3 de agosto de 2010

La pérdida de la cultura de la lactancia materna

 
 
En el ser humano, las fronteras entre lo biológico y lo cultural se desdibujan y difuminan hasta el punto de que resulta difícil distinguir entre el componente instintivo de una conducta y el aprendido a través del proceso de socialización. El amamantamiento tiene un componente instintivo, fundamentalmente en lo que se refiere al recién nacido (reflejos de búsqueda y de succión y deglución), pero también necesita de un aprendizaje de la técnica concreta que venía dado por la transmisión de conocimiento de madres a hijas, o a través de la experiencia compartida en el grupo de pares. La lactancia matera es considerada como el fenómeno biocultural por excelencia, ya que, además de ser un proceso biológico está determinado por la cultura. Si todo en la lactancia fuese instinto, si la lactancia se sustentara exclusivamente en un substrato biológico, en nada habría cambiado en los últimos siglos y no habría rozado el peligro de extinción en el siglo XX. De esta manera, no habría sido necesario el ingente esfuerzo realizado en los últimos 70 años por organizaciones de mujeres, colectivos ciudadanos, instituciones y personal sanitario para estudiarla, valorarla y promocionar su recuperación.

La visibilidad social del amamantamiento en nuestros días es prácticamente nula tanto en los espacios públicos como en los mediáticos, donde el biberón ha reemplazado a la imagen del niño al pecho. En este contexto, en el que, a pesar de los esfuerzos realizados en defensa de la lactancia natural, la forma de alimentación predominante y más visible es la lactancia artificial, el mecanismo de transmisión de conocimiento y experiencias acerca del amamantamiento no sólo se ha perdido, sino que ha sido reemplazado por el cuerpo de conocimientos relativos a la lactancia artificial. Así, mitos asociados a la “cultura del biberón”, como la imposición de pautas horarias estrictas al amamantamiento, se hallan a menudo en la base del fracaso de la lactancia materna, incluso cuando la madre ha elegido esta opción. Es en este sentido que se habla de la pérdida de la cultura de la lactancia materna.
 
La generalización de este cambio en la alimentación del ser humano, que ha sido calificada por la ONU como «el mayor experimento sin comprobaciones previas y sin controles realizado en una especie animal», comienza a finales del siglo XIX, cuando avances científicos como la pasteurización permiten desarrollar fórmulas modificadas de leche de vaca digeribles para los lactantes humanos. Hasta ese momento, todas la experiencias de alimentación de infantes con leche procedente de otras especies, por ejemplo en orfanatos o inclusas, se habían saldado con tasas de mortalidad superiores al 90% en el primer año de vida.
 
Junto a este factor de carácter científico y técnico, en la base de esta transformación en los hábitos de alimentación de la especie humana se conjugan multitud de factores de índole económica, social y cultural, que aún hoy dificultan la recuperación de la lactancia materna, a pesar de los esfuerzos que se están llevando a cabo desde un número cada vez mayor de ámbitos.
 
Por un lado, la incorporación de la mujer al trabajo asalariado que conlleva la industrialización, hace que en el siglo XIX se generalice el recurso a las nodrizas, una práctica que hasta ese momento estaba asociada a las clases más pudientes. Posteriormente, hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, la alimentación de los recién nacidos se derivará hacia la lactancia artificial. Al principio, este cambio afectó fundamentalmente a las grandes urbes industriales. Mientras que en el campo las mujeres continuaban alimentando a sus hijos de manera natural y durante el mismo tiempo que generaciones anteriores, en la ciudad se hizo habitual el recurso a otro tipo de alimentos a edades tempranas.
 
