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24 de mayo de 2013

Los errores más comunes en la educación emocional de los niños


Nunca se privilegia lo suficiente el desarrollo emocional de nuestros hijos; tal vez se cree que con amarlos alcanza. Son muchos los padres, abuelos y adultos en general que están convencidos de que sentir amor basta para que el niño se sienta amado, pero esto NO es así.

Si observamos, vemos que sentir amor no siempre es sinónimo de cuidado, valoración y respeto hacia el otro, y esto tiene que ver con nuestra humanidad. Habitualmente no nos detenemos en nuestras emociones y cómo impactan en nuestra vida y en la de los otros. Simplemente sentimos, sin tener en cuenta cómo se relaciona lo que se siente con lo que se piensa y con lo que se hace.

Muchas veces escuchamos decir: “Con Fulanito me llevo a matar, pero lo quiero tanto” y ahí se terminó el tema, como si no hubiera nada más que hacer. Esto es en general todo lo que se sabe de las emociones: se sienten y listo. No entendemos para qué están, ni qué podemos hacer con ellas. Qué poca injerencia tenemos sobre este eje central de nuestra vida. Hacernos más conscientes y responsables de nuestras emociones nos sería, sobre todo, funcional.

Imaginemos ahora que si los adultos estamos tan afectados por las dificultades emocionales en nuestros vínculos, cuán afectados estarán los niños que dependen de nuestro amor para vivir.

En un mundo que cambia constantemente y en el que cada vez son más las posibilidades de elección, qué mejor que brindarles a nuestros hijos, entre otros beneficios, una fuerte consistencia interna basada en una autoestima real, un sentimiento de seguridad y confianza profundo y arraigado y la capacidad de generar vínculos amorosos fuertes y duraderos.

Observemos estos 10 errores que por ser comunes no son tomados en cuenta pero que dejan marcas poco deseables en el aparato psíquico de las personas.

1. Comparar
La comparación es verdaderamente urticante, una puñalada a la autoestima de cualquier persona y, mucho más, en la de un niño. Estamos tan acostumbrados a comparar que lo hacemos naturalmente, sin darnos cuenta. Siempre tenemos que ser parecidos a alguien o diferentes de alguien pero nunca simplemente ser uno mismo. Cuando se compara, se generaliza, y no se tiene en cuenta la especificidad del otro, que no es un dato menor. El que de esa comparación sale perdedor no sólo queda en falta sino que también queda solo.

La comparación siempre excluye algo y el camino más funcional no es excluir sino aceptar. Aceptando sumamos, unimos y miramos de forma más completa y realista.

Vivir en un ambiente donde se sienten emociones negativas hacia uno mismo o hacia otros, como la culpa por no alcanzar una meta o el rechazo por que simplemente algo no me gusta, no aporta nada al crecimiento y al desarrollo del niño.

2. Juzgar
Cuando juzgamos estamos definiendo la imagen del niño, que está en formación. Su seguridad y su autorrespeto dependen de esa imagen. Cuando juzgamos negativamente, castigamos, avergonzamos y disminuimos, abusamos de nuestro poder como adultos. Con este trato el niño no se sentirá amado sino atacado y levantará defensas que obstaculizarán la fluidez que debiera tener el vínculo. Es bueno hacerle saber cuando algo de lo que hace no nos gusta y expresar nuestros sentimientos reales abiertamente, pero no hace falta agregar que es un mal educado, inoperante, agresivo, etcétera. Si no nos gusta que tenga su cuarto desordenado podemos decirle: “Juanito, no me gusta como tienes el cuarto, yo no quiero andar ordenando tus cosas”, pero evitemos catalogarlo de vago, sucio, o lo que creamos en ese momento que es él. Tengamos en cuenta además que ni él (ni nadie) es sólo lo que hace.

Tampoco los juicios positivos son hacedores de una buena autoimagen, ya que cuando no se adapte a esa imagen lo que quedará es un juicio negativo.

3. Mentir
Ataca directamente la confianza básica, y como consecuencia hace que desconfíe de su percepción, crea desconfianza interna, o que desconfíe del otro, del de afuera. En ambos casos produce un sentimiento de inseguridad y desconfianza general o básica.

