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23 de septiembre de 2010

La función de las rabietas

A los dos años el niño deja definitivamente la fase del bebé y se convierte en toda una personita. Anda, corre, habla, pregunta, pide y explora. Empieza un periodo en el que ocurren grandes hitos: a lo largo de este año tu hijo dejará el pañal, su chupete, comerá con los mayores e iniciará la escolarización. Todos estos logros no los consigue sin esfuerzos ni sin lágrimas, pero si entiendes su estadio madurativo y sus necesidades, la convivencia con él será más fácil. Sobre todo es importante que entiendas la función de las rabietas.

¿QUÉ ES UNA RABIETA?

Es el resultado de una frustración por no conseguir algo. Todos los niños las tienen; algunos una a diario y otros varias. Suelen durar unos cinco minutos, pero en algunos más de una hora. Aparecen en torno al segundo año y duran hasta los 4 ó 5. Empiezan con gritos o llantos, acompañados con una señal de protesta (¡no quiero!) y una expresión de enfado (patadas, chillidos, portazos). En su punto álgido el niño se tira al suelo, quizás dándose cabezadas contra la pared, frecuente entre el primer y segundo año. Suelen ocurrir en el contexto familiar, el niño necesita expresar su frustración ante las personas que más quiere. Sólo dentro del vínculo seguro con sus papás se atreve a experimentar con sus sentimientos. Por ello las rabietas y sus expresiones emocionales indican que hay un apego positivo. Desde el punto de vista psicológico las rabietas indican un desarrollo emocional sano. No reflejan problemas de inestabilidad emocional, sólo una incapacidad para controlar sus emociones. Remiten por sí sola y tienen un efecto positivo, pues ayudan al niño a hacer frente al estrés.

LAS CAUSAS

Para llevarlas bien es importante entender qué es lo que causa una rabieta. El niño durante el transcurso del segundo año se va encontrando algunas veces con una prohibición o limitación (‘no puedes tocar esta planta’, ‘no te dejo subir este muro’). Esto le frustra sobremanera, y más ahora que está en la edad en que quiere explorarlo todo. Su reacción es: enfado y rabia. Hasta ahora, siendo bebé todos sus deseos fueron (casi) satisfechos al momento, pero esto va cambiando a medida que empieza a desplazarse por sí solo y adquiere mayor autonomía. Apenas aún conoce la frustración y no le gusta en absoluto; es impaciente por naturaleza. También le confunde el nuevo concepto de la mamá: de ser una buena persona que se lo concede (casi) todo a una que le prohíbe cosas. Pero hay más: pasado el primer año está descubriendo su ‘yo’; vive una sensación de poder al ser capaz de hacer cosas por sí solo y esto ¡le encanta! Pablo anda por el salón con un tarrito de cristal en sus manos con el que da golpecitos. Le encanta el sonido que produce su acción (intuye que de alguna manera él tiene que ver con ello). Su madre cambia el tarro por una pelotita suave y ahora el sonido apenas es audible. Pablo se tira al suelo, enfadado por la privación de algo tan placentero.

¿CÓMO ACTUAR?
Hay llantos que delatan tristeza (cuando el niño se cae, cuando tiene miedo) y otros que delatan enfado. Los de la rabieta pertenecen a la última categoría. Pero ambos tipos requieren una actitud similar: afecto y aceptación. El llanto de la rabieta no es más criticable que el de la tristeza. El doctor William Frey, bioquímico del Centro Médico en Minnesota afirma que el llanto de la rabieta sirve para eliminar, a través de las lágrimas, productos de desecho o sustancias tóxicas del cuerpo. El cuerpo acumula estas sustancias como resultado del estrés. Por lo tanto, el llanto emocional elimina toxinas del cuerpo y reduce la tensión. Ahora bien, volviendo al día a día con un niño rabioso ¿qué es lo que mejor puedes hacer?
Estas pautas te servirán:

