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23 de febrero de 2013

Nuestros hijos nos quieren


Nuestro hijos nos quieren.

No quieren aprovecharse de nosotros ni tomarnos el pelo. No están “probando los límites” para encontrar un resquicio en nuestras férreas defensas. Nos obedecen casi siempre, y de hecho buscan a menudo nuestra orientación y aprobación. Nada les hace más felices que nuestras muestras de afecto, nada les duele más que nuestro enfado.

Criar hijos es fácil. Aunque sea el primero. No necesita estudios ni experiencia, porque todos tenemos experiencia. Tal vez no hayamos sido nunca padres, pero sí que hemos sido hijos. Durante muchos años.

Recuerde.

Recuerde qué hacía, qué sentía, qué cosas le alegraban y qué cosas le dolían. Intente mirar al niño que tiene con los ojos del niño que fue.

Nuestros hijos nos quieren con corazón puro, con fe inagotable, con total desinterés. Nos quieren como nosotros les queremos, sin exigencias y sin condiciones. No nos avergoncemos de quererles.

Por Carlos González
La imagen es de I'll bring the cookies you bring the milk

28 de enero de 2013

Enseña a tu hijo a compartir


¿Tu hijo tiene dificultades para compartir sus juguetes con otros niños? Los niños sienten mucho apego por sus posesiones, y no entienden lo que les puede pasar a ellos o asus juguetes si los comparten. Para que puedas hacerte una idea de estos sentimientos, piensa por un momento en alguna de tus más preciadas e importantes posesiones (tal vez tu tablet, tu móvil, el coche o algo así). Ahora piensa en dejárselo a un amigo para que lo use un día ... Ese sentimiento de temor e incertidumbre, además de la inexperiencia de un niño, está en la raíz de la renuencia a compartir. Compartir es una habilidad social complicada que se desarrolla con orientación y práctica.

¿Qué hacer?

Demostrar cómo compartir.
Compartir cosas con su hijo y mostrarle que lo está compartiendo. Por ejemplo, "¿Te gustaría enredar un rato con mi calculadora? Me encanta compartirla contigo."

Anima a tu hijo a compartir contigo.
Es más fácil para un niño compartir con sus padres, porque sabe que vas a tener cuidado y le devolverás el juguete en buenas condiciones cuando hayas terminado. Sirve para aprender buenas prácticas en el intercambio. Al devolverle su juguete, explícale lo que ha pasado "¡Muchas gracias por compartir tus juguetes conmigo! Lo has hecho fenomenal" De esta manera se tiene una buena sensación acerca de lo que significa compartir.

Dar opciones a tu hijo.
En lugar de exigir que tu hijo comparta un juguete específico, dale algunas opciones. Por ejemplo, "A Sarah le gustaría jugar con un peluche. ¿Cuál te gustaría dejarle para que juegue con él?"

Crear situaciones que requieran compartir.
Tu hijo puede aprovechar para practicar esto del compartir ofreciéndole juguetes o juegos que requieran dos o más personas para jugar, tales como juegos, artículos deportivos y juguetes de jardín. Busca también actividades que tengan un montón de piezas para todo el mundo, como plastilina o pintura, o construir con bloques.

Deja que tu hijo sepa lo que puede pasar ante una situación de compartición.
Antes de que venga un amigo a jugar, hazle saber cuánto tiempo estará, y asegúrale que todas sus cosas todavía serán suyas cuando su amigo se vaya. Permite que tu niño guarde algunas de sus cosas favoritas que no tenga ganas de compartir.

Elogia los buenos momentos compartidos.
Estate atento a las cosas buenas que sucedan - aunque sea brevemente - y elogia a tu hijo por compartir muy bien.

Lo que no debe hacer

No avergüences a tu hijo por no compartir.

Si tu niño no está dispuesto a compartir, tal vez es que necesita aprender más sobre el proceso. Enseñale, en lugar de castigarle.

