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4 de octubre de 2011

Cómo enseñar a los niños a odiar la lectura


Cuando estamos embarcados en la ardua travesía de ayudar a nuestros hijos a descubrir la magia de la lectura tenemos cierta tendencia a perder la perspectiva. Es como si en medio del océano de posibles itinerarios flotara una densa niebla que oscurece nuestro horizonte. Nos empeñamos en descubrir "qué hacer" para despertar en los pequeños el amor por la letra impresa y nos olvidamos de que es importantísimo tener en cuenta "qué tenemos que evitar" para tirar piedras contra nuestro propio tejado, chinas que muchas veces desbaratan todo el trabajo hecho.

En esta línea se concibieron las preclaras reflexiones de Gianni Rodari, un periodista y escritor italiano que encabezó la llamada Pedagogía de la Fantasía. Caminando de su mano sabia e irónica, en este artículo trataremos de ir reconociendo uno a uno algunos de esos vicios en los que incurrimos al enfundarnos la chaqueta de "hacedores de lectores".

Se trata de analizar algunos "errores de bulto"-como el oponer frontalmente el libro a la televisión o a los cómics, recordar machaconamente que en nuestra infancia leíamos más, transformar el libro en un verdadero instrumento de tortura, etc.- errores que, muy a nuestro pesar pero de forma indefectible, acaban por convertirse en «nuevas maneras de enseñar a los niños a odiar la literatura».


Presentar el libro como alternativa a la TV

Ésta es, quizá, una de las estrategias más eficaces para que nuestros hijos se alejen cabezonamente de los libros. Por un lado, porque para ellos la televisión es uno de los inventos más maravillosos y útiles de la historia de la humanidad. Y, por otro, porque los chicos no son tontos y piensan: «Oye, papi, si te parece que ver la tele es perder el tiempo, ¿por qué mamá y tú os pasáis todos los días varias horas delante del televisor?»

Además, somos tan poco delicados con sus gustos y aficiones que les decimos que tienen que leer en vez de mirar la tele, que han de coger los libros de la escuela «... en lugar de perder el tiempo con esas estupideces». ¡Viva el respeto a las ideas ajenas!

Para los niños la TV no es una «estupidez» sino un entretenimiento divertido, ameno y útil. Tal vez objetivamente sea cierto que le dedican más tiempo de lo necesario, o que se refugian a veces «en aquel estado de semiinconsciencia en el cual el telespectador cae después de cierto tiempo, y del que es síntoma la total pasividad con la que acepta cualquier programa de la pequeña pantalla, sin escoger y sin reaccionar».

Pero no podemos olvidar que los méritos educativos de la TV superan a sus deméritos: enriquece el punto de vista, nutre el vocabulario, acerca una cantidad inverosímil de informaciones, enriquece el bagaje cultural de los niños… Sí, no seamos obtusos: ¡en cuántas casas el encefalograma cultural es absolutamente plano! Aunque sea discutible su calidad, la tele transmite cierta cultura.

Y no olvidemos que desde el punto de vista psicológico, negar una distracción, «una ocupación placentera (o sentida como tal, que es lo mismo), no es el modo ideal de hacer que se prefiera otra: será más bien el modo de echar sobre esta otra una sombra de fastidio y de castigo».

Enfrentando los libros a los cómics

Cuántas veces escuchamos de pequeños a algún adulto sabiondo escupirnos la frasecita: «¡Deja de leer tebeos, que son una tontería!» Nuestro maestro o nuestro padre amenazaba: «¡Te quemaré todos los tebeos si no te veo leer!». «¿Sólo un suficiente en lengua, eh? A partir de mañana se acabaron los tebeos»...

Hemos olvidado lo mal que nos sentíamos cuando nos prohibían abrir la páginas de El guerrero del antifaz, Corto Maltés, Flash Gordon, Tintín, El Capitán Trueno, Mortadelo y Filemón… Y ahora somos nosotros los que castigamos a nuestros hijos sin leer sus tebeos de Bola de Dragón, Spiderman o Sinchán.