  • Observa bien las señales que indican el comienzo de la rabieta: una respiración acelerada y ruidosa, apretar los puños y dientes, balanceos….Suelen haber llantos y gritos, acompañados con una señal de protesta (NO) y una expresión de enfado. En su punto álgido el niño da patadas, se tira al suelo, se da cabezazos. Conociendo el curso, puedes ayudarle a disiparla antes de que llegue a este punto. Por ejemplo, desviando su atención. ‘Mira, cariño….’ Suele funcionar en un niño pequeño (entre 1 y 2 años). En caso de un niño mayor es recomendable salir con él del lugar u ofrecerle ayuda si una incapacidad suya es el punto de ignición.
  • Cuando la rabieta ya está en su curso, lo mejor es no intervenir ni razonar con el niño. Deja que se desahogue y la rabieta tenga su curso, procurando que no se haga daño. Pasado el mal trance, puedes decirle algo como ‘estabas muy enfadado ¿verdad?’. Actuando como si fueras el espejo de sus emociones, le ayudarás a entenderse a sí mismo. No debes nunca ceder ante sus deseos, ya que en este caso las rabietas se convertirán en una táctica aprendida que le resulte beneficioso.
  • No le critiques ni castigues por tener rabietas. Por ejemplo decirle ‘¡Qué malo eres! ¿No te avergüenzas?’ le hará perder el respeto por sí mismo. Recuerda que las rabietas son una descarga de emociones a una edad en la que el niño aún no dispone de otros medios. Acaríciale o abrázale cuando esté calmado. Para él mismo también es una experiencia dolorosa e impactante.
  • Evita, en la medida de lo posible, las situaciones que las provoquen, como llevarle de compras cuando tiene hambre, sueño, o necesidad por moverse. También hay momentos en el día más propicios a las rabietas, como la última hora de la tarde. El cambio de ciertas rutinas, adelantando la hora del baño, de la cena o del sueño, puede ayudar a disminuirlas. También la sobre-estimulación (llevarle de un sitio a otro, tener un día cargado de actividades) puede provocar rabietas porque el niño no es capaz de asimilar la avalancha de impresiones.
  • Dale plenas oportunidades para ser autónomo y decidir por sí mismo. Un ambiente muy restrictivo aumenta las rabietas, mientras que otro flexible las disminuye. En algunos asuntos debes ser contundente (es la hora de dormir, no te daré caramelos antes de comer), pero en otros puedes dejarle a él decidir o elegir entre dos opciones (¿quieres el yérsey rojo o azul?). También es bueno ser creativa (cariño, el caramelo ahora no, pero sí después del postre).
  • Sustituye el ‘no’ por ‘stop’ o ‘para’. A los niños les frustra escuchar constantemente mensajes de este tipo; van en contra de su afán por ser autónomo.
  • No pierdas los estribos delante de él. El niño aprende de tu ejemplo y si tú tienes arrebatos de rabia, difícilmente aprenderá a controlarse.

Después de una rabieta el niño suele calmarse por sí solo. Se queda relajado gracias a la descarga fisiológica. Y nada parece indicar que ¡hace unos momentos estaba hecha una furia! La frecuencia de las rabietas varía mucho de un niño a otro. Según los estudios, un 20% de los niños de 2 a 3 años las tienen diariamente y un 80% una por semana. En la mayoría duran 5 a 15 minutos, en algunos, la minoría, de media hora hasta una hora. En ello influye el carácter (unos se enfadan con más facilidad que otros), pero también la educación (restrictiva o no) y el entorno: situaciones de estrés, como el inicio de la guardería, un divorcio, una vida muy acelerada o la sobre-estimulación pueden aumentarlas. También es posible que esté atravesando una etapa normal en su desarrollo. Por ejemplo la adquisición de nuevas habilidades va muchas veces precedida de un periodo de ataques de rabia y llantos. A medida que el niño madura, las rabietas van disminuyendo. Cada vez está mejor capacitado para expresar con palabras lo que quiere y también para posponer sus deseos. A los 5 años la mayoría de los niños sólo tienen una rabieta en contadas ocasiones. Podemos decir que las rabietas en la mayoría de los casos son un fenómeno absolutamente normal en la vida del niño. Salvo en caso de que condicionen el día a día y no os sintáis con fuerzas para afrontarlas, conviene buscar ayuda profesional.