No avergüences a tu hijo con una amonestación pública.
Incluso si le has advertido y le has preparado para que haya buen rollo y ganas de compartir,tu hijo podría negarse a hacerlo. Cuando esto suceda, llevale a otra habitación y discute el asunto en privado, y luego establece un plan.

No obligues a tu hijo a compartir juguetes o regalos especiales
Algunas cosas deben estar exentos de normas de reparto, como su muñeca favorita, el peluche con el que duerme, un juguete frágil, o un regalo reciente.

Elizabeth Pantley
Extraído de The No-Cry Discipline Solution (McGraw-Hill)

22 de diciembre de 2012

Celebrar la Navidad con menos recursos económicos


La antigua costumbre de festejar las buenas noticias -compartiendo tradicionalmente buena comida y buena bebida- se ha ido transformando en una exagerada carrera por comprar objetos y regalos de todo tipo. Muchos de nosotros somos víctimas de una modalidad instalada de la que no sabemos cómo escapar. Compramos porque todos esperan recibir, porque corresponde, porque somos buenos padres, buenos hermanos, buenos hijos o buenos yernos. Compramos y nos endeudamos y dedicamos días enteros tratando de satisfacer posibles deseos ajenos. Paradójicamente, las crisis económicas como las que estamos viviendo, pueden acercarnos un lado positivo. Es verdad que la primera sensación es de escasez y limitaciones incómodas. Sin embargo, podemos convertir esta situación externa en una experiencia con matices interesantes. Si este año no hay tanta disponibilidad de dinero, no es necesariamente algo malo: Los encuentros entre seres queridos son gratuitos. La meditación o las propuestas para vivir entre adultos y niños alguna experiencia enriquecedora en términos espirituales, también son gratuitas. Conversar entre todos sobre nuestra realidad emocional, familiar, económica o financiera para decidir en conjunto cómo celebraremos las fiestas, nos puede ofrecer un grado de intimidad y acercamiento desconocido hasta entonces.

Todo lo que el dinero y el consumo tapa, la falta de dinero deja al descubierto. Es verdad que pueden aparecer miserias y egoísmos pasados, pero también podemos poner sobre la mesa las buenas intenciones para mejorar los vínculos. En estos casos, los niños serán los principales beneficiados. Porque no es verdad que los niños esperan juguetes. Los niños esperan ser amados. Si eso sucede, pueden comprender que esta vez no habrá regalos o que serán pocos, si en compensación recibirán propuestas afectivas diferentes.

Cuando nosotros fuimos niños, había menos consumo y menos disponibilidad de dinero que en la actualidad; y aún así recordamos momentos colmados de magia. Si pudiéramos relatar a los niños cómo vivíamos las fiestas, podremos lograr que los encuentros entre los seres queridos valgan la pena.

Por eso, en lugar de lamentarnos por todo lo que no podemos comprar en este momento, o bien si sentimos el hartazgo por tanto ruido y estrés; aprovechemos la oportunidad. Conversemos con los niños y escuchemos cómo imaginan ellos pasar las fiestas sin gastar dinero. Nos sorprenderemos de la creatividad y buena voluntad que los niños tienen para derrochar.


Laura Gutman.

15 de octubre de 2012

Tareas de la casa


Debemos enseñar a nuestros hijos que la colaboración en las tareas familiares ayuda y favorece a todos sus miembros. Como padres es importante que nos preocupemos de sus logros académicos, deportivos y sociales, pero igual de importante es la exigencia en la colaboración (no ayuda) de nuestros hijos en el hogar.

Es importarte enseñarles este aprendizaje desde pequeños; así, en la adolescencia, que es la etapa de la rebeldía, tendrán adquiridas estas rutinas y será más fácil que continúen ejecutándolas. Puede haber casos en que los padres no hayan enseñado a sus hijos la realización de tareas familiares; entonces, en la adolescencia, deberán hablar con ellos y razonarles por qué es importante su colaboración. Uno de estos argumentos es que es bueno para él y para los demás que ayude en la casa.

