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18 de septiembre de 2011

¿Es la inteligencia emocional contagiosa?


La inteligencia emocional se aprende por modelo, y en ese sentido cuando un niño vive con personas que se desenvuelven emocionalmente con inteligencia aprende en forma implícita a vincularse con los otros de una manera que favorecerá sus relaciones interpersonales. Al contrario, las formas de relacionarse de manera disfuncional en su familia afectan negativamente la inteligencia emocional. En la familia se pueden aprender las cinco habilidades que la describen, si se vive en un contexto emocional apropiado.

  • La autoconciencia: Es decir, la reflexión acerca de quién uno es y la autoevaluación que supone. Puede ser transmitida por los padres cuando piensan acerca de sí mismos, por ejemplo, reflexionando en voz alta «¿Qué logré el año anterior y qué debería lograr el próximo?». Por el contrario, padres que ante las dificultades siempre atribuyen la responsabilidad a otros sin evaluar en qué medida lo sucedido se explica por sus acciones no favorece el logro de una autoevaluación precisa. 
  • El control emocional: Este aspecto es central. Regula la expresión de la emociones, es decir, ser capaz de decir lo que se siente, teniendo en cuenta el contexto y las necesidades de otros. Padres considerados, cariñosos, capaces de controlar sus rabias serán un modelo para que el niño autorregule su comportamiento. En el lado opuesto están los padres impulsivos, desatinados, que aunque quieran mucho a sus hijos, no le entregan un clima que les permita aprender a regularse.
  • Empatía: La empatía es la habilidad que más se relaciona con la inteligencia emocional, y es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro, entendiendo lo que siente. Un padre puede enseñarla a su hijo en la medida que es capaz de conectarse con los sentimientos de éste, o cuando lo legitima en vez de limitarse a una orden sin dar razones ni sintonizarse con sus emociones. Por ejemplo, diciendo: «Sé que quieres seguir jugando, pero es hora de dormir y mañana hay que levantarse temprano».
  • La motivación: Es la capacidad de comprometerse en actividades. Cuando un niño observa a sus padres interesarse por su trabajo —o por lo que tienen que hacer—, poniendo energía y mente en el cumplimiento de las metas, aprenderá a interesarse por los propios, a valorar la capacidad de ponerse metas y cumplirlas.
  • Habilidades sociales: Es la capacidad de establecer relaciones mutuamente satisfactorias. Si los padres entregan a sus hijos un modelo de casa abierta, en que los amigos son acogidos y valorados; en que se vive un clima de reciprocidad emocional; o si los adultos reconocen los aportes de las personas, los niños podrán interiorizar en estos gestos un interés genuino por relacionarse con los otros y por establecer conexiones auténticas y gratificadoras por los demás.
Sin duda, la inteligencia emocional se aprende cada día en un contexto nutritivo; los niños van configurando una personalidad, conectada con ellos mismos y con los otros, empatizando, y se van convirtiendo en personas más queridas y queribles

Por Neva Milicic

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