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15 de febrero de 2011

El niño de cuatro años

Extracto del libro "How to parent" del Dr.Dodson


No utilices estas descripciones generalizadas de las etapas típicas del desarrollo como algo que tu hijo debe recorrer exactamente como aquí se detalla a la edad pertinente. Dichas descripciones generales se ofrecen únicamente como guías para la dirección probable de los cambios que experimentará tu hijo al ir madurando. Es el orden de las etapas lo que es importante que conozcas. Pero tu hijo dejará la impronta de su personalidad en cada etapa por la que pase.

El comportamiento del niño no avanza uniforme y suavemente en la dirección de un comportamiento más maduro a medida que crece. Por el contrario, el crecimiento y desarrollo de los niños pasa usualmente por fases de equilibrio seguidas de otras fases de desequilibrio.

Por ejemplo, “los primeros pasos” es una etapa de equilibrio seguida por “la primera adolescencia” (aproximadamente del segundo al tercer cumpleaños), que es una etapa de desequilibrio. A este periodo a su vez, le sucede la edad de tres años que es una etapa de equilibrio y luego se presenta el desequilibrio de los cuatro años. Viene después la etapa de los cinco años, una etapa de equilibrio.

Es importante que los padres vean los aspectos positivos de las etapas de desequilibrio del desarrollo. Por ejemplo, teniendo un “bebé andarín” de 16-18 meses que aún se encuentra en el periodo de infancia, ¿cómo puede la naturaleza conseguir que se convierta en un chiquillo de tres años con toda la madurez de la personalidad característica de no ser ya un bebé, sino un niño? La madre naturaleza sólo puede encauzarlo hasta allí destruyendo las pautas de equilibrio que había obtenido cuando era bebé.

El niño de cuatro años.

La edad de cuatro años es un período marcado por el desequilibrio, la inseguridad y la descoordinación.

La descoordinación puede manifestarse en múltiples sectores del comportamiento. El niño que ha estado bien coordinado a los tres años quizá muestre ahora descoordinación motriz, con resbalones, caídas o miedo a las alturas. Las descargas tensionales se acentúan a esta edad. El niño puede parpadear, morderse las uñas, hurgarse la nariz, jugar con sus órganos sexuales o chuparse el pulgar. Hasta puede contraer algún tic facial.

También se vuelve un ser muy sociable. Las amistades son importantes para él, aunque acaso le resulte difícil tratar con sus amigos. Esas dificultades con los otros niños recuerdan las de un chiquillo de dos años. Es despótico, turbulento y belicoso. Aun cuando la madre llegue a sospechar que su comportamiento es un retroceso a la edad de dos años y medio, en realidad es un periodo de intrépida confianza que dará paso a un nuevo nivel de eficacia a los cinco años. Muchos niños son tan ritualistas a esta edad como lo fueron a los dos años y medio. Permanecen fijados a sus rutinas de comer, vestirse y dormir. Te será muy difícil lograr que tu hijo tolere algún cambio en esas rutinas. Expresará su inseguridad emocional gritando, lloriqueando y haciendo frecuentes preguntas.

A los niños de cuatro años les gusta jugar juntos. La vida social entre críos de cuatro años no es una amable tertulia, es borrascosa y violenta. Los extraños suelen ser excluidos. Hay abundantes mandatos, exigencias, golpes y empujones. El fanfarronear es la forma más común de lenguaje a esta edad. El niño de esta edad es rudo y directo.

