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15 de junio de 2012

Puntos, estrellitas y caritas sonrientes

No soy amiga de los sistemas educativos basados en premios y castigos. Menos aún cuando esos premios y castigos consisten en estrellas, puntos o caritas sonrientes, tan de moda hoy en día en hogares y escuelas. Considero que este método de modificación de conducta es eficaz a corto plazo, pero hueco: no enseña al niño más que a hacer o deshacer una conducta con el objetivo de conseguir su premio o evitar su castigo.

Aquellos que se conformen con educar seres humanos equipados para concebir la vida y las relaciones humanas como meras transacciones mercantiles, pueden darse por satisfechos al aplicar esta metodología. Aquellos que deseen que sus hijos lleguen a ser personas con criterios, normas bien interiorizadas (las normas sólo se pueden interiorizar correctamente cuando se comprende en profundidad lo que significan y lo que representan para uno y para los demás, lo contrario no es interiorización, es adiestramiento) y capacidad de tomar sus propias decisiciones en base a la convivencia… esos, deberán esforzarse un poco más.

Cada vez que le mostramos a nuestros hijos lo apropiado o inapropiado de sus conductas, tenemos la oportunidad de ayudarles a comprender un poco mejor cómo funciona el mundo y las relaciones humanas. Tenemos la oportunidad de mostrarles hasta dónde es apropiado llegar y dónde es mejor quedarse, en base a lo que sus conductas (o  la ausencia de ellas) representen tanto para los demás como para sí mismos. Y la manera de hacerlo es bien sencilla: hablando. Hablando con nuestras palabras y, en ocasiones, hablando con nuestras acciones (retirando al pequeño de un lugar, por ejemplo). Y en ese discurso expresar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que hacemos y por qué lo hacemos. Tienen cabida aquí las llamadas consecuencias naturales, que no son otra cosa que invitar a nuestros hijos a terminar de forma adecuada aquello que inadecuaron: reparar un destrozo o un corazón roto (que bien puede ser el suyo).

Y no, no es necesario enfadarse siempre para que nos entiendan. De hecho, las lecciones más hermosas las aprenderán de unos padres serenos. Observo con tristeza cómo las estrellitas, las caritas o los puntos se interponen entre los niños y sus padres como moneda de cambio de las emociones que no se nombran. Así, en vez de decirles a nuestros hijos : “me he sentido defraudada por tu comportamiento, esperaba que lo hicieras de otro modo”, procedemos fríamente a retirar un punto, como si en esa transacción casi bancaria pudiéramos siquiera acercarnos a comunicar lo que realmente importa. 
Y lo que realmente importa no es otra cosa que el vínculo que construimos juntos y que se teje de afectos pero también de normas, de límites personales e interpersonales, de dos mentes que se relacionan y crecen aprendiendo la una de la otra, de los sentimientos que nos inspiramos y de cómo todo ello es susceptible de ajuste, desarrollo y mejora. ¿Nos hemos parado a pensar qué pretendemos conseguir como educadores, cuáles son realmente nuestros objetivos? ¿Qué queremos enseñarles a nuestros hijos? Yo no sé vosotros, pero yo quisiera enseñarles a pensar, a ejercer su libertad con respeto, a comprenderse a sí mismas y a su entorno, a ser coherentes con sus necesidades y saber equilibrar sus deseos. Y para eso, os aseguro que con una pegatina no me basta.
Violeta Alcocer.

1 comentario:

  1. De acuerdo.
    Soy madre de un niño de 3 años y medio y considero que cuando no cumple con un determinado objetivo en sus actividades (normalmente externo y sin tener en cuenta sus etapas) no es porque lo haya hecho mal o regular, es su particular procesos de aprendizaje en el que todas las etapas son necesarias.
    Es como si al bebé que está empezando a caminar le ponemos una cara triste cada vez que se cae o al que aun gatea le ponemos la misma pegatina triste porque todavía no ha llegado al mismo punto que el otro.
    Saludos

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