Lo primero que debemos hacer es descartar, desde el principio, la idea de que hacer tareas de la casa es “ayudar a mi madre”. Debemos enseñarles que no ayudan a la madre en esto, que ayudan a su madre cuando hacen algo que favorece exclusivamente a ella. Lo segundo hacerles ver que la “casa” es un ente más y que como tal necesita cuidados específicos y reglados por parte de todos. Cuando digan: –Es que yo ayudo a mi madre – les corregiremos y les diremos: –Esto lo haces por la casa, que es de todos y a todos nos favorece; no favorece a mamá, no es ayudar a mamá –.

Los adolescentes aprenden mucho realizando tareas cotidianas, desde el orden de la habitación hasta las tareas propias de limpieza, hacer la compra, cocinar, etc. Resultan tareas al principio complejas para ellos pero, con el tiempo y con el hacer continuo, se terminan dominando y automatizando, que es lo que hacemos los adultos.

En todo este proceso de aprendizaje se cometen muchos errores que, en la mayoría de las ocasiones, inquietan y molestan a los padres, sobre todo a la madre, porque nuestros hijos son lentos en la ejecución, porque realizan las tareas a medias, porque producen suciedad, porque nos hacen perder tiempo, porque pensamos que si lo hacemos nosotros quedará mejor, porque no confiamos en sus capacidades. Todos estos porqués son un error. Debemos dejarles tiempo para que lo hagan ellos; nunca debemos volver a hacer nosotros su tarea ya que lo que le estamos demostrando es que lo que ellos han hecho no ha servido para nada. Ellos deben aprender a hacerlo bien. Debemos descartar la idea de que hecho por nosotros queda mejor. Debemos dedicar tiempo a nuestros hijos, a enseñarles a hacer estas tareas pensando que lo harán bien, explicándoles cómo se hacen y confiando en su buena ejecución; con esto aprendemos a delegar responsabilidades. Los padres debemos tener paciencia, no criticar tanto lo que ellos hagan. Así aprenderán.

Otro de los errores que cometemos como padres en relación a las tareas de la casa es cuando nuestro hijo suspende. Entonces decimos: –Pobre, no puede con todo – y le “quitamos” sus tareas familiares para que dedique”todo” su tiempo a estudiar, y lo que conseguimos con esto es hacer un hijo caprichoso y consentido. Los adolescentes tienen capacidad suficiente para colaborar y estudiar.

Podemos pactar con nuestros hijos la colaboración en las tareas familiares. En este pacto participarán todos los miembros de la familia, responsabilizándose cada uno de lo que se asigne. El pacto se puede poner en un lugar común de la casa, como la cocina, y ahí quedarán registradas las responsabilidades de cada componente de la familia. Si los padres estamos detrás de nuestros hijos o les imponemos hacer una serie de cosas, entonces sólo estarán obedeciendo órdenes, sin ningún interés en colaborar. Por el contrario, si se pacta, ellos intentarán colaborar porque así nuestros hijos se darán cuenta que contamos con su apoyo. Cuando todos los miembros de una familia hacen cada uno las tareas asignadas, se consigue un mejor ambiente de convivencia.

Valga como ejemplo el planchado de su ropa. Debemos enseñarles que esta labor la realicen ellos. Actualmente nuestros adolescentes usan muchísima ropa. Esto es fácil si se deja claro como una norma familiar. Por supuesto, ningún adulto le planchará su ropa. Un buen momento para planchar es viendo la televisión. Ellos quieren ver programas y, en vez de estar tranquilamente en el sofá, se les exige que planchen.

La conclusión es que, cuando los padres hacemos todas estas tareas, estamos impidiendo que los hijos las hagan, estamos retrasando el desarrollo de sus capacidades, y la confianza en sí mismos disminuye, mientras que, si les enseñamos y tenemos paciencia, estaremos dándoles herramientas para el futuro, para ser personas más autónomas y responsables.

Gloria Pastor Blanco. Profesora de Secundaria. Colegio Nueva Castilla. Villa de Vallecas. Madrid.