El término clave para esta edad según sugiere Gesell es “desorbitado”. Está desorbitado su comportamiento motor. Verbalmente también está desorbitado. Le fascinan las palabras y los sonidos de las palabras. Ahora está aprendiendo por primera vez toda una clase de vocablos que, de ordinario, no son muy bien acogidos por sus padres. Descubre que puede provocar la cólera de sus padres con sólo emplear una de estas gemas. El uso de las palabras “del cuarto de baño” es algo sumamente gracioso para él. Un niño de cuatro años dirá: “Mamà, ¿sabes lo que quiero para merendar? Quiero un bocadillo con zanahorias, helado y…y…¡caca!” en este punto estallará en carcajadas irresistiblemente tentado por la grandeza de su ingenio. Los padres prudentes se abstendrán de reforzar estas palabras enfadándose y dándoles demasiada importancia. En lugar de eso se harán los desentendidos y poco a poco el chiquillo irá perdiendo interés por ellas.

El niño de cuatro años es igualmente desorbitado en sus relaciones personales. Le gusta desafiar las órdenes y los ruegos. Se irrita con las restricciones. A esta edad hay también en él una extraordinaria y súbita explosión de la imaginación. Este es uno de los factores que le impiden discernir con claridad lo real de lo falso. La frontera entre el hecho y la ficción no es muy nítida para él. Está henchido de cuentos prodigiosos que relata con el mayor descaro. Los padres no deben cometer la equivocación de llamarlo embustero a esta edad. Obrar así sería ignorar que lo que en rigor está intentando hacer es distinguir la realidad de la ficción, sin embargo su fantasía se halla sin control en este proceso.

La intensidad de sus impulsos motores es enorme. Sube y baja las escaleras, corretea incansable por toda la casa, cierra las puertas con estrépito. Su propensión a hablar es también muy fuerte. Es un gran charlatán y le encanta conversar acerca de cualquier cosa y en cualquier momento. Es su propio comentarista del mundo y a veces su propio auditorio. Le entusiasma construir palabras tontas y rimar vocablos. Un padre inteligente puede utilizar esta nueva fascinación por el lenguaje para enfrascarse con su hijo en toda suerte de juegos de palabras. El niño de esta edad disfruta especialmente con el humor, la exageración y las rimas disparatadas. En esta línea de juegos se divertirá muchísimo, por ejemplo, con preguntas tales como “¿tienes un elefante en el bolsillo?” Le gusta la representación y la dramatización escénicas. Puede sacar gran provecho de esos títeres que se mueven con la mano o con los dedos. Se embeberá en prolongadas actuaciones imaginarias dentro y fuera de casa, con tacos de madera, coches, camiones, barcos, muñecas y figuritas de juguete.

La fantasía del niño de cuatro años es imprevisible. Salta de un lado para otro en todas direcciones, sin que él mismo sepa donde va a llegar. La vehemencia de sus impulsos y la fluidez de su organización mental lo conducirán por senderos y vericuetos inesperados. Un niño de cuatro años contesta a la pregunta de su padre acerca de sobre qué está pintando: “¿cómo voy a saberlo?, todavía no he terminado! El niño de esta edad progresa en la variedad. Necesita cambios de andadura. Una madre avisada tendrá en la mente alguna nueva actividad para interesar a su hijo y sacarlo de una situación potencialmente molesta.

Debido a que su impulso social es más fuerte y la importancia que concede a la amistad mayor que a los tres años, el aislamiento del grupo es una medida disciplinaria eficaz a esta edad. La madre debe decir algo así: “Hoy no estás capacitado para jugar muy bien con los amigos. Necesitas jugar sólo. A lo mejor puedes volver a jugar pronto con ellos. Yo te diré cuándo.” De esta manera, la madre está dando una oportunidad de “salvar su dignidad”. También lo está incitando a que quiera moderar su conducta para regresar al grupo. Ha de procurar decir esto en un tono despreocupado, sin que halla en su voz inflexiones de castigo o reproche.

2 comentarios:

  1. Interesantísimo este artículo,

    muchas gracias

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  2. Es complicado educar los hijos correctamente, canalizar esa enorme energía, comenzar a hacerles entender responsabilidades y disciplinas, pero creo que con información, sentido común, ingenio y perseverancia es posible se conseguir, también tendrá que ver el carácter del niño!

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