los dos años o más. No se trata de sustituir ninguna toma por otros alimentos, sino de complementarla con estos. De hecho, se recomienda ofrecerlos DESPUÉS de la toma, aunque ello suponga que el niño tome menos de otras cosas. Lo que sería inadecuado es que por tomar primero otras cosas el niño deje de tomar la leche materna porque es la ingesta de leche la que sigue garantizando la correcta alimentación del bebé y la producción de la madre .
Además, gracias a la lactancia materna se enriquece el gusto por los alimentos en el bebé y posiblemente reciba mucho mejor los alimentos sólidos al reconocer el sabor que ofrecen . Una reciente investigación realizada por expertos de la Universidad de Copenhague demuestra que el sabor de la leche materna puede variar en cuestión de minutos y está condicionado a la dieta que realice la madre.
La imagen es de http://lovelivegrow.com
Etiquetas:
alimentación,
baby led weaning,
Crianza: respeto
29 de julio de 2013
Aprendiendo a no interferir
Publicado por
Sol
Mi marido y yo estamos siempre halagando la conducta y modales de nuestros hijos. La gente cree que los disciplinamos. No es así. Nos disciplinamos a nosotros mismos.
Satisfacemos las necesidades de nuestros hijos, les proporcionamos protección, y los exponemos a las posibilidades de la vida. Sin embargo, nosotros no interferimos en su juego, su aprendizaje, su creatividad, o cualquier otro tipo de crecimiento. Nosotros los amamos, alimentamos, compartimos, escuchamos, respondemos, y participamos cuando nos lo piden. Aun así, debemos mantener a nuestros hijos libres de manipulación o insultos como resultado de comentarios o ideas "útiles, amables"- influencias sobre las cuales los niños son tan sensibles en su estado de dependencia.
Auto-Disciplina Maternal/Paternal
Este tipo de disciplina no es fácil. Nuestra sociedad no solo no la avala, sino que la tentación de quebrar las "reglas" vive dentro de nosotros. La necesidad/instinto de intervenir en la actividad de los niños está enraizada en cómo fuimos criados en nuestra cultura.
Para mí, el desafío más difícil de sobrellevar ha sido el impulso narcisista de "mostrar" a mis hijos. Un día, cuando nuestro hijo mayor tenía dos años, tocó un tipo de escala (suave) en el piano. Estaba asombrada, y aun así me contuve en mi norma/regla y no interferí. Libre de tocar por propio interés y amor, y no para complacerme a mí, continuó mejorando sus escalas con gran alegría y concentración por un largo tiempo. Cuando mi marido llegó a casa caí en la trampa. Siendo incapaz de esperar a que repitiese su desempeño a su tiempo, encubiertamente traté de dirigir a mi hijo al piano para que haga su "truco".
Sin haber sido "entrenado a hacer" para satisfacer, no fue ningún tonto. Sintió el engaño y se rehusó a tocar. Pasaron varias semanas antes de que nuevamente se sumerja a tocar esa escala en el piano. El niño ama hacer cosas por los demás, les encanta ayudar y servir, pero aún así; cuando hace algo fuera de su propio interés, así es como debería ser mantenido.
A pesar que la auto-disciplina de un/a padre/madre es un desafío, se convierte en natural (como una segunda naturaleza) con el tiempo y la experiencia. Para mí, este tipo de disciplina se desarrolla gradualmente, empezando con "reconocimiento descriptivo" y finalizando/culminando en sin interferir unos años después. Mis mejores aliados han sido mis realizaciones como madre y educadora, el libro de Daniel Greenberg "Free at Last" y entrevistas/charlas con Jean Liedloff, autora de "The Continuum Concept", sobre dejar a los niños ser ellos mismos.
Al principio creía que reconocer, comentar y elogiar a los niños por sus logros expresaba amor y construía autoestima. Con el tiempo, me di cuenta que estas intervenciones bien intencionadas hacen justamente lo opuesto: promueven la dependencia en la validación externa y disminuyen la auto-confianza que poseen los niños. Aquellos niños que están sometidos a comentarios, elogios y reconocimientos interminables eventualmente aprenden a hacer cosas no para ellos mismos, sino para complacer a terceros. Complacer a otros rápidamente se convierte en su principal motivación, reemplazando impulsos provenientes del auténtico y verdadero SER y llevando a su propia perdida.