La mentira confunde en el mejor de los casos y enloquece en el peor. Los chicos deben ser criados en un ambiente verdadero, auténtico, que brinde confianza y seguridad. En el que las cosas se expresen tal vez acomodando las palabras o simplificando situaciones pero sin falsear. Es decir: puedo adaptar el cómo digo las cosas, pero no mentir. La confianza es el sentimiento por y con el cual uno puede tomar riesgos y crecer en la vida.

4. Estar y no estar
Los chicos necesitan enormes dosis de atención pero no de cualquier atención, sino de la verdadera. Para que se sientan realmente amados, ellos requieren de encuentros auténticos en el aquí y ahora. Si yo estoy en el ordenador mientras él juega yo puedo sentir que estoy con él pero él puede sentir que no estuve, por lo menos de la manera que él necesita que yo esté. Él siente que estoy cuando comparto sus actividades de manera interesada, disfrutando junto con él de ese encuentro. Esto es calidad de tiempo en lugar de cantidad. Él se sentirá digno de amor si le brindamos el tiempo para estar por completo con su persona. Cuando los padres estamos “en otra”, ellos lo pueden percibir como falta de amor. Generar un hábito de este tipo de encuentros con nuestros hijos es extremadamente importante para que ellos sientan que son amados por esa persona.

Muy importante es en nuestros vínculos amorosos tener en cuenta qué es lo que el otro específicamente necesita. Muchas veces damos un abrazo o hacemos cosas creyendo que es lo que el otro quiere o necesita de nosotros sin preguntar o mirar si en verdad es eso.

5. Reprimir sus emociones
Cuando no aceptamos los sentimientos del niño, lo dejamos solo con sus emociones. Si los juzgamos: “No Juano no seas tonto, ¿por qué lloras?”; si los negamos: “No mi amor, no pasó nada”; si aconsejamos: “Lo que tienes que hacer es no prestarle más los juguetes”… Ninguna de estas formas es útil realmente para enseñarle a transitar la emoción y darle cauce. Él debe sentir que sus emociones le son propias. Que tiene derecho a sentirlas y son aceptadas. De lo contrario, la imagen que tiene de sí disminuirá, intentando reprimir o disfrazar lo que siente.

Estas emociones reprimidas no desaparecen, sino que quedan sin curso, suspendidas como telón de fondo. Afectarán su cuerpo en forma de energía reprimida, su intelecto en forma de cogniciones distorsionadas y, obviamente, su emocionalidad. Como consecuencia, afectarán sus actos.

Lo que necesitamos hacer con ellas es aceptarlas para poder entender qué nos dice esa emoción. Esta es la mejor manera para que las emociones sean, en realidad, lo que son las voces de nuestro mundo interno que informan acerca de nuestras necesidades más íntimas y especificas, a las que sólo yo puedo responder. Las emociones del niño sólo deben ser limitadas en cuanto a con quién, cuándo y dónde se expresen, pero no en sí mismas.

6. Coartar el aprendizaje
El niño es un explorador nato y los padres tenemos mucho que aportar para que este recurso se desarrolle. Sabemos que un crecimiento intelectual óptimo está íntimamente relacionado con un óptimo crecimiento emocional. Como consecuencia, el niño no va a aprender si no hay un ambiente emocional adecuado para hacerlo. Si no hay un clima que lo habilite a investigar. Si cada vez que Juan pregunta, respondemos con pocas ganas, cada vez que toca algo se lo sacamos diciéndole “no porque está sucio”, cada vez que hacemos las cosas por él porque lo hacemos más rápido y mejor, entonces Juan aprende que curiosear crea problemas y comienza a desestimar su impulso explorador. Debemos fomentar la necesidad de investigar y la curiosidad de los chicos.

Cuanta más experiencia haga, más conocedor será de su mundo, lo que aumentará su seguridad y confianza. Dentro de límites seguros, los niños deberían interactuar sin interferencia con el mundo. La autoestima del chico crece cuando recibe el mensaje de que su curiosidad es importante, y uno estará allí para ayudarlo y acompañarlo en sus experiencias exploradoras.

Apoyamos su aprendizaje cuando le damos experiencias dentro de un marco seguro, un amplio lenguaje, experiencias exitosas de resolución de problemas y una actitud de valoración del aprendizaje y la independencia.