En este caso prohibir no sirve para nada porque acabarán leyendo tebeos escondidos en el cuarto de baño como hacíamos nosotros, o en casa de un amigo.

Los cómics no pueden ser considerados en sentido estricto un subgénero de la literatura, pero su función de puente hacia lecturas más canónicas es indiscutible. En medio de las cenagosas y obligatorias lecturas escolares, las aventuras de los tebeos suponen una ventana por la que penetra un mundo fantástico e ilusionante.

Verne, Salgari, Gordon, Blyton, Agatha Christie… han sido para muchos de los adultos de hoy la lectura más estimulante, más instructiva y probablemente la más educativa de su infancia, aunque los críticos literarios podrían hablar de «subliteratura».

El cómic –nos recuerda Rodari– «posee la función de nutrir y alimentar la necesidad de aventuras, de comicidad de rápida consumición y renovación constante: es manejable, es económico, es cambiable. Los niños no tienen necesidad sólo de buenas lecturas».

No existe relación de causa-efecto entre la lectura de tebeos y el rechazo de los libros «de verdad»: todos conocemos chicas y chicos (también adultos) que leen mucho y con la mano izquierda cultivan también el huertecillo de los tebeos.

Cuando yo era joven los chavales leíamos más

A menudo tenemos la tentación los adultos (y raras veces la resistimos) de añorar nuestra infancia porque guardamos de ella un recuerdo distorsionado por el paso del tiempo y la necesidad de idealizar lo que no tenemos. La memoria es una aduladora y engaña hábilmente, pero es difícil darse cuenta de ello.

¡Cómo se leía cuando éramos pequeños! ¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Hace cien años, cuando la mayoría de los españoles eran analfabetos? ¿Hace cuarenta años, cuando varios millones ni siquiera sabían leer? Además, los que leían más eran los hijos de la burguesía, porque lo que es el resto de los mortales, trabajadores y clase miserable, no tenía dinero para comprar unos libros que no poseían ni siquiera un aspecto medianamente atractivo porque sus ediciones eran en muchos casos vulgares y cutres.

«Antes había buenos libros para los niños». No intentemos que nuestros hijos añoren un pasado que no es el suyo porque no pueden identificarse con la nada. Y, volvemos a recordar otra incoherencia adulta: «Papi, si los libros que tenías de pequeño eran tan buenos y te gustaban tanto, ¿por qué no conservas ninguno?».

Los niños de hoy tenéis demasiadas distracciones

«…Y por eso leéis tan poco». La catastrófica organización del tiempo libre de nuestros hijos no es la causa de que no lean. Unas veces el tiempo libre no es más que «tiempo vacío», tiempo desaprovechado porque los padres no enseñamos a nuestros pequeños a convertirlo en un ocio creativo y estimulante.

Otras veces su tiempo libre, el no ocupado por las tareas escolares, se barniza con una neurótica obsesión por las «clase de…»: les obligamos a aprender informática, piano, inglés, ballet, artes marciales, danzas húngaras… ¿Cuándo tienen un ratito para abrir un libro de Literatura Infantil con la garantía de no quedarse dormidos por el agotamiento?

En muchas de nuestras ciudades no hay espacios para jugar, ni espectáculos medianamente creativos y enriquecedores para niños, ni bibliotecas, ni cosas por el estilo. En nuestras casas urbanas no hay sitio para el cuarto de los niños entendido como espacio íntimo e infranqueable...

Sí, es cierto, hoy en día hay más distracciones, pero su compatibilidad con los libros puede ser factible pues no depende «del número y de la calidad de los pasatiempos (es decir, de las ocupaciones más libres y por esto más queridas, y por esto de mayor eficacia educativa) sino del lugar que el libro ocupa en la vida del país, de la sociedad, de la escuela».