Hasta 1919, año de la creación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), no se produce una iniciativa a nivel internacional de defensa de la maternidad en el entorno laboral. De esta fecha data el “Convenio sobre la Protección de la Maternidad”, en el que se reconoce la necesidad de promover derechos laborales a la mujer, que permitan compatibilizar sus roles productivo y reproductivo. Concretamente, este convenio promueve la existencia de un período de baja remunerada por maternidad, así como una serie de pausas para las madres lactantes tras su reincorporación al trabajo. Asimismo, se prohibe el despido durante el tiempo que dure la baja por maternidad. La existencia de estas medidas de protección ha contribuido a mejorar las condiciones en las que las mujeres trabajadoras hacen frente a la maternidad. Sin embargo, tal y como se pone de manifiesto en el capítulo de prevalencia de la lactancia materna en Andalucía, la reincorporación al trabajo sigue siendo un momento importante de abandono de la lactancia debido a la dificultad para compatibilizarla con el ritmo que impone la actividad laboral, a pesar de las pausas de lactancia previstas en la legislación. Asimismo, hay que tener en cuenta la situación de especial vulnerabilidad que, aún hoy, tienen las mujeres en el mercado de trabajo. A pesar de las medidas legales contra la discriminación laboral por razones de género, la realidad es que las mujeres acceden al empleo en mucha menor medida que los hombres y, cuando lo hacen, ocupan puestos con peores condiciones laborales. Buena parte del empleo femenino se sitúa en la periferia del mercado de trabajo (empleo informal, temporal y a tiempo parcial) donde la protección de la legislación laboral no llega, o lo hace de manera muy parcial. Todo ello contribuye al retraso del proceso de la maternidad por un lado, y a una elección del tipo de crianza mediatizada por la actividad laboral visible y productiva.
 
Junto a este factor, la revolución industrial también marcó un cambio en la percepción de la maternidad. Tradicionalmente, el instinto y la experiencia maternos formaban la base de lo que se consideraba como el cuidado adecuado de los recién nacidos. Las técnicas concretas que las mujeres empleaban con sus bebés eran transmitidas y enseñadas de madres a hijas o entre otras mujeres en la misma situación (amigas, vecinas, etc.). El criterio de autoridad de este tipo de conocimientos provenía de las propias mujeres. Sin embargo, a medida que el cientifismo fue ganando prominencia en la sociedad industrial, el papel protagonista se fue desplazando hacia el ámbito médico.
 
«Durante décadas, se les ha dicho a las mujeres que necesitaban seguir los consejos de los expertos médicos y científicos. Más que aprender activamente por ellas mismas, las mujeres pasaron a depender de las instrucciones de las autoridades científicas y médicas». Frente al aprendizaje instintivo y experiencial de la maternidad tradicional, el modelo ideal pasa a ser el de la “maternidad científica”. Si bien la medicalización progresiva del ciclo de embarazo, parto y crianza trajo innegables avances en lo que se refiere a la disminución de la mortalidad materna y neonatal, también tuvo como consecuencia la pérdida de protagonismo de la mujer en muchos de los aspectos ligados a la maternidad, al negarse desde el ámbito de la profesión sanitaria cualquier posibilidad de intervención válida de las propias mujeres en el proceso de parto y crianza.

Por otra parte, dicha autoridad médica y científica, aceptada y consensuada socialmente, ha sido utilizada a menudo por la industria para vender productos relacionados con la salud de los recién nacidos, entre ellos las fórmulas de alimentación infantil. La publicidad de las marcas comerciales y prácticas de marketing agresivas, como la distribución gratuita o a bajo coste de muestras de producto en el ámbito hospitalario o el patrocinio de eventos profesionales con intereses económicos industriales, han contribuido al desplazamiento de la lactancia materna en pro de la lactancia artificial y a la construcción de una nueva imagen social de la maternidad asociada al biberón. La consecuencia de todo ello ha sido la asunción de prácticas erróneas y la consideración, en su momento, de los sucedáneos de la leche materna como una alternativa de alimentación adecuada e incluso superior a ésta.
 
Finalmente, el ideal estético impuesto por la industria de la moda y la cosmética a través de los medios de comunicación de masas, es el de un cuerpo femenino delgado y poco desarrollado, de formas casi adolescentes. Este modelo de belleza se sitúa en el polo opuesto del cuerpo maternal, provocando en muchos casos el rechazo de las madres hacia su cuerpo y una cierta ansiedad por recuperar la figura previa al embarazo en el menor plazo posible.

Todos estos factores, que contribuyeron al abandono generalizado de la lactancia materna, continúan dificultando hoy su recuperación. Y así, a pesar de los esfuerzos que, como señalamos a continuación, se están llevando a cabo desde distintos organismos, la mayoría de las mujeres interrumpen la lactancia antes de lo recomendado y, lo que es más preocupante, antes de lo que ellas mismas desean.
Fuente: Junta de Andalucía. Documento sobre la lactancia materna en Andalucía.
Foto: Laia Marcos y sus bebés.

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