Aconsejable:
  • Anticiparte a ella. A veces es posible desviar su atención hacia otra cosa y evitarla. Salir con él del lugar también puede ser positivo.
  • Dejarle desahogar su frustración sin intervenir, pero a su lado. Procura que no pueda hacerse daño.
  • Abrazarle y cogerle firme, sobre todo cuando es violento o destructivo. Pero sin impedir que llore.
Desaconsejable:
  • Ceder ante sus deseos y abandonar tu ‘no’. En este caso aprenderá a utilizar la rabieta para conseguir lo que quiere.
  • Castigarle y criticar su comportamiento. Después de la tormenta es suficiente decirle algo como ‘estabas muy enfadado ¿verdad?’. Descargar sus sentimientos acumulados y negativos le hace bien.
¿QUÉ HAGO EN ESTOS MOMENTOS?

Le pido algo a mi hija y ella hace justo lo contrario. Por ejemplo le digo ‘ven aquí’ y se va corriendo hacia otro lado.

Esta actitud desafiante, normal entre los 2 y 4 años, es una manera para practicar su voz y voto. Puedes tratarlo con humor e ir corriendo tras ella. Con las risas se le olvidará la protesta. Otra idea es cogerle de la mano y decirle simplemente qué es lo que vais a hacer. Al no dejarla opción, no habrá oportunidad para resistir. Esto viene bien en momentos puntuales, como a la hora de dormir, a salir de casa, a volver a casa, etc. Si aun así protesta, no hagas caso y lleva a cabo lo que pretendías hacer.

Mi hijo es muy testarudo y obstinado. Quiere salirse siempre con la suya.

La testarudez es un rasgo evolutivo normal que permite que un bebé de esta edad se convierta en un niño. Es lo que le ayuda a levantarse cuando se cae, a superar obstáculos en su empeño en caminar y a seguir practicando una habilidad hasta que llega a dominarla. En otras palabras: tiene su lado positivo. Intenta darle opciones, de modo que tú controlas la situación mientras él ‘decide’. Por ejemplo: mientras le bañas, le dejas elegir entre el champú o el gel de papá; o cuando le vistes, entre su pantalón verde o azul.

Empiezo el día con el corazón en un puño. Sé que mi hijo me hará enfadar nada más despertarse. No querrá las papillas, sino galletas, pero si se lo ofrezco, me pide las papillas. A los 15 minutos él habrá cogido un berrinche y yo un disgusto.

Estas conductas indican que está afianzando su ‘yo’, pero muchas veces ni siquiera él mismo sabe lo que quiere. Ofrécele sólo dos opciones y no te alteres con sus cambios. Pensando que es algo transitorio (lo es), será más fácil sobrellevarlo.

Mi hija lo quiere todo al momento. Si me pide su muñeca y no la encuentro, coge una rabieta. Es desesperante.

Saber esperar hasta que sus deseos se cumplan, lo aprende con la edad, pero también con la práctica. Déjale esperar algunas veces un poco antes de satisfacer sus necesidades. Por ejemplo cuando te pide agua, termina primero lo que estabas haciendo antes de dárselo. Conviene que se lo digas (‘cuando termine de lavar estos platos, te lo daré’). Así se siente escuchado.

Coks Feenstra

2 comentarios:

  1. Hola!
    Muy bueno el artículo. Os lo tomo para reproducirlo en http://lacasadelasmamas.wordpress.com/, si os molesta me decís y lo retiro.
    Un abrazo!

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  2. Por supuesto que no nos importa. Todo sea por descubrir otro mundo a otras madres.
    Gracias por enlazarnos

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