Echando la culpa a los niños de que no prefieren los libros

Echar la culpa a los niños, además de fácil, es comodísimo, porque sirve para ocultar las propias culpas. Reconocemos que los niños no leen lo suficiente, pero hay demasiadas casas en las que jamás entra un libro, hay millares de licenciados sin biblioteca, hay muchos padres que no leen siquiera el periódico, y después se sorprenden si los hijos hacen como ellos, hay responsabilidades de la escuela y del Estado... En las editoriales para niños, el criterio comercial prevalece siempre sobre el criterio pedagógico

«Acusado como el único responsable de una situación compleja y agravada aún por la crisis de los ideales educativos hasta ayer pacíficamente aceptados, el niño reacciona como puede: largándose a jugar al patio, o escondiendo bajo la almohada su querido álbum de cómics».

Transformando el libro en instrumento de tortura

Este sistema se aplica intensamente en muchas escuelas: los maestros obligan a los niños desde preescolar a copiar página por página su primer libro de lectura. Tras esta tarea, que para el niño no tiene sentido ni interés alguno, se añade la división en sílabas. ¡Si supiera cómo se divierten! Con el tiempo llega el análisis gramatical y después hace su entrada triunfal el análisis lógico, el resumir, el aprender de memoria, etc. Todos esos ejercicios multiplican las dificultades de lectura y en lugar de facilitarlas, le quitan al libro cualquier capacidad de entretener, de conmover, de interesar.

«La lectura no es ya un fin a perseguir laudablemente, sino un medio para actividades más serias, o que se presuponen como tales. El libro que entra en la escuela bajo el esquema del rendimiento escolar produce respuestas puramente escolares: no es algo hermoso y bueno de lo cual se tiene necesidad, sino algo que utiliza el maestro para expresar un juicio».

Negarse a leer al niño

Al narrar o leer un cuento al niño la intimidad, la confianza, la comunión entre padres e hijos se expresan de un modo único e irrepetible. Pero hoy en día pocos padres tienen tiempo y ganas de leer un cuento a sus niños. Compartir la lectura es «promover el libro de mero objeto de papel impreso a intermediario afectuoso, a momento de la vida».

No ofreciendo una elección suficiente

Si el abanico de materiales de lectura que ofrecemos a nuestros hijos no es variado y rico, su rechazo a los cuentos puede significar tan solo que le gustan otro tipo de lecturas: libros documentales, tebeos, prensa deportiva, revistas juveniles, lecturas digitales, etc. Favorezcamos la creación de «su» biblioteca personal, que iremos enriqueciendo consultando sus gustos y momentos lectores.

Ordenando leer

Éste es el método más eficaz si se quiere que los jóvenes aprendan a odiar los libros. Es seguro al ciento por ciento. Facilísimo de aplicar. «Se toma a un muchacho, se toma un libro, se colocan los dos en una mesa y se prohibe que el trío se divida antes de determinada hora. Para garantizar el éxito de la operación, se anuncia al muchacho que al finalizar el tiempo estipulado deberá resumir las páginas leídas».

El joven sacará una lección por su cuenta que no olvidará en lo sucesivo: hay que leer porque los mayores lo mandan.

No decimos que no sean necesarias las lecturas obligatorias. El niño las aceptará si a cambio le damos oportunidad de leer dentro del tiempo escolar lo que le dé la gana, sin pedirle nada a cambio.

«Una técnica se puede aprender con pescozones: así la técnica de la lectura. Pero el amor por la lectura no es una técnica, es algo bastante más interior y ligado a la vida y con pescozones (reales o metafóricos) no se aprende».

Kepa Osoro
Publicado en el Servicio de Orientación Lectora

10 comentarios:

  1. Excelente!! Es un te ma que me preocupa. Yo amo leer, y lo único que hizo mi madre para lograrlo, fue leer en mi presencia (darme el ejemplo) y regalarme libros.

    Te copio el post en mi fb para que muchos padres lo lean.

    Saludos!!!

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  2. Yo creo que nunca me hubiera convertido en un lector habitual de no ser por todos los tebeos cómicos que veía de chico.

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  3. Algo importante que me parece falto decir, "No dar el ejemplo".

    Los padres que leen regularmente tienen un mayor porcentaje de hijos lectores, según algunos estudios, así que no leer de parte de los adultos es una excelente forma de desincentivar a los niños. Niño ve, niño hace.