Extraído del boletín FAMIPED.

8 de marzo de 2011

Ha sido él... los conflictos ayudan a vivir

Una niña de cuatro años está jugando con un coche de juguete. Se lo acaban de regalar. Viene su hermana pequeña, que aún no tiene dos años y se lo quiere coger. Hay un pequeño tira y afloja, las dos gritan. De pronto, la pequeña muerde a la grande, que grita. Acto seguido, ésta le da una bofetada a la pequeña, que también comienza a gritar. En ese momento, la madre, que medio ha seguido el conflicto mientras hacía otra cosa, está harta, llega y dice enfadada “¿qué ha pasado?”. Después de escuchar las dos partes, la madre dicta sentencia. Puede ser que dirigiéndose a la mayor, le diga: “ya está bien, hay compartir. Y tú que eres mayor lo tendrías que saber” (esto puede parecernos muy cierto). Y le quitará el objeto a la mayor y se lo dará a la pequeña. O bien, dirigiéndose a la pequeña, que quizás se había salido con la suya: “Ya está bien, esto es de ella, las cosas no se quitan” (y esto no nos parecerá menos verdad), y le quitará el coche para restituirlo a su legítima propietaria. La hermana “ganadora” se sentirá contenta de haber vencido la disputa, confirmando así que su único interés valía la pena, y al mismo tiempo, la “perdedora” apuntará en su lista negra personal apuntará un palo más en el nombre de su hermana. Años más tarde, probablemente en medio de un nuevo conflicto irresoluble, es posible que una de las hermanas- la mayor, claro, la pequeña no recordará por qué siente aquello por su hermana…- aún le echará en cara “porque tú una vez me querías quitar el coche que me acababan de regalar”.

El conflicto forma parte de nuestra vida. Ahora vivimos en sociedades muy reguladas, y por tanto vivimos muchos menos conflictos que hace unos siglos, pero olvidamos que antes de llegar a establecer un sistema en el que nos tengamos que ir dando empujones por las calles, ni defendiendo nuestra casa, en el que no haya esclavos o que no se violen las personas en cada esquina, han pasado muchas cosas, ha habido muchas guerras y revueltas y también muchas negociaciones. Y aún así, los conflictos siguen apareciendo, porque las personas a menudo sentimos necesidades que no sólo no coinciden con las de nuestros vecinos, sin que muy a menudo están enfrentadas. ¿O es que nadie no ha discutido nunca con las personas adultas con las que comparte el piso, el trabajo o la vida?

Lo que pasa es que el conflicto está muy mal visto, y parece que una relación no pueda ser satisfactoria si hay conflictos. De forma que hay muchas personas que evitan el conflicto, y otras que evitan directamente la relación con las personas con las que han tenido alguna vez un conflicto. Así pues, aprender a aceptar desde pequeños que los conflictos son inevitables es uno de los aprendizajes más útiles. Encontrar la forma de resolverlos será otra cosa, que no es fácil, pero que los adultos, a menudo, hacemos aún más difícil con nuestra intervención.

Por ejemplo, y volviendo a la situación del comienzo, ¿cuál de las dos “verdades” es la más adecuada? No podemos partir de la idea de que alguien está haciendo algo mal, aunque nosotros fácilmente nos identificamos con el más débil, que no necesariamente es el más pequeño. ¿Os habéis fijado que a menudo tendemos a favorecerlo, quitando el objeto al que ha “ganado” y dándolo al otro?. Por cierto, que si las cosas “no se quitan”, ¿con qué derecho le quitamos nosotros el juguete? Es como cuando nos explican un conflicto en el colegio, y les decimos “vuélvete”. ¿No habíamos quedado en que eso está mal hecho? Esto nos pasa probablemente por el recuerdo de las injusticias sufridas por nosotros mismos de pequeños, pero quizás olvidamos que nuestros padres también estaban allí para “resolvernos” nuestros propios conflictos, y eso no nos ahorró tampoco aquellos sentimientos: de hecho, quizás, su intervención, bienintencionada, es lo que nos los generó. En todo caso, si somos conscientes de que la situación nos está produciendo un malestar a nosotros mismos, quizás habrá que decirlo: “a mí esto también me está haciendo sentir rabia”. ¡Y asumir que hemos entrado en el conflicto!

