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13 de marzo de 2013

A los niños y a las niñas les gusta jugar

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Jugar es una de las cosas que más gusta a los seres humanos, también a los menores. Pero, en su caso, el juego tiene muchas más funciones: se divierten, por supuesto, pero también aprenden, experimentan, miden sus capacidades, se adaptan a los demás, se relacionan con los demás, etc. Son grandes imitadores e inventores de juegos. Lo hacen con todos los asuntos humanos, también con los referidos a la sexualidad.

Las conductas sexuales que tienen oportunidad de ver u oír los niños son numerosas, especialmente a través de los animales, la familia, el entorno y los medios de comunicación. Los niños reproducen con frecuencia algunas de estas conductas en los juegos y primeras experiencias sexuales. A través de los juegos pueden tocarse, explorar el cuerpo de los demás, reproducir conductas de los adultos, divertirse, aprender a relacionarse, etc.

Los padres y educadores afirman haber observado juegos de contenido sexual, durante el último año, en aproximadamente el 80 por 100 de los menores, aunque son muy diversos y van desde juegos de imitación de algunos roles (de médico, novios, padres, por ejemplo) o exploración del cuerpo del otro, hasta intentos de conducta coital.

La mayor parte de ellos son juegos de imitación, aunque también están motivados por la curiosidad y, en algunos casos, incluso es una forma de buscar contactos sexuales que les dan placer. Por ejemplo juegos que implican frotar los cuerpos, reconocerse con los ojos cerrados tocando el cuerpo del otro, resbalarse sobre una barandilla, etc.

Los juegos sexuales entre menores de similar edad, si participan voluntariamente, son, en general, saludables y una forma de aprender a relacionarse. Tienen, además, buen pronóstico para la salud sexual posterior.

A los padres puede venirles bien recordar sus propios juegos sexuales. No todos son como los de hoy, pero se repiten con alguna frecuencia.

En general, lo mejor es no prestar demasiada atención a los juegos sexuales de los menores y ser benevolentes; sólo tiene sentido la intervención de los adultos si:

  • Hay una clara diferencia de edad o nivel de desarrollo entre los menores que juegan, de forma que uno pueda manipular a otro o introducirle en experiencias que no son propias de los más pequeños.
  • Unos menores imponen estos juegos a otros que no desean participar. En este caso, hay que tener claro que el "no" de un niño o niña que no quiere participar en uno de estos juegos siempre debe ser respetado.
  • Van acompañados de obsesión continua con la sexualidad, que se transfiere de unos menores a otros. Esta obsesión se puede expresar en los juegos o en el lenguaje.
  • Imitan conductas sexuales claramente propias de adultos (sexo oral, por ejemplo), que han debido aprender de la pornografía o en situación de abusos.
  • Entrañan peligro de daño físico (por ejemplo, introducción de objetos en la vagina).
  • El contenido es sexista o agresivo (por ejemplo, imitar una violación).
  • Van acompañados de un vocabulario sorprendente por ser propio de adultos, soez, agresivo, sexista, etc.
La intervención educativa debe dejar siempre claro que se reconoce y acepta la sexualidad infantil, salvo en los casos indicados. En general, los adultos deben limitarse a ser benevolentes, no prestando demasiada atención a los juegos de contenido sexual de los menores, salvo los casos afectados por los criterios antes señalados, en los que se debe intervenir para evitar las situaciones de alta diferencia de edad, el abuso y los aprendizajes inadecuados.

Uno de los problemas que debemos intentar evitar es que los menores, especialmente los prepúberes, tengan acceso a ver o conocer la sexualidad de los adultos a través de pornografía, cine, etc., porque corremos el peligro en nuestra sociedad de dejarles sin infancia, con una invasión comercial de productos con contenido sexual que ellos pueden acabar intentando imitar. Lo mismo ocurre con la sexualidad adulta, explícita en tantos programas de televisión. Uno de los problemas actuales es la comercialización de la sexualidad, haciendo público lo que habíamos aprendido que debía hacerse en privado. La sociedad, los políticos y las empresas de comunicación social deberían plantearse en serio los límites en la comercialización de la sexualidad.

Los juegos sexuales de los adolescentes suelen estar muy cercanos a las conductas sexuales propiamente dichas. Es decir, buscan más contenidos explícitos sexuales -conocer, divertirse, obtener placer, etc.- que imitar la conducta de los demás. Los adolescentes, sobre todo, se imitan unos a otros, conformando su conducta con los demás, también en el campo sexual. Buscan con frecuencia juegos de exploración (reconocerse por el tacto, buscar una prenda) o de ocultamiento (para alejarse de los demás). Pero los juegos sexuales de los adolescentes han de valorarse más como conductas sexuales que como meros juegos con contenidos sexuales. El interés sexual explícito, la seducción, la excitación, etc., están muy presentes en los juegos de los adolescentes con contenido sexual.

Extraído del libro "La educación sexual de los hijos" de Félix López Sánchez

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