7. No brindar crecimiento exclusivo
Se trata de que el niño sienta que sus tiempos de crecimiento son aceptados por los padres. Darles la libertad y confianza de crecer de acuerdo a su manera única y exclusiva. Confiando en su naturaleza. Cuando el niño hace algún retroceso en su aprendizaje debemos entenderlos como parte natural y por lo tanto importante de ese proceso. Como el dormir es parte del estar despierto. Muchas veces tratamos de forzar el crecimiento mediante prohibiciones, o creando ansiedades que son innecesarias.

8. La desautorización permanente
Esto es quitarle la libertad de ser dueños de sus emociones, deseos y pensamientos. Son incontables las formas en las que les decimos a los niños lo que deben sentir, y el mensaje que ellos reciben es que sus emociones son inadecuadas, que algo en ellos anda mal y los “ayudamos” a sentir lo que creemos que tienen que sentir. La seguridad psicológica se resiente cuando uno no puede sentir o pensar libremente y hacerse dueño de eso que le pasa. A diferencia del hacer, donde la libertad sí debe ser restringida. Respetar las emociones es respetar la integridad y consistencia de esta persona en formación. Muchas veces tratamos de programarles emociones a los niños exigiéndoles que acomoden sus sentimientos a los nuestros y enojándonos cuando esto no ocurre. Decidimos cuánta hambre tiene, las cosas que le gustan y las que no, lo que debe sentir o pensar. El respeto por la diferencia prueba nuestro real interés por el niño como persona. Debemos respetar las diferencias sin que esto vaya en detrimento de la aprobación, es decir que a Pablo puede no gustarle el fútbol y no por eso ser un extraterrestre o poco macho, etcétera.

9. No empatizar
Empatizar tiene que ver con la capacidad de mirar las cosas desde el lugar del otro. Cada ser humano tiene su propia manera de organizar la experiencia y esta originalidad debe ser conocida y respetada por los padres. De esta forma podemos decir que realmente conocemos a nuestro hijo ya que conocemos su mundo interno. En verdad poco y nada sabré de él si no me tomo el trabajo de ponerme en sus zapatos.

Conocer sin juzgar genera la posibilidad de brindarle específicamente lo que necesita. Alimenta la comunicación libre y espontánea, los hace excelentes comunicadores, incrementa la intimidad, genera que cobre sentido su comportamiento y, por lo tanto, en muchas ocasiones ya no me fastidie, elimina la soledad. La empatía es una poderosa prueba de amor y respeto profundo a su integridad y especificidad como persona. Nos dará las herramientas para sacarlo de cualquier situación alienante.

10. No demostrar nuestro aprecio
¿Cómo nos sentiríamos frente a cada situación si de antemano el otro me demostrara cuánto me aprecia y cuán importante y valioso soy para él y me tratara con el respeto y la cortesía acordes? Creo que esa actitud sacaría lo mejor de mí, me predispondría de la mejor manera. Esto me ocurriría si lo hace un desconocido pero, si además es una persona a la que yo quiero y respeto, eso si me haría sentir muy bien acerca de mí misma. Si esto sucediera, no solo una vez por año sino sistemáticamente durante un mes entero, ¿cómo estaríamos sintiéndonos con respecto a nosotros mismos? ¿Y cómo crecería nuestra relación? Pensemos el efecto que podría causar en un niño cuando la persona más amada e idealizada, de la cual depende para vivir, lo trata de esta forma. Muchas veces y por más que sean lo más importante del mundo tratamos a los niños no sólo sin la demostración del amor que les tenemos sino como si fueran ciudadanos de segunda. No los tenemos en cuenta, no los escuchamos, minimizamos temas que para ellos son importantes, los avergonzamos frente a otros, los juzgamos. Hay una larga lista de hechos que hacen que les faltemos al respeto infinidad de veces. El punto es no hacerle al niño lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros.

Conclusión
Si esto lo aplicamos no sólo con nuestros hijos sino con nosotros mismos y en nuestros vínculos nos aseguraríamos una buena dosis de equilibrio, consistencia emocional, autenticidad, respeto y amor en nuestras vidas. Este tratamiento de nuestra emocionalidad y la de los otros es tremendamente eficaz.

El primer punto es ver cuánto impactan nuestras emociones y especialmente el sentimiento de amor, seguridad y confianza en nuestros problemas. Debemos darnos cuenta de lo importante que es nuestra seguridad emocional y saber cómo brindarla. La piedra basal del amor que alimenta y permite el crecimiento es el sentimiento de seguridad psicológica: la base de la seguridad es la confianza.

Solange García Bardot

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