La justicia es relativa

Seguramente nuestra forma de intervenir tiene mucha relación con nuestra idea sobre la justicia, el conflicto en sí y su resolución. Está muy extendida la tradición “civilizada” de recurrir a un árbitro externo, algo que en lugares como los EEUU da lugar a miles de litigios judiciales que no hacen nada más que animar el fuego en una sociedad altamente conflictiva. Y olvidamos que antes hay muchas otras cosas que se pueden hacer. Lo que aún es más lógico es que el “juez” intervenga “de oficio” en un conflicto doméstico, como la discusión por un juguete. Eso es precisamente lo que hace la madre del caso que nos ocupa. Entonces, ¿tendría que haber dejado que se mataran por el coche de plástico? Claro que no, eso no, lo tendría que haber evitado separando los contendientes. Cuando se están haciendo demasiado daño o realmente se está abusando excesivamente del más débil, es lógico que intervengamos. Pero eso no es actuar como un juez, sino como un vecino solidario, que es otra cosa. Y en definitiva, como padres. No hacerlo en esos casos provocaría mucha inseguridad, evidentemente. Si se llega a una situación extrema, se tendrá que actuar, pero no para impartir “justicia”, sino para evitar males mayores.

La justicia es algo que ni los adultos tienen demasiado claro qué es, pero en todo caso está claro que a los cinco y a los dos años la concepción de lo que es es muy diferente de la que tiene su madre. Injusto es no conseguir nada de lo que quiero, justo es conseguirlo. Y de hecho, a nosotros nos pasa algo parecido con nuestras cosas: justo es cuando yo puedo aparcar donde quiero, injusto es que la grúa se me lleve el coche. Solo que, como dice Carlos Gonzáles, es más fácil ser “justos” con las cosas de los demás… ¿o es que nosotros aplicamos con todas nuestras posesiones eso de que “hay que compartir”? Como siempre, lo que hacemos los adultos es negociar unas normas, y aún así, a menudo hemos de negociar ante conflictos… o incluso acabamos peleándonos, igual que los niños y las niñas (o peor). El reto sería encontrar una solución “justa” para los dos; o lo que es mejor, donde los dos sientan que ganan. En eso les podemos ayudar, pero han de encontrarla ellos.

Curiosamente, cuando a los nueve o diez años jueguen con los compañeros en el patio de la escuela, ningún adulto (en general) no tendrá que imponer las normas. La mayor parte de los niños y niñas de esta edad ha entendido que es más fácil entenderse y jugar si se deciden las normas y se respetan, y por eso pueden jugar a tantos juegos reglados. Pero a diferencia de lo que creen muchos adultos, no es fruto de la intervención insistente del adulto, sino del propio desarrollo y autorregulación de los niños y las niñas con sus iguales. Por eso, como han estudiado Piaget y Vigotski para todos los aprendizajes, lo que mejor facilita el desarrollo (en este caso la capacidad de negociar en los conflictos) , es precisamente experimentar las situaciones y ser libres de ensayar diferentes posibles soluciones.