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  4. ¡Excelente entrada! Eso sí, me gustaría señalar que la televisión no se mira, se ve. Es un error típico de zonas como Cataluña.

    Un abrazo.

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  5. Me atreveré a decir que el esfuerzo también tiene que venir de parte de los autores y las editoriales.

    Los tiempos cambian; los niños de hoy en día están expuestos a estímulos diferentes (no necesariamente mejores ni peores), y la literatura debe ser capaz de hablarles en un lenguaje familiar, cercano y atractivo.

    Desde luego, a partir de allí cada "nuevo lector" construirá su propia biblioteca y, con toda seguridad, recurrirá a los clásicos y a libros muy diferentes a los primeros que cayeron en sus manos.

    ¿Por qué no recurrir a la narrativa de las series de televisión y los videojuegos, como método para refrescar la creación literaria? Al menos es lo que estoy intentando hacer, con la publicación gratuita, online y por capítulos de mi novela inédita: "Heliópolis: El Blues del Hada Azul".

    Os invito a visitar la web donde estoy desarrollando esta iniciativa: www.elBluesDelHadaAzul.com

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  6. Leo del orden de 800 páginas al mes, en español, en inglés y un poquito en francés. Es mi pasión. Los últimos diez años he convivido intensamente con un sobrino que hoy tiene 19 años. Ha pasado fines de semana enteros viéndome leer. Jamás le he forzado a leer nada; me he limitado a contarle cuál fue mi trayecto: entré a la lectura por la ciencia-ficción.

    Hoy es el día que yo sigo leyendo y mi sobrino no lee ni los billetes del metro.

    Ojalá fuera tan fácil como lo pintan los estrategas.

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  7. Un punto interesante es que gracias a Internet niños de diez a cuarenta y tantos años (más allá de cincuenta años no tanto) están leyendo y escribiendo más que nunca antes en la historia. Mucho es lectura trivial y escritura frívola, pero no pasiva. Gente que leíamos poco y no nos dedicábamos a escribir hacemos ahora esfuerzos por comunicarnos y contar nuestras historias o debatir exponiendo nuestras ideas por medio de epístolas a una magnitud de volumen y celeridad que no creo que se haya conseguido nunca en ninguna otra civilización o época. Eso consume el tiempo que se invertía en los libros, pero también el "tiempo zombi" que se dedicaba a la televisión o a la radio, y dado que la mayoría le dedicaba más horas a estas últimas (si es que no todo el tiempo) creo que, cuando se cuela Internet en le hogar, hay cierto progreso en este sentido.

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  8. he leido tu entrada y me parece muy interesante. no tengo hijos, pero se que cuando los tenga, me gustaria que fueran buenos lectores. me has hecho recordar como mi abuelo me premiaba los domingos e ibamos los dos a la papeleria, el cogia el periodico y yo elegia un tebeo, que solia ser de zipi zape o de mortadelo. eso fue fundamental para que empezara a encontrarle gusto a la lectura. Por cierto, hoy en dia, cuando vamos a casa de los abuelos, mi padre, mi hermano y yo, peleamos por quién coge la Pronto jejejejeje y los 3 somos lectores de 1 o 2 libros por mes!

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  9. "Los cómics no pueden ser considerados en sentido estricto un subgénero de la literatura" Dígaselo a Watchmen, V de Vendetta, Sandman, Persépolis, Fábulas, Predicador o Maus, este último con un Pulitzer a las espaldas. Pero más allá de este apunte de un amante del comic en todas sus formas, estoy bastante de acuerdo con el post: nada peor que dar la brasa para que el niño acabe odiando la lectura.

    Y ahí entran los libros que nos hacían leer en el colegio: no he leído libros más pesados y aburridos, pocos se salvaban de ser simplemente legibles ¡Y mira que leo!

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  10. Los comics no son un subgenero de la literatura, son un genero aparte que, en determinados casos, ha dado lugar a obras maestras como From Hell, V De Vendetta, Loki, Ronin, etc.

    No son un medio sino un fin.

    Uno de los pocos libros que disfrute en el colegio fue Zalacain El Aventurero de Pio Baroja, que era muy entretenido...

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