Al contrario de lo que frecuentemente se cree, los niños se sienten más amados y seguros de sí mismos cuando no interferimos en sus actividades. No solo permanecen seguros de nuestro amor y sostén cuando nos abstenemos de participar, pero ellos necesitan que los protejamos de las intrusiones, que pueden interferir con su progreso, auto-confianza y salud emocional.
Cuando intervenimos con elogios, deseos, sugerencias y premios, las dudas aparecen y sacuden la auto-confianza de los niños y la confianza en nosotros. Sensibles e inteligentes, ellos perciben que tenemos una agenda- que los estamos manipulando hacia un "mejor" o deseado resultado. Esta conciencia los pone a pensar: "a lo mejor lo que yo estoy tratando de lograr no está bien- no puedo confiar en mí mismo para elegir o saber qué puedo hacer", o "mamá y papá tienen una agenda que yo debo llevar a cabo y completar para tener su aprobación y amor".
Gradualmente un cambio ocurre. Niños que antes hacían las cosas por placer personal o comprendían que lo hacían para complacer a un tercero; ya no confían en sus acciones, como tampoco confían en nosotros, porque la realidad es que no estamos de su lado. Junto con el cambio a complacernos también aparece el miedo a no complacernos. Dependencia intelectual y emocional, bajo auto-estima, y falta de auto-confianza invariantemente aparecen.
Aún cuando interferimos con comentarios aislados en el juego imaginativo de nuestros hijos, las dudas aparecen. Lo que los niños están experimentando internamente en estos momentos es tan remoto/desconectado de nuestras "enseñadas" suposiciones que rápidamente nuestra confusión se convierte en auto- negación y duda. Además, los niños perciben los comentarios/observaciones falsos, autoritarios y condescendientes de lo que son, y pueden concluir que está bien no ser sincero y pretencioso
Del Elogio a la Observación
Es difícil inhibir los elogios. Por un lado, estamos encadenados a nuestro propio condicionamiento y por el otro, somos fácilmente engañados: en el elogio por cada logro el niño pareciera como un niño con alta auto-estima, exitoso y alegre. En realidad, ese tipo de niño ha cambiado al modo de complacencia, llevado al éxito no por curiosidad o interés personal, sino por el deseo de obedecernos y vivir de nuestras expectativas. Como educador, John Holt ha dicho sobre los niños, "ellos tienen miedo, por sobre toda las cosas, de fracasar, de decepcionar o no complacer a los ansiosos adultos que los rodean, de quienes sus esperanzas y expectativas ilimitadas de sí mismos cuelgan sobre sus cabezas como una nube". En resumen, la estima que observamos no es auto-estima, debido a que la misma ha sido perdida en los primeros años por este tipo de condicionamiento. La alegría que observamos no es placer, sino alivio de que otro acto complaciente ha sido logrado, asegurando la aprobación de papa y mama (supervivencia emocional) y ocultando un sentimiento de profunda confusión.
Los niños, también, pueden ser engañados/as para creer que estas son conductas de complacencia originados internamente y que tiene que ver totalmente con quienes son ellos. La decepción más grande es cuando son criados para ser adultos aparentemente alegres y exitosos. La psicoanalista Alice Miller, en su libro "The Drama of the Gifted Child", expresa la siguiente lamentable convicción: "sin estos logros, dotes, nunca podría ser amado… sin estas cualidades, que tengo, una persona no vale nada" Miller continua explicando por qué los logros basados en la complacencia niega la auto-comprensión y, al realizarlo, conlleva a depresión, a sentimientos de "que nunca alcanza", y otras alteraciones emocionales frecuentemente en las personas más exitosas.