Observar, esperar, atender

Entonces ¿qué intervención será la más adecuada? Como siempre, lo primero que habría que hacer es observar a los niños y niñas en la situación del conflicto. Es posible que de esta forma podamos detectar si la cosa es tan grave como parece. Los niños y las niñas se expresan fácilmente con gritos, empujones e incluso algún golpe, lo que quieren o sienten, pero después muchos de los pequeños conflictos de los niños evolucionan hacia una solución amistosa, incluso aunque al adulto no le parezca justa. Recuerdo la primera vez que visité “La Caseta”, un centro educativo infantil donde el principio básico es la autorregulación. Vi un grupo de niños y niñas y uno estaba utilizando un juguete mientras los demás le miraban. En un momento dado, otro que le estaba pidiendo el juguete optó por ser más expeditivo, y le dio un pequeño golpe con la mano en la cabeza. La educadora no intervino, observando y esperando a ver qué pasaba. Lo que pasó es que el niño “agredido” miró al otro por primera vez, le dijo “ay, me has hecho daño!” y continuaron jugando todos exactamente tal y como estaban haciéndolo, hasta que al cabo de unos minutos el usuario del objeto decidió dejárselo al que se lo estaba pidiendo. Los niños y las niñas tienen muchos conflictos a lo largo del día, de los que a menudo ni nos enteramos porque los aprenden a resolver ellos mismos. Hay hermanas que han aprendido, en algunas situaciones a hacer pequeños intercambios de dudosa ecuanimidad (¿una pinza por una muñeca?), pero que para ellas son satisfactorios. Pero si nosotros intervenimos, es muy posible que empeoremos la situación. Imaginad qué pasaría si en el ejemplo del centro educativo, la educadora hubiese intervenido diciendo “qué haces? Por qué le pegas? ¿no ves que no se puede pegar?”, o incluso le hubiera castigado. Seguramente el conflicto real  el uso del juguete- no habría siquiera salido a la luz. Y así, los deseos (los dos bien legítimos) de las dos criaturas, no se habrían podido negociar; sencillamente habría ganado uno. Pero además, si la educadora hubiese intervenido también en el conflicto en sí, por ejemplo diciéndole al del juguete “¡ya llevas mucho tiempo con el juguete! Déjaselo ahora mismo!”, no sólo el niño se habría quedado peor que dejándolo por propia iniciativa, sino que además los niños habrían acabado aprendiendo que nosotros resolvemos sus conflictos. Por eso, muchos niños y niñas, ante un problema, lo primero que hacen es buscar un adulto que les saque de él.

Todas las personas, de cualquier edad, nos encontramos diariamente con cosas que queremos o que queremos hacer que dependen de los demás. A veces las pedimos, a veces las cogemos o las hacemos si pedir permiso, a veces esto tiene consecuencias y a veces no; en unas familias o culturas es de una manera en otras de otra. La única forma de saber qué pasa es ir probando… esto a veces nos hace sentir mal. Entonces lo que necesitamos es más un abrazo que un sermón. Pero tener la oportunidad de encontrarse en estas situaciones desde bien pequeños facilita a los niños la capacidad de adaptase a los límites que de forma natural van marcando los demás. No les privemos de esa experiencia.

Entre hermanos:
Los hermanos son las únicas personas con las que te toca convivir muchos años sin haberlos escogidos y sin obtener nada a cambio. Bien, no es del todo cierto. Se aprende mucho de ellos, pero los niños no son del todo conscientes, sobre todo cuando han de estar en una batalla constante por los juguetes, rotuladores o la play station. Si tener conflictos es un aprendizaje, tener hermanos en una escuela de la vida. Li mejor que podemos hacer cuando les veamos pelearse, es felicitarlos “¡Qué bien, cuánto estáis aprendiendo!”. Es broma, pero es cierto. Eso sí, si intervenir en los conflictos siempre puede ser problemático, hacerlo en los de los hermanos puede llegar a ser fatídico. Se mezclan otras cosas más profundas, como el sentimiento de haber sido destronado, el de haber luchado por el pecho o la atención de los padres en general. Como hemos dicho otras veces, en estos casos vale más la pena intentar satisfacer las necesidades de cada uno de ellos que de intentar ser “ecuánime”. Con esto sólo estaríamos enseñando que todos necesitamos lo mismo, cuando esto no es siempre así.
Algunas frases útiles

Los conflictos de niños y niñas son conflictos de “otros”, no nuestros. Nadie nos obliga a poner solución. Pero sí es responsabilidad nuestra que nuestros hijos e hijas se sientan bien y que se desarrollen como personas. Entonces, la actuación que esperan de nosotros es ésta: que los comprendamos, que les echemos una mano y que les ayudemos a sentirse más seguros. En medio de un conflicto en el que los niños y niñas lo están pasando mal, podemos ir y describir la situación: “Veo que las dos queréis jugar con este coche…”. Y también intentar empatizar con sus sentimientos: “Claro, tú estabas jugando y ella te lo quieres quitar, y tú no quieres, verdad? Por este motivo estás enfadado…”, “tú también quieres jugar con esto porque es tuyo, no? Y ahora lo tiene ella…” . Otra cosa que se puede hacer es hacer que se den cuenta de los sentimientos del otro, sobre todo si le han hecho daño: “mira, está muy enfadada porque ella estaba jugando… no le ha gustado nada ese golpe, le ha hecho mucho daño y está triste…” Todo esto con los correspondientes abrazos  que quizás ayudan más que la frase en sí. Ante un conflicto así, a menudo no hay una “solución” buena: las dos tienen razón!. Sólo les podemos dar ideas: “Tenemos que buscar la manera de que las dos estéis contentas”, “Y si ahora que lo tiene ella, juega un rato más y después te lo deja?”. Otras veces podemos dar una opinión: “a mí me parece que no te costaría nada dejárselo”. Pero muchas veces estas ideas no serán aceptadas y tendremos que dejar que cada uno afronte sus decisiones, aunque tenga dos años.
Escrito por Miquel Àngel Alabart. Psicopedagogo
Traducción del catalán del blog http://adivinacuantotequiero.blogspot.com

24 de junio de 2010

El problema de no compartir (sobre los dos años)

¿Por qué nuestro hijo de dos años no es capaz de compartir sus cosas con los otros niños, y ni siquiera con sus propios padres? ¿Es un niño egoísta? Debemos tener claro que la actitud posesiva es normal en los niños de esta edad. Nuestro hijo todavía no entiende que una cosa le pertenece aunque la preste y la comparta. Tampoco entra en su cabecita que no puede tener todo lo que pide. Nuestro trabajo como padres y educadores consiste en conseguir que interiorice estos valores, teniendo en cuenta que nuestra actuación es un modelo importantísimo para su futuro comportamiento.

"Mío, mío y sólo mío". Éstas son palabras familiares para los padres que tienen hijos de dos años, e incluso un poco más mayores. En la escuela podemos ver a un niño apropiándose de los juguetes de sus compañeros o al mismo niño reaccionando de manera agresiva si alguien intenta arrebatarle los suyos. No hay por qué intranquilizarse. Esta actitud es comprensible y, de hecho, necesaria en su desarrollo: nuestro hijo está viviendo una etapa de egocentrismo. Durante este período intenta satisfacer sus deseos y enseguida ve en peligro todas sus posesiones, que son las que le proporcionan la diversión y el placer. El niño de esta edad todavía no es consciente de que los otros también tienen juguetes, y de hecho aún le costará un par de años aprenderlo. Debemos entender que necesitará tiempo -durante el cual decidirá qué quiere prestar y qué no-- para asimilar los valores del intercambio y la generosidad.

Nosotros podemos regular estas conductas egocéntricas evitando darle todo lo que pida y recompensando las acciones generosas, por ejemplo, cuando comparte un juguete. Además, podemos demostrar qué conducta queremos a través de nuestro ejemplo.

Nuestro papel es básico para su educación, no sólo porque somos quienes premiamos o reprochamos sus acciones sino también porque tenemos la responsabilidad de explicar por qué "quitarle el osito a Marcos no está bien".

Algunas indicaciones útiles sobre cómo podemos transmitir valores como la generosidad son:

Establecer previamente las normas del "juego". Hay que negociar. Por ejemplo, explica a tu hijo que debe prestar sus juguetes a los otros niños, y que eso también debe hacerlo en casa, donde las cosas son de todos y no sólo suyas. Poco a poco irá aprendiendo que los otros también tienen "cosas" (la merienda, un juego nuevo, etc) que le gustaría que compartieran con él.