Para "seguir a nuestro propio ritmo", una persona necesita ejercitar los músculos de libre elección y auto-aprendizaje desde el comienzo. La dificultad que tenemos para confiar en la capacidad de flexibilidad nuestros/as hijos/as proviene de nuestra propia experiencia al no haber confiado en nosotros. Confiar, es sencillamente/simplemente, no natural para nosotros. Solo cuando realizamos un esfuerzo consciente para salir- y no interferir en el camino de nuestros hijos descubrimos la maravillosa verdad: la magia ya está presente en nuestros/as hijos/as, preparado para desarrollarse/desplegarse a su propia forma/manera y en su propio tiempo.
Aproximadamente la mayoría de los niños vienen a esta vida equipados con un YO/SER que es capaz de florecer a capacidad. Sin interferir, entorpecer su crecimiento, este SER guiará al niño hacia capacidades y aprendizajes, y, en el proceso, auto-realización. No tenemos ningún derecho de querer controlar la dirección de este crecimiento. En vez de entrenar a nuestros hijos en varios formas de intervenciones para que encajen en nuestra visión/percepción de ellos, debemos entrenarnos a nosotros mismos para respetar la creación de la naturaleza y protegerla su florecer autentico en su totalidad.
Es más, el resultado final que estamos buscando- un ser humano capaz, con alta auto-estima, creativo, curioso y responsable- ya se puede observar en un niño de 2 años. Si permitimos poner estos dotes en uso de una manera auto-dirigida y con auto-confianza, el niño desarrollará capacidades mientras que aumenta estas deseadas cualidades. Maduración luego sucederá como una expresión autentica del SER, más que contemporizar (Acomodarse al gusto o dictamen ajeno por algún respeto o fin particular) la autoridad paternal/maternal y otros formas de dominación.
No interferir nos da la oportunidad de convertirnos en observadores curiosos. Al mismo tiempo, nos libera de las peleas de poder y comenzamos a aproximarnos a una maternidad/paternidad que es mucho más placentera y plena. No conozco "entretenimiento" en la vida más interesante, atrapante, fascinante y glorioso que observar a los/as niños/as desarrollarse libremente.
Naomi Aldort
13 de julio de 2013
Mi niño no me habla
Publicado por
Sol
Últimamente leo y escucho algo que me temía desde hace tiempo y que supongo que terminará convirtiéndose en moda también: cómo enseñar a tu bebé a hablar.
Confundimos estimulación con métodos y nos lanzamos a adiestrar a nuestros hijos en hechos que suceden sin más intervención que la interacción natural padres-hijos-ambiente.
¿A qué se debe esta sobreactuación sobre todos y cada uno de los hechos del desarrollo? Me inquieta de verdad.
Ya he comentado en algunas ocasiones que los padres de hoy mantienen un afán malsano (para el niño) de ponerse todas las medallas que, en realidad, le corresponden al pequeño. Los niños “nos comen” bien, mal o regular. “Le quitamos” el chupete, el bibe y el pañal (y con llenos de orgullo lo decimos, mientras el niño nos mira como si no tuviera él nada que ver en el asunto) y “conseguimos que duerma del tirón” o “le enseñamos a dormir” para que nos deje tranquilitos 12 de las 24 horas que vive a nuestro lado (esto es un decir, porque de las 12 restantes es posible que sólo estemos realmente juntos 2 o 3).
Sea como fuere, hechos tan sencillos y naturales como comer, dormir, succionar o controlar los propios esfínteres ya no les pertenecen a los niños, sino a sus orgullosos padres, que se han leído un libro o, en el peor de los casos, han seguido la “metodología popular”. Me pregunto si tras la necesidad de atribuirnos los logros ajenos (los de nuestros hijos) no se esconderá una obsesiva necesidad de control... o quizá la propia infancia robada, la propia necesidad de aprobación, de visibilidad, de hacer las cosas bien.
Son necesidades muy lícitas, todos las tenemos, pero no a costa de la invisibilidad de nuestros hijos, por favor.
En cualquier caso, temas como los anteriores llevamos años debatiéndolos, posicionándonos, probando y errando (o acertando). Hace meses hacía un repaso mental de los pocos logros que le quedan al niño por reclamar para sí mismo y así a priori se me ocurrían dos: el lenguaje y caminar.
Pues bien, ya comienzan a aparecer inquietudes al respecto: madres y padres que se inquietan (y mucho) porque la maestra de turno les sugiere una visita al logopeda ya que su hijo/a de tres años no pronuncia bien o no habla como “es de esperar”. Familias que sospechan un retraso en el desarrollo del lenguaje porque su pequeño, de dos, no habla igual que lo hizo su hermanito. Estas familias ignora que el lenguaje es mucho más que palabras: no saben que el lenguaje infantil es un código la mayor parte de las veces no verbal, que sólo se puede descifrar permaneciendo en conexión con el niño.
Comenzamos a leer técnicas para “estimular el lenguaje”, ejercicios para tonificar el aparato fonador, y métodos varios para que nuestros pequeños hablen y pronuncien “como es debido” y a las edades que hemos establecido para ello (a los dos años ya deberían hablar como loros). Queremos que nuestros hijos sean como nos dicen que son los niños. Y queremos que sean siempre “como los demás”.
Si supiéramos lo peligroso e irresponsable que resulta la tendencia a la “normalización” y la “uniformidad” a la que estamos asistiendo en estos años, nos lo pensaríamos dos veces antes de evitar fóbicamente todo aquello que represente la individualidad, la unicidad, la particularidad o el ritmo personal del niño en crecimiento.
Las diferencias nos enriquecen y fortalecen nuestra propia estima, lo contrario nos aborrega y nos supedita a entrar en unos estándares sólo compartidos por unos pocos: la uniformidad condena a las personas (a los niños) al fracaso personal, a la etiqueta, a la pobre valoración y, lo que es peor, a la renuncia expresa a lo que uno es en realidad y cómo es en realidad.
Para que todos ustedes lo sepan: los niños no necesitan que les enseñemos a hablar, necesitan que seamos nosotros los que les hablemos…. y que les escuchemos. Que pasemos tiempo con ellos, que les leamos cuentos, les cantemos canciones, les susurremos al oído, les hagamos pedorretas. Que le pongamos palabras a sus sentimientos y a los nuestros: amor, cariño, enfado, rabia. Que nos enternezcamos con sus errores y caigamos rendidos ante sus logros.
Porque las palabras que salen de su boca, ya sean muchas o pocas, escriben el libro de su vida, no de la nuestra.
Y permitanme la ironía, pero cuando pase la moda de “enseñarles a hablar”, de una cosa estoy segura: cientos de padres (los mismos que se preocuparon porque el niño no hablaba) acudirán nerviosos a las librerías y a las consultas preguntando : “y ahora, ¿cómo le hago callar?”.
Violeta Alcocer.
Publicado en el blog Atraviesa el espejo
Etiquetas:
2 años,
2 años y medio a 5,
3 años,
Crianza: respeto
9 de julio de 2013
Mi hijo grita, no habla
Publicado por
Sol
El escuchar a los niños correr, reír y gritar en el parque es algo que a todos nos agrada y llena de alegría porque demuestran que son felices y lo manifiestan de esa manera, pero que ocurre cuando esto misma forma de comunicarse se repite en casa, en ese espacio donde buscamos calma para descansar y relajarnos de las largas jornadas de trabajo, entonces ya no nos parece tan agradable ¿verdad?
Es normal que esto suceda si hablamos de niños menores de 2 años ya que a esta edad aún no son capaces de comunicar sus deseos y necesidades haciendo uso de la palabra de forma clara, pero pasada esta etapa debe ir dándose cuenta que puede conseguir las cosas sin necesidad de gritar o llorar, para entonces ya será capaz de usar algunas palabras o sonidos para llamar a las cosas.
A los dos años, los niños pasan por una fase en la que quieren llamar la atención y como han descubierto que gritando o llorando pueden conseguir lo que quieren, pues es natural que sigan usando estas formas después del año. Sin embargo, el niño no ha descubierto esa estrategia porque sea así como debe de ser sino porque los padres o personas a su cuidado han hecho que sea de esa manera.