No crear sentimiento de pérdida. Si tu hijo ha decidido compartir su "amada manta" con un amigo suyo, asegúrate de que ésta volverá a sus manos. En caso contrario, puede tener la sensación de que ha perdido su preciado objeto y por tanto le costará volver a prestar sus cosas. Si llega esta situación y al principio tu hijo se muestra rebelde no se lo reproches porque, igual que los adultos, tiene sus derechos y ha de saber defenderlos.

Exigirse a sí mismo lo que quiere exigir a los otros. Si quieres enseñarle qué es la generosidad, muéstrale ejemplos. Nosotros le servimos de modelos y es fácil que más adelante nos imite. Si te pide algo, actúa como querrías que él lo hiciera.

Ponerse de acuerdo con nuestra pareja en todo lo referente a la educación de los hijos. Es muy típica la situación del niño que quiere salir al parque y que sabe perfectamente a cuál de los dos debe acudir para cumplir sus deseos. Esta situación es especialmente cierta en los hijos de padres separados. Hay que tener cuidado e intentar no crear rivalidades ni hacer chantaje emocional.

Relación entre comprensión y exigencia. A veces se puede pensar, equivocadamente, que ser poco exigentes con nuestros hijos está asociado con ser más comprensivos. Para una buena educación es tan importante ser comprensivos como tener un nivel de exigencia adecuado a su edad.

Importancia de la participación. Crear situaciones de participación y cooperación con los hijos, estimulando un trabajo y unas actitudes que son las que se han de aprender. Promover la construcción en equipo de un puzzle, ya que en el correspondiente intercambio de piezas será muy fácil que aparezcan conductas de "mío, mío, mío". Los juegos de grupo son muy apropiados para estas edades porque les enseña la importancia de compartir con los demás.

Saber resistir ante frustraciones y dificultades. Hay que ser perseverantes. Se trata simplemente de una etapa infantil. La paciencia es básica mientras se producen los cambios.

Reforzar las conductas positivas. Decirle por ejemplo: "Eres un encanto" o "Eres un amor" cuando nuestro hijo preste un juguete a su hermano o a un amigo, o cuando muestre cualquier conducta de colaboración.

Tener claros los valores que queremos inculcar y actuar consecuentemente. Prémialo con la lectura de un cuento cuando comparta sus libros con su hermano pero no ignores esta conducta (al menos mientras estás tratando de que la aprenda) al día siguiente porque estás cansado o tienes un mal día. Cumple con tus promesas. Si le has dicho que le leerás un cuento, mantén tu palabra.

No coaccionar afectivamente. Son muy contraproducentes frases como: "Si no prestas el coche a Luis, mamá no te querrá" Estás reduciendo el valor de la generosidad a una mera transacción emocional. Tu hijo no aprenderá a ser generoso sino todo lo contrario. Compartirá sus cosas para conseguir algo a cambio: tu cariño y atención. Hay que hacerles comprender que las sanciones o límites que reciben por nuestra parte son independientes a nuestro cariño por ellos. Eso es incondicional.

Los niños, unos más y otros menos, necesitan atención y mucha paciencia. No podemos emitir juicios precipitados pensando que tenemos un hijo desconsiderado. Dale tiempo y ayúdale a resolver sus dudas.

En resumen, cuando nuestro hijo actúe de forma interesada, cuando pensemos que tiene un comportamiento egoísta, debemos comprender que a esta edad todavía no ha interiorizado valores básicos como la generosidad. Nuestro papel educativo como padres es imprescindible para darle a conocer todas las experiencias posibles para que aprenda a su ritmo. Experiencias como nuestras propias conductas (respetar, amar, compartir, prestar) y nuestras actitudes (tener paciencia, ser coherentes, comprensivos…) son las que mostrarán un modelo familiar claro para el niño.


Montse Barceló Moreso
Licenciada en Psicología