Los niños actúan de acuerdo a nuestras reacciones, por lo tanto, si cada vez que lloran o gritan les damos lo que quieren pues tenga por seguro que seguirá haciéndolo, pero si en vez de ello les decimos que así no les entendemos y esperamos a que se calmen o bajen el tono de la voz para que nos lo pidan, ellos sabrán que sólo así le tomarán atención y no será necesario que grite.
Ahora, los niños también aprenden por imitación, entonces tenemos que si en casa todos hablan con tonos de voz elevados no será novedad que el niño también lo haga porque para él será algo normal, pero si por el contrario tratamos de usar un tono de voz suave sobretodo nos encontramos frente a ellos, seremos mejores modelos y los niños repetirán esta conducta.
También es importante, cuando se observa que esta conducta continúa en los niños, realizarles una evaluación auditiva (audiometría) ya que puede deberse a que sus niveles de audición están bajos, como ellos no se escuchan piensan que los demás tampoco los escuchan y levantan el tono de la voz. Cuanto antes este problema sea detectado será más sencillo tratarlo.
Acciones a tener en cuenta:
Juvitza Panez Salazar
Especialista en Evaluación y Tratamiento de los Problemas de Lenguaje
Es normal que esto suceda si hablamos de niños menores de 2 años ya que a esta edad aún no son capaces de comunicar sus deseos y necesidades haciendo uso de la palabra de forma clara, pero pasada esta etapa debe ir dándose cuenta que puede conseguir las cosas sin necesidad de gritar o llorar, para entonces ya será capaz de usar algunas palabras o sonidos para llamar a las cosas.
A los dos años, los niños pasan por una fase en la que quieren llamar la atención y como han descubierto que gritando o llorando pueden conseguir lo que quieren, pues es natural que sigan usando estas formas después del año. Sin embargo, el niño no ha descubierto esa estrategia porque sea así como debe de ser sino porque los padres o personas a su cuidado han hecho que sea de esa manera.
Los niños actúan de acuerdo a nuestras reacciones, por lo tanto, si cada vez que lloran o gritan les damos lo que quieren pues tenga por seguro que seguirá haciéndolo, pero si en vez de ello les decimos que así no les entendemos y esperamos a que se calmen o bajen el tono de la voz para que nos lo pidan, ellos sabrán que sólo así le tomarán atención y no será necesario que grite.
Ahora, los niños también aprenden por imitación, entonces tenemos que si en casa todos hablan con tonos de voz elevados no será novedad que el niño también lo haga porque para él será algo normal, pero si por el contrario tratamos de usar un tono de voz suave sobretodo nos encontramos frente a ellos, seremos mejores modelos y los niños repetirán esta conducta.
También es importante, cuando se observa que esta conducta continúa en los niños, realizarles una evaluación auditiva (audiometría) ya que puede deberse a que sus niveles de audición están bajos, como ellos no se escuchan piensan que los demás tampoco los escuchan y levantan el tono de la voz. Cuanto antes este problema sea detectado será más sencillo tratarlo.
Acciones a tener en cuenta:
- Aunque el niño grite, tú no debes hacerlo.
- Mantener un tono de voz suave, esto le servirá de modelo a imitar.
- Evitar hablarles a cada rato del tema, esto sólo logrará reforzar la conducta y continuará haciéndolo.
- Dar forma a sus gritos diciéndole lo que debe decir, ejemplo: “di dame”.
- Cuando grite no molestarse, de esa forma no se logra nada.
- Decirle que cuando grita no le entiende y estar atentos para cuando cambia su tono de voz para escucharlo.
- Evitar decirle cosas como “eres un gritón”, “estoy harto de tus gritos”, etc.
Juvitza Panez Salazar
Especialista en Evaluación y Tratamiento de los Problemas de Lenguaje
Etiquetas:
2 años,
2 años y medio a 5,
Crianza: respeto,
